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miércoles, 16 de enero de 2013

ESPERANZA IRREDUCTIBLE

Esperanza Irreductible



La sombra alargada, anoréxica, inquietante, perseguía como cada día al atardecer, a una Vicenta cansada, pero determinada a regresar cada atardecida al solitario apeadero. Caminaba, la cabeza humillada, para evitar la hiriente puñalada de los últimos rayos de sol en sus glaucos, líquidos ojos, confinados en unas profundas cuencas excavadas en el rostro anguloso y avejentado de una mujer hecha al desconsuelo y los reveses de la vida.
Cada tarde desde hacia cuarenta años recorría los cuatro kilómetros que le separaban del apeadero desde el que, tragándose las lagrimas, un tres de Febrero del año 1937 dijo adiós a su Miguel. Le escuchó, anhelante, cómo a voces, desde el pescante, se despedía entre los bufidos de aquella vieja y renqueante chocolatera, asegurándole que sería cuestión de unas pocas semanas, las que tardarían ellos, los milicianos, en echar al mar a los amotinados, que fuera acicalándose para cuando él volviera.
Vicenta desde entonces, regresaba al andén, donde su vida le dijo adiós aquel crudo invierno en que no era fácil distinguir si aquellos sordos ruidos correspondían a los bombardeos de los rebeldes o a lejanos truenos.
Sentada en el banco de mampostería bajo el gran reloj encargado de denunciar día a día los retrasos del tren, se aposentaba Vicenta con la mirada perdida a lo lejos sobre la vía única que tan pomposamente inauguraron unos señores principales vestidos de levita y chistera cuando contaba ella pocos años aún. Sobrecogida por la cantidad de gente congregada medio escondida en el pañolón de su madre, observó como una maquina estremecedora de vapor y furibundos resoplidos ganaba la reluciente estación con la que habían querido beneficiar a su pueblo; eso decían ellos. Se le hinchaba aún el pecho, orgullosa, viendo inmortalizado, en azulejo de Talavera, el nombre de su pueblo: Castilblanco de los Donceles y se quedaba las horas muertas, hipnotizada, deletreando las silabas mágicas que lo eran aún más por estar tintadas de ese azul tan peculiar del pueblo toledano. Después, la bestia de hierro y ruido engulló aquellos seres ennegrecidos de paño de Tarrasa y seda oriental, alejándose en busca de quien sabe que otras esforzadas maravillas.
Cada día, después del almuerzo, emprendía el camino, trillado de años, hasta ganar el rudimentario andén y se sentaba en el banco, también alicatado de los mismos azulejos que componían el nombre del pueblo, observándose los pies, cada vez un poco más hinchados, pero sin importarle, como tampoco le importaban las malas lenguas, que al principio le imprecaban, tildándola de loca, porqué ya no vendría tren alguno, ni traería ningún Miguel, por muy suyo que fuese y cuando se desengañaron de su fuerza de voluntad y firme decisión de seguir acudiendo, que le llevaba con renovadas esperanzas hasta la vía del tren cada día, descorriendo los visillos a hurtadillas o meneando la cabeza en señal de desaprobación al verla pasar. Por eso, con el paso de los meses y los años, llegó a no hablarse con nadie y poco a poco fue convirtiéndose en un fantasma para todos en el que nadie reparaba ya.
Una vez sentada sobre la frialdad de la cerámica meditaba sobre el que habría sido de ella si su madre no le hubiese dejado esa pequeña fortuna que le permitía al menos comer y mantener viva la llama de la espera y al felicitarse de poder seguir allí sin haber tenido que buscarse la vida alejándose de su meta de persistente espera, se dejaba embargar por la somnolencia de satisfacción que le cerraba los ojos, para dejar de escudriñar el horizonte donde los raíles se juntaban, esperando ver el penacho blanco elevándose en el aire como un alegre algodón que anunciaba que su Miguel estaba a punto de llegar. Soñaba en su debilidad vespertina que con una sinfonía de vapores y chirridos llegaba la vieja chocolatera con su Miguel a bordo saludándola de lejos con el sombrero agitado al aire, la sonrisa, esa inimitable sonrisa suya de oreja a oreja y los ojos empañados por la lagrimas de la emoción del reencuentro. Y al fin despertaba sobresaltada e inquieta por si hubiese llegado el tren y ella no se hubiese dado cuenta.
Al llegar, como cada día, a su casa encontraba la mesa que ella misma dejó preparada con su mantel a cuadros bien limpio, como toda la casa, y el plato de comida, ya frío, que como todos los días también, dejaba preparado porque cuando su Miguel regresase; vendría hambriento y querría cenar sin espera. Esta rutina diaria no le arrebataba la ilusión del porvenir de las siguientes horas, ¿qué le pondría de comer mañana?, lo que más le gustase, eso por descontado. Pero lo primero era tirar la comida intacta y volver a guardar en la alacena la carta que llegó a la casa dos meses después de irse él, para con el mayor esmero, volver a colocarla al lado de la servilleta, que Miguel la viese y pudiera abrirla al fin, que debía ser una carta importante, porque tuvo que poner la huella en un libro cuando se la trajeron, ella no sabía escribir, ni leer, ¡para que!
Vicenta se levantaba temprano para tener recogida la casa y en perfecto orden, que a su Miguel las cosas fuera de sitio le enfurecían y no había porqué provocarlo, que si no ¿a que quejarse si se llevaba un buen pescozón?, pero no, él era muy bueno y trabajador, si no, de qué iba ella a echar la tarde en la vieja estación del pueblo, que cada vez estaba mas vacía porque los jóvenes se iban a la ciudad llevados por el mismo tren que se llevó a su Miguel.
No comprendía Vicenta el porqué de un tiempo a esta parte nadie se ocupaba de adecentar la estación, ni de limpiar de matojos las vías, ni de reparar los desconchones que los niños más gamberros se dedicaban a provocar en los azulejos a base de chinazos de sus tirachinas. Ya no se volvió a abrir la ventanilla por la que se vendían los billetes, aunque era natural, hacía tiempo que no aparecía ningún convoy y eso tenía que deberse a que si Miguel no aparecía nadie debería tener derecho a aparecer.
Aquella tarde, como todas las tardes desde hacía..., ni se acordaba ya cuantos meses, una corazonada la llevó en volandas, con una sonrisa pintada en los labios, a recorrer los cuatro kilómetros que le conducían al apeadero con una gozosa certeza. Esa sería la tarde, esa si. Se lo decía una sensación en su pecho que la dejaba sin resuello, como si se desfalleciese y al tiempo le imprimiese una nueva alegría de vivir. Le hormigueaban las manos y parecía que tuviese alas en los pies. Estaba segura que la vista era ahora más aguda y que divisaba más a lo lejos. Llegando a la estación comprobó con tristeza que una mano criminal había arrancado los cercos de las ventanas y de la puerta, que tanto tiempo llevaba cerrada y para mayor dolor habían demolido su escabel, ese que fue testigo de miles de esperas durante tantos años, pero no le importó. A pesar de la edad estaba aún ágil y pudo dejarse caer con la espalda apoyada en la pared resbalando hasta dar en el suelo y quedar allí en cuclillas. No importaba la postura, no iba a permanecer mucho tiempo de esa manera porque ya escuchaba a lo lejos el silbato de la maquina y el piafar abusivo del caballo de hierro. Aguzó el oído mejor y comprobó que no se equivocaba. Efectivamente pitaba el tren. Al poco, divisó la gran columna de humo que pugnaba por alcanzar la maquina que, terca, conseguía siempre escapar de ella. La imagen cada vez era mayor y empezaban a distinguirse detalles; los bronces reluciendo al sol de la tarde, la cabina del maquinista con la cabeza del mismo asomando y haciendo sonar el silbato de vapor y un poco más atrás un sombrero agitándose sin parar movido, incansable, por un brazo inconfundible. Un poco más cerca y la sonrisa incomparable terminó de disipar una pequeña duda si es que llegó a existir alguna vez. Definitivamente era su Miguel. Las lagrimas, desde hacía lustros, empezaban a hacer acto de presencia. Ella estaba segura, cuando todos la ponían de loca, no se dejó amilanar y se mantuvo fiel a su amor y ahora veía la recompensa, ¡vaya chasco se iban a llevar todos cuando la viesen aparecer del brazo de su hombre!, les iba a mirar sobrada de orgullo sin decirles ni una palabra de reproche, bastante tendrían todos al verle a él; se morirían de rabia y envidia y ella ganaría diez kilos de satisfacción. El corazón se le iba a salir por la boca de excitación, se veía ya en brazos de su hombre y no sabía si se desmayaría, se echaría a llorar o saldría corriendo, cuando de golpe le inundó una gran paz, se relajó al  ver ya nítidas las facciones de su Miguel y una sonrisa beatifica pintada en sus resquebrajados labios agostados por la brisa helada del páramo se le instaló para no abandonarlos jamás. Dos tímidas lágrimas asomaron a sus ojos y al cerrar los párpados las dos perlas saladas le rodaron las mejillas y sintió como el corazón se le paraba de la impresión que le producía la contemplación de la persona tanto tiempo anhelada y esperada.

Los operarios de la contrata encargada de la demolición de los antiguos apeaderos de la provincia se llevaron el susto de su vida cuando al llegar de buena mañana para terminar el trabajo iniciado el día anterior se encontraron un bulto de color pardo oscuro con aspecto vagamente humano, encogido e inquietantemente inmóvil. Al apartarle el pañuelo que le cubría la cabeza observaron la cara de un cadáver extraordinariamente relajada y sonriente; podría haberse dicho que era la muerta más feliz del mundo.
Cuando el juez entró en casa de Vicenta a instancias de la policía, el plato de comida sobre la mesa de inmaculado mantel de cuadros, hedía. Al abrir un sobre amarilleando de viejo y manoseo, que reposaba paciente al lado del plato de podrida comida, pudo comprobar que no era más que un frío comunicado del Ministerio de la Guerra de la 2ª Republica en el que se informaba a Vicenta García Martín, que su compañero Miguel Vela Guerra había caído victima de un mortero rebelde a los dos días de llegar al frente. Estaba fechada un 13 de Febrero de 1937.

16.1.13

viernes, 11 de enero de 2013

MEMORIA DOLOROSA

Memoria Dolorosa



El curso tocó a su fin y el verano con sus largos y tórridos  días envolvían nuestra existencia en una atmósfera pesada  y morosa. Los veranos en Madrid son de autentico infierno, menos mal que nosotros teníamos la piscina, obligadamente con forma de riñón, como la de todo nuevo rico que se preciase para aliviar los rigores caniculares. Yo a mis diez años estaba mas tiempo en remojo que  enjuto y mientras cada quien, iba a sus obligaciones yo dilapidaba mi tiempo bañándome en nuestra piscina o en la del vecino, el piscinero, con su color de piscina en turquesa y que tanto emocionaba a mi hermana Celia, aunque realmente, después pude comprobar, lo que realmente le emocionaba era José Mari el hermano pequeño de los vecinos, que se dedicaba, precisamente a montar filtros de piscina, los primeros que allá por los años cincuenta hacían cosas de estas que por aquellas fechas no eran muy comunes.
Hay que comprender que la casa en la que yo vivía era una de esas que hoy llaman la atención. El salón, inmenso, se comunicaba por unas puertas correderas acristaladas del tamaño de la pared entera con una amplísima terraza que se colgaba sobre la piscina a la que se bajaba por dos escaleras laterales al efecto. Entre ambas escaleras había un seto de aligustre que hacia las veces de barandal y delante de éste un balancín de tamaño natural, tapizado, nunca lo olvidare, en lona color calabaza. Daban sombra a aquella inmensa terraza dos soberbios castaños de indias que en otoño se ocupaban de poner perdido de hojas todo el jardín. En una de las esquinas de aquel terrado una fuentecilla baja se ocupaba de ofrecer su cantinela cristalina para añadir sensación de frescor a la que ya daban de por si los árboles. En el estanque que formaba la fuentecilla llevaban su aburrida existencia unos pececillos de colores en lo que era la expresión más cutre de todas las que el dinero era capaz de dar. El colmo del esnobismo más rabioso. No faltaba, claro es, la rocalla con verbena enmarcando el estanquecito. Primoroso.
Tarde tórrida de julio o quizás agosto. Los poros se abren para permitir al sudor aflorar a la piel para refrescarla. Calor aplastante que impide moverse, ralentiza los gestos y relaja la voluntad. Canícula inmisericorde que evapora las hormonas en un cuerpo en ebullición y cuyas burbujas estallan en forma de erección pujante e inquisitiva que clama por satisfacer los impulsos de la madre naturaleza. Lastima de ausencia de imperativos morales no desarrollados o quien sabe, si no asumidos a conciencia, para dar satisfacción egoísta a los instintos, ¡que mas da! Estaba a punto de subirse el telón de una tragicomedia que aún hoy día no ha puesto el punto y final y no lo pondrá hasta que el telón de mi vida caiga definitivamente y se acabe la función. Dos niños, uno, yo, de unos diez años, en Meyba que no me quitaba en todo el verano, otra, mi hermana, Eugenia, de entorno a los cinco, con vestidito fresquito y las braguitas como única indumentaria. La temperatura, impía, lujuriosa, voluptuosa, lasciva se enroscó en mi cuerpo haciendo surgir de inmediato un deseo irrefrenable, pero no creo que únicamente lascivo. Una buena oportunidad, que duda cabía, para probar aquello de Juanita, que escuché a los mayores del colegio, ¿por qué no? Si a aquellos gamberros, a mi me lo parecían, les resultaba tan gozoso y tan divertido ¿porque no a mi? Sinceramente, siempre pensé que aquello que me proponía, estando relacionado con las partes pudendas no estaba bien, y mas sabiendo de las negativas de mi prima a cualquier trasteo por esos andurriales, pero la maravillosa sensación de abundantísimas mariposas en el estomago pesaba mas en mi decisión que cualquier consideración mas o menos sospechada de punibilidad. Además, ¿quién se iba a enterar? Lo que no tenía muy claro era cómo, por donde habría yo de calzar aquella tirantez tan admirable y deleitosa para dar culminación a aquella determinación que era dueña de mi voluntad. Decían que por donde se meaba y lo cierto es que habría de estar mas o menos a la altura de mi infantil erección, o mas bien al grosor, que a esa edad, sin haber desarrollado todavía, no era para tirar cohetes.
Al otro extremo de la piscina y medianero con el frontón, de tamaño regular, hasta el “10” llegaba, que mi padre se construyó para su solaz deportivo, se erigían los vestuarios, mas propios de un club deportivo que de una casa de familia; hay que recordar que éramos ricos y nobleza obliga, además mi madre no quería a nadie entrando y saliendo de casa para cambiarse después de bañarse o jugar un partidito de frontón y menos aún andar pidiendo toallas de baño, con lo que hubiese en los vestuarios habrían de apañarse los invitados. De manera que mi padre, desmesurado y sobrado de soberbia por su magnifica situación financiera no resistió la tentación y edificó unas dependencias con todos los servicios propios de estas instalaciones. Estaban rematados, estos vestuarios, por una pérgola que daba sombra a expensas de una preciosa glicinia que el ingeniero agrónomo que diseñó el jardín se le antojó plantar. Cada vez se hacia mas desasosegante la tirantez de mi entrepierna y mas deseable aquélla niña, no porque fuese ella precisamente, con toda seguridad si hubiese sido un niño hubiera reaccionado igual, era un cuerpo caliente, brillante de perlas de sudor y deseable, sin saber bien para qué pero seguro que útil a mis urgencias. He de puntualizar que yo aún no me masturbaba y no sabía que eso se hiciese. Las erecciones que sufría se resolvían por si solas al no saber como darles justo fin.
De la mano de mi hermana por el camino de grandes planchas de granito sin pulir con césped sembrado entre ellas me llevé a la niña, dócil, con el pretexto de enseñarle algo. Ella iba confiada de mi mano sin oponer ninguna resistencia, ¿por qué iba oponerse? Entramos en aquella estancia umbrosa de estrechos y elevados ventanales  con su suelo cubierto de tarimas de enrejado de madera para evitar los resbalones de los deportistas recién duchados, y bancos iguales cercando las paredes. De las múltiples perchas colgaban aún las toallas del baño del mediodía que el servicio no había retirado. Me quité el bañador y la erección surgía de una piel lampiña haciendo visera a unas minúsculas bolsas. La niña se quedó sorprendida de ver aquello tan ridículamente raro pero no dijo ni hizo nada, es mas creo que lo ignoró. Le baje sus bragas; prácticamente era igual que yo salvo que no sobresalía nada de la misma piel calva, únicamente una minúscula hendidura se perdía entre sus piernecitas. Estaba quieta sin abrir la boca y yo tenía, debía hacer algo. Lógicamente aquella pequeña grieta era la solución a mis apremios, por ahí se meaba, ¿no?, pues por ahí debía ser. Ella notablemente mas baja que yo, me obligó a doblar las piernas para poder apuntar con mi verguita a su sexo infantil. Y apreté. Y se quejo ruidosamente. Volví a intentarlo y se volvió a quejar, esta vez con llanto, no creo que por el dolor sino porque yo intentase salirme con la mía pasando por encima de su negativa. Una amenaza velada y proferida sin mucha convicción con su media lengua, una subida de bragas y puesta de bañador y a la calle a olvidarlo todo cuanto antes, aquello no era viable, debía ser de otra manera, reuniría más datos y lo intentaría en otra ocasión. Algún detalle se me habría tenido que escapar para que todo parase en aquel fiasco. Una frustración en suma.
Salíamos por la puerta cuando una madre alarmada y escamada se plantó en el umbral impidiéndonos la salida. ¿Pero que hacía mi madre allí?, ¿qué mala conciencia animaba a mi madre buscando algo pecaminoso en la relación entre dos niños estrictamente hablando? ¿Qué maldad era esa de preguntar que qué hacíamos allí solos? La pregunta estaba de más, no se porqué tuvo que plantearla si ella ya sabía la respuesta. De nada sirvieron las magnificas amenazas a mi hermana de que mantuviese la boca cerrada, a la primera pregunta, la niña, con todo el candor que solo dan los cuatro años, dijo crudamente, cruelmente, sencillamente que yo se la había intentado colar por ahí abajo.
Y comenzó el fin del mundo, el principio de mi abismo.
Creo que todos hemos leído, o visto en alguna peli o algún documental que cuando se está preparando una catástrofe de magnas proporciones, se ve precedida por un silencio aterrador, una calma sospechosa, una paz como de tumba que al poco avisado le hace creer erróneamente que no ha pasado nada y que lo que intuía como una deflagración de proporciones apocalípticas no es mas que una falsa alarma propia de un estado paranoico fruto de los temores mas primarios. Y cuanto más pertinaz es ese silencio, esa calma, mayor es la calamidad. Así me ocurrió a mí.
No entendía yo la desproporción entre los alaridos de mi madre y lo que allí dentro del vestuario se había cocido. ¡Joder, no era para tanto!, pero mi madre no paraba de vociferar aquello que tengo grabado a fuego en mi memoria y juro por lo mas sagrado, que sigo, a día de hoy sin entenderlo.
-         ¡Mi niña, pobrecita, con lo que duele, con lo que duele!
Hoy comprendo que o mi padre era un violador matrimonial o que mi madre nunca disfrutó del sexo, porque lo audible de sus bramidos era lo del dolor.
Repetido una y otra y otra vez, armando un gran revuelo y consternación.
No se me puso una mano encima, nadie me dijo ni esta boca es mía. Se me confinó en mi habitación sin salir y allí me quedé. Solo, con un regusto amargo en la boca y sensación vertiginosa en la boca del estomago esperaba una buena tunda de un momento a otro, porque aunque a mi me pareciese que  no era para tanto, las proporciones de la respuesta de mi madre hacía esperar lo peor de lo peor. Nada, nadie, silencio de cementerio. Y sin saber que hacer allí metido. Me dormí. A la hora de cenar se me llamó, baje al comedor, cené y me volvieron a enviar a mi celda, porque así es como yo lo vivía. Mi padre no estaba y mi madre no cenó. Aquello era raro, pero desde el incidente nada era normal, se masticaba un silencio espeso. Ninguno de mis hermanos pululaba por allí, lo que hacia la situación aún mas extravagante.
Amaneció el día siguiente y como todos los días me dirigí a la piscina a darme el primer baño. Me sequé y fui a la cocina, donde Beni, la buena Beni, una asturiana extremadamente delgada que era interna en casa, preparaba el Cola-Cao. Me volví a la piscina con la extraña sensación de que algo fuera de lo común acontecía en mi casa. Todo el mundo callado y serio como si hubiese muerto alguien. No comprendo, como no sea en las coordenadas de mi inocencia, como no salí corriendo barruntándome la tormenta que iba a descargar directamente sobre mi cabeza. Desde el día anterior no veía a mi padre; era comprensible, yo había preparado una buena y hasta que no se le pasase no me dirigiría la palabra, era lo común. Lo que si era fuera de lo común es que mi padre llegase a casa tan pronto. Calculo que serían sobre las once o las doce de la mañana cuando escuche entrar el Renault Gordini en el garaje de casa y mi madre con toda la autoridad de que era capaz me mando escaleras arriba a mi dormitorio. Ya está, me dije, mi padre me castigó a mi cuarto y no consentiría que estuviese fuera de él cuando entrase. Y ese iba a ser el castigo; estaba por dilucidar el tiempo que esto iba a transcurrir de esta manera. No creía que todo el verano, eso si que sería excesivo.
La escalera de mi casa, de esas modernas colgadas del aire, era de un solo tramo, desembarcaba en un distribuidor en cuya pared de enfrente mismo estaba mi dormitorio. Espié como mi padre subía al suyo y se cambiaba de ropa de casa para volver a bajar. Pasaron unos minutos. Por la puerta entreabierta observé como volvía a subir, lentamente, resuelto, ataviado con su pantalón corto de dril azul y su camisa polo de punto finito, muy fresquito todo. Sus delgadas y nervudas piernas rematadas por unas “Wambas” azul marino igualmente. Agarraba fuertemente en su mano derecha un azote.
El jardín de mi casa era, como he dicho, grande, no existían aún los riegos automáticos y se regaba con mangueras de caucho negras, listradas de marca “Pirelli”, que si se dejaban a la intemperie en invierno se cuarteaban, tal era su falta de elasticidad. Tenían alma de cuerda para no resquebrajarse y eran  duras, muy duras y resistentes, pero se les podía dar más entereza aún si se les embutía dentro una manguera de las que se usan para el butano.
Ese era el azote de más o menos medio metro. Fue verlo y saber lo que me esperaba. Mi madre, sí, en alguna ocasión me tentó el culo con unos azotazos, dados con la palma de la mano, ni tan siquiera con la zapatilla como me decían alguno de los compañeros del colegio, por esto o aquello, pero mi padre jamás me había tocado. Aquello que se me venía encima no era nada tranquilizador. Sentí cómo el bañador se calentaba y mojaba, pegándose a la piel por efecto de la orina que se me escapaba del cuerpo. El pavor me hacía acelerar la respiración y los ralos vellos de mi cuerpo se erizaban. Comencé a temblar como una hoja mecida por el viento de otoño. Allí, en el umbral de mi dormitorio, paralizado por el terror, con la orina resbalándome por las piernas formando un charco a mis pies y aterido de adrenalina me encontró mi padre. Me agarró con violencia difícilmente contenida del brazo izquierdo y me metió dentro mientras que con su pierna, de una patada, cerraba la puerta. No conocía ese rasgo violento de mi padre y no se lo he vuelto a conocer jamás, era mucho el veneno que le corría por sus venas. De un manotazo cerró la ventana y bajo la persiana con un sonido de carraca que revelaba urgencia por empezar la función. Aquel sonido, aquel portazo tremendo, que debió retumbar en toda la casa, fue la subida del telón del drama del que yo iba a ser protagonista a mi pesar. Comencé a marearme otra vez seguramente por efecto de la alerta hormonal ante el inminente peligro. Las nauseas amenazaron con convertirse en vomito lo que no llegó a suceder porque siempre he sido duro para esos menesteres.
No tengo ni idea de como comenzó a machacarme ni del tiempo que duró la tortura, mi padre golpeaba por todo el cuerpo, menos en la cabeza; lo se, porque fue el único lugar del cuerpo que estaba sin señales. A cada nuevo golpe, me llamaba cabrón y me preguntaba que qué había hecho, que así aprendería y vuelta a llamarme cabrón. Aquello de llamarme cabrón me parecía extremo, el colmo del insulto, yo era un niño, era casi peor que los palos que recibía. El castigo duraba ya mas de la cuenta, un solo vergajazo de aquellos, dispensado con aquella inquina, era ya mas de la cuenta y yo solo acertaba a decir que ya, que iba a ser bueno, que ya, por favor y en ese plan me volví a mear otra vez, pero esta vez me cagué también. Pero al parecer no fue suficiente para él aquella demostración de terror y desamparo. No fue suficiente señal para disparar la piedad en su corazón. ¿Sabría de qué se trataba?
 No dejaba de pedir perdón y prometer que iba a ser bueno, intentando esquivar a duras penas el horror que aquel hombretón de 39 años, cobardemente, me procuraba. Aquel crucifijo en la cabecera de la cama, no movió un dedo, el magnifico crucifijo románico primorosamente policromado, magnifica copia, colocada allí por un decorador de moda en aquellos tiempos en Madrid y equivoco, permanecía hierático ante la flagrante injusticia que se estaba perpetrando, al menos ante la desproporción de la pena. No puedo continuar porque no recuerdo mas, supongo que  me moriría para resucitar después y poder seguir purgando a conciencia el tremendo pecado cometido. Y desearía no poder recordar nada. Lo siguiente que recuerdo es a Beni subiéndome comida a la habitación y dándomela, porque yo no me podía mover. No se si  me metí en la cama o me metieron, debí perder el conocimiento en realidad y cuando desperté no sabía porque estaba en la cama, ni que hora era. De noche, porque no se filtraba luz por la persiana, pero nunca sabré si de aquel mismo día o del siguiente. Intente levantarme, de eso si me acuerdo, y no pude moverme. Alguien debió lavarme y ponerme un pijama. Tampoco se el tiempo que transcurrí en esta situación. Hoy ya sé que lo que me pasaba era que estaba en amnesia, lo que le ocurre a cualquiera que después de sufrir un trauma insoportable, ya sea psíquico o físico, o los dos, como me pasó a mi, se evade de manera inconsciente, borrando lo sufrido del registro de lo experimentado por serle insoportable y no entendible lo vivido. Pero queda registro, solo hay que saber encontrarlo entre la hojarasca de las penas acuciantes, sangrantes y arrancarlo como una mala espina, que nunca sabremos como encajar en nuestra historia; pero es conveniente buscar esas puyas, aventarlas, denunciarlas, para perderles el miedo, para inactivarlas, para olvidarlas, aunque no se consiga, solo la lucha, ya libera y ennoblece. No fueron horas, ni un solo día, lo que permanecí invalido, eso es seguro, probablemente algo menos de una semana, pero sin determinar si tres, cuatro o siete días, no lo sé, solo sé que fue un infierno en que el tiempo pasaba, dormido, incapaz de pensar, de decidir, porque no recuerdo nada. Nadie, absolutamente nadie, subió a verme, solamente Beni, la buena de Beni me llevaba comida y me daba algo de calor humano preguntándome muy bajito, el porqué había tenido que hacer yo eso, sin violencia, sin reproche, con disculpa, función de madre vicariada. Yo no respondía, no iba a responder a lo que no sabía, e inundaba de lagrimas mis ojos no se si de arrepentimiento o de pena porque acababa de constatar que en aquella casa no era muy bien recibido, nadie me quería, solo la muchacha. Me tendría que marchar, pero ¿dónde?, ¿como me ganaría la vida? Era muy pequeño, joder, era muy pequeño y había recibido penitencia de hombre. Ahora ya se que el tiempo que permanecí dolorido y postrado no ha terminado aún. Una cosa así, finalmente, se acaba por comprender que no acaba nunca.
¿Dónde estabas, mama?, ¿porque no me defendiste?, dos o tres vergajazos, vale, ¿pero aquello? Quiero creer que tu, mientras tanto, llorabas en un rincón pensando en que al final solo encontrarías un cuerpo desmadejado y muerto, pero me resulta difícil, no, imposible, el creerlo cuando al quedarme ya solo, roto e inconsciente ni siquiera subiste a ver el resultado de tus voces de  plañidera de tragedia griega. Mas fácil me es imaginarte, histérica perdida, dando la vara, terca como una mula, machacando a tu marido diciéndole que lo que necesitaba era una buena lección, y lo fue, ¡vaya que si lo fue! Con que desde abajo hubieses dicho con ese tono firme y amenazante tuyo “basta ya”, me habría sentido confortado, aunque hubiese seguido el enloquecido aquel todo el día apaleándome, pero no, de tu boca no salió nada, por lo que supongo que a cada nuevo golpe tu apostillabas eso que tantas veces te he escuchado, “para que aprendas, te está muy bien empleado”. Y no puedo dejar de preguntarte, ¿dónde estabas?, ¿tan malo era yo, como para eso? ¡Eran nueve años, coño, madre, solo nueve! Comprendo que los tiempos eran otros pero reconoce que los sentimientos de una madre siguen siendo los mismos, ¿por qué esa crueldad? ¿Fui realmente yo tan cruel con mi hermana?, ¿me lo merecía?, sinceramente, mama, ¿me lo merecía? ¿Disfrutaste?, ¿es posible que la degeneración general te hiciese llegar a eso? A día de hoy sigo sin entenderlo, y lo que es peor, te morirás y no me lo podrás aclarar nunca, a lo peor porque no tiene aclaración posible.
Y tu papa, ¿mereces, merezco, llamarte así?, ¿que sentías?, ¿no te dolía cada golpe que asestabas?, ¿tan despreciable me considerabas? Debías saberte el brazo ejecutor de la justicia divina al menos y te sentías obligado a aplicarla en todo su rigor. ¿De verdad te creíste que de esa forma ibas a reconducir mi vida, por supuesto, a la avanzada edad de nueve años, ya echada a perder? ¿No tuviste ni un mínimo escrúpulo? ¿No te dio vergüenza abusar de esa mala manera? Podría haber llegado a entender, mas tarde, mas mayor, que en el acaloramiento del momento te hubiese cegado la ira de padre sorprendido, zaherido, al ver a su niña pequeña intentada violar, ¿violar?, hasta eso admito, que te creyeses que yo quería violarla, y hubieses querido matarme, pero ¡esa frialdad!, ese dejar pasar casi veinticuatro horas me suena hoy a degustación del frío plato de la venganza, porque ¿fue una venganza, no es cierto? Me habría gustado contemplar tú decidida bajada de escalera, triunfante, orgulloso del trabajo bien hecho, padre responsable impartiendo justicia en el seno de su perfecta familia, comunicándole a tu mujer que ya estaba todo arreglado; tu sabías como reconducir las situaciones. Deberían haberlo publicado en el “Arriba” como ejemplo de los valores nacional-sindicalistas. ¿Sabes papa?, a veces me he llegado a preguntar si todo lo que fue mi vida a partir de ese instante no hunde sus raíces en aquellos espantosos minutos, si todo lo que hice no tenía la sagrada intención de humillarte, de avergonzarte, de verte derrotado. Mi alma inocente de niño clamaba venganza primitiva desde la incomprensión de aquella hecatombe. La violencia, papa, me enseñaste muy didácticamente, que solo puede generar más violencia y me asustó y aún hoy me asusta. Te agradezco al menos el haber podido recoger esa enseñanza, que la violencia, aplicada, por quien la aplique ni tiene justificación, ni más finalidad que alimentar la ausencia de raciocinio. ¡Y tenías el mismo cociente intelectual de Mozart!, de que poco te sirvió. La sangría de mi alma, que aún no ha cesado, cuarenta años después, ha mantenido viva la memoria del dolor injusto no para permitirme tomar revancha, que no la quiero, ha sido para recordarme que se puede, que se debe seguir adelante aún en las circunstancias mas adversas creyendo incluso que se fracasa. Y fracasando y todo, el triunfo está en continuar a pesar del dolor y el desengaño. Eso es la hombría, papa, eso es la hombría, no empuñar un arma contra un indefenso inocente.
Y a pesar de los pesares yo seguí queriendo a mi madre, nunca la culpé por aquello, me culpe yo, que había sido el causante del desavío. A mi padre, no se, no se si volví a quererle en algún momento. Lo que si llegué, fue a perderle todo respeto, le temía, nada mas. Si puedo decir que cuando, ya enterrado, me enteré de su muerte, nadie me avisó por otra parte, ni sentí, ni padecí, lamenté su muerte, como la de cualquiera, como una convención, pero me dejó frío, me disgustó no sentir nada, eché en falta la ausencia del calor de padre que se ha ido, pero no conseguí derramar ni una lagrima. Tampoco me alegré.

11.1.13

jueves, 13 de diciembre de 2012

EL AMOR ES MAS FUERTE QUE LA MUERTE

El Amor es mas fuerte que la muerte

El agua resbalaba, dócil y cansina, por los cristales empañados, despeñándose sobre el alfeizar de la ventana a través de los que Almudena observaba, melancólica y triste, el distante mar que rompía furioso contra el acantilado. El coraje y  la rabia de Almudena eran mas poderosos que la desatada fuerza del mar y sus lagrimas competían con las gotas de la lluvia precipitándose al vacío. A ratos el viento estrellaba contra los cristales las gotas de la lluvia y obligaba a retirarse instintivamente a la niña.
Ese mar, ese despiadado y generoso mar, tronchaba otra vez su corazón tierno y espléndido. Lo de su hermano mayor pasó por su vida de la forma mas extraña. Quería a su hermano, jugaba con ella y le admiraba. Guapo, fuerte, simpático y espontáneo, no podía haber alguien parecido. Era incomprensible aquel cambio de la noche a la mañana; ¿a que se debía ese dolor, desconsuelo y desesperación de su madre?, ¿y el color verdoso pintado en el rostro de muerto que paseaba por la vida su padre?, ¿y sus vómitos?, comiese o no, y, sobre todo, ¿porqué Paco, su hermano mayor, su querido hermano, no había vuelto a aparecer desde aquel día por casa?, nunca entendió porque Paquito tuvo que dejar de venir provocando tanta pena a mama, ¿es que no la quería ya?. Se iba a enterar quien era ella, en el momento que apareciese, como otros días que regresaba, ya de amanecida, de tomar unos chiquitos con la cuadrilla. No había derecho a dar ese disgusto a sus padres, sobre todo a su madre. No lo había.
Pasaron días, semanas y meses con la ausencia inexplicable e inexplicada de su hermano como protagonista mudo e hiriente de la casa. Todo giraba en torno a la no presencia de Paco. Todo en aquella casa se contemplaba en clave negativa, cualquier cosa era en función de la no presencia de su hermano. Cuando fue algo mas mayor, se empeñó, y al fin consiguió, acompañar a su madre, aquel nuevo uno de Noviembre.
Era  la primera vez que entraba en el cementerio..., para ir al cementerio. Siempre pasaba por allí, cada domingo, cuando iba a misa, con sus padres,  pero ir para ver las tumbas..., no lo entendía. ¿Qué tendría que verse, que de interesante podría tener aquel sitio tan misterioso, inhóspito y quieto?. No tuvo que esperar la respuesta a la pregunta de porqué el nombre de Paquito estaba grabado en esa piedra en el suelo debajo de su fotografía antigua, borrosa y triste. La angustia, junto al gemido ahogado, como de animal, que su madre le trasmitió al abrazarla le empapó como un buen txirimiri y le hizo crecer de repente, al comprender que Paco, su hermano mayor, el que siempre jugaba con ella, al que ella tanto quería, no se iba a llevar jamás su rapapolvo por la aplastante razón de que Paco estaba muerto, allí metido, debajo de esa espantosa piedra. Entendió con un escalofrió que la desgajó en lo mas profundo, que la muerte significaba la ausencia total, orfandad eterna; que su hermano querido existiese dentro de ella, su sonrisa, su juventud reales, no casaba con esa experiencia  de aniquilación que acababa de experimentar. Y eso significaba que no había espacio a la esperanza, mejor olvidarlo,  arrancarlo a base de lagrimas de su corazón, porque cada vez que se recordase iba a suponer sumirse en la desesperación de lo irremediable. Abandonar aquel bonito ramillete de flores sobre aquella piedra fría y herida del nombre herido, el de su hermano, no dejaba lugar a dudas; en su casa la desgracia, como en la de su amiga Laurita, como en la de tantas compañeras de colegio, formaría ya para siempre parte de la decoración del alma familiar. Esas miradas ausentes, muertas, perdidas, de las madres, tenían ya justificación. Querría haberse arrancado esa pena del centro de su pecho, dolía, dolía mucho y sus ojos reflejados en el espejo de su cuarto habían perdido la inocencia que le permitía contemplar la vida con alegría cuando aún no sabía, no entendía que era un cementerio.
Habían pasado unos pocos años, los ojos no habían recobrado la lozanía y no la recobrarían ya. La tempestad embestía, una vez mas y siempre, aquella bendita y crudelísima costa, como tantas veces. El tiempo pasado, como era obligación suya, había cubierto con bálsamo de suavidad, la aspereza de la perdida de Paquito y su madre recuperaba una sonrisa, que preñada de melancolía, permitía olvidar, con algo de buena voluntad, que la vida, el vivir, es la actividad mas cruel y que no merece la pena seguir viviendo si es a expensas del olvido.
La lluvia arreciaba y Almudena no quitaba la vista de la ventana. El sol obediente a los dictados del padre tiempo se hundía en el horizonte dejando que las tinieblas añadiesen dramatismo ornamental al que ya presidía su hogar. A sus espaldas, en la casa había trasiego. Mujeres que entraban y salían, vestidas de negro, como su madre; se respiraba nerviosismo y se escuchaban ayes medio reprimidos y suspiros abortados por la consiguiente jaculatoria. Escuchaba la estéril discusión sobre la conveniencia de ir al muelle con la que estaba cayendo, aquel temporal ya no lo era, se había travestido de tempestad, y a pesar de ello su madre estaba firmemente decidida incluso a disolverse en la lluvia, si con ello conseguía ser la primera en avistar las luces de “La Gaviota”. Si aparecía en lontananza, ella sería quien diese la voz de alarma, esa era su misión, su obligación, su consuelo. Solo las mujeres con maridos o hijos en aquel falucho de poético nombre se iban a quedar al sereno, aunque les ahogasen las lagrimas mas que las aguas del inclemente cielo, al fin y al cabo que mejor destino para ellas que ahogarse, como sus deudos en aquel lanchón, que a buen seguro reposaba ya destrozado entre los escollos de aquella ribera asesina.
Ella no, ella ya había decidido permanecer detrás de aquella ventana, dejando que las lagrimas le resbalasen por la mejillas haciéndole gustar lo salobre del dolor, tan salado como la mar, aquel celoso monstruo liquido que maldecía una y otra vez por no haber consentido devolver a su hermano, ni siquiera después de alimentar su egoísmo de amante exclusivo con su abierta sonrisa, con su juventud rebosante, con su arrogancia de fuerte pescador curtido en las lides de la mar a pesar de sus pocos años. ¡A su padre no!, a su padre no se lo iba a quedar, porque no quería, porque ella ya lo había decidido así y no habría fuerza en la naturaleza, ni la de la mar, que fuese capaz de oponerse a su voluntad. Por eso, solo por eso se iba a quedar detrás de aquella ventana, esperando a su padre, que iba a regresar, porque era lo justo, porque ella así lo había decidido. No podía ser de otra forma.
Escuchó como el silencio se enseñoreaba de su casa. Su madre y el resto de recias, enlutadas mujeres, debían estar ya en el muelle, calándose del agua de la lluvia por fuera y del agua del miedo y de la muerte por dentro; presintiendo lo inevitable pero plantándole cara, con coraje, con dolor irreducible. Ahora comprendía aquello que escuchaba gritar a su madre tantas y tantas noches, asustada bajo las mantas, rezando torpemente las oraciones de la escuela: “Te lo llevaste, pero es mío y lo será siempre, aunque creas que ya es tuyo por no devolvérmelo, lo llevo aquí, te enteras, aquí, muy dentro, mi hijo”, y sonaban los ciclópeos golpes propinados contra su propio pecho con la fuerza que da la rabia de saberse poseedora de la verdad, como si la intensidad de los golpes estuviese en proporción con el grado de posesión. Aquellos golpes de pecho, graves, le retumbaban en su cabeza y le obligaban a esconder su cabecita de niña inocente bajo la almohada, pero el sonido era mas cruel en su determinación de alcanzarla que su decisión de no escucharlo. Y a la mañana siguiente, nada mas despertarse, corría a abrazar a su madre que con unas ojeras negras enmarcando unos ojos sin vida apartaba delicadamente a la niña para no herirla inútilmente con su asumida desesperación.
Un terrorífico golpe de viento del norte consiguió abrir la ventana tras de la cual Almudena se convertía en el único espectador cualificado de aquella tormenta. Con el agua golpeando su cara y el cabello alborotado por el torbellino de aire que se colaba en su habitación consiguió volver a cerrar las dos hojas de la ventana. Cuando la hubo cerrado, el terror la estremeció. Ese viento era capaz de abrir su ventana y estaba en su casa, a salvo. ¿Qué no haría a la intemperie de la mar?. La olas, de mas de siete metros, dijo la radio, convertían cualquier embarcación, por segura que fuese, en un frágil esquife. Su padre, no era preciso que nadie se lo confirmase, era el mejor patrón de pesca de bajura de toda la costa, pero esa mar..., ¡no!, no iba a rendirse; ¡su padre no!. No existía razón para irse al muelle, solo había que quedarse tranquila en casa y esperar que papa entrase por la puerta preguntando poderoso y vocinglero por su sardinita. Esperaba anhelante ese abrazo fuerte y cálido con penetrante olor a pescado mezclado con gasoil que en su cabeza se convertía en el perfume mas sugerente y tierno que nunca volvería a sentir. Era solo cuestión de tiempo, papa, acabaría entrando por su puerta echándole los brazos y preguntando por ella.
Se acercó a la ventana y limpió el vaho con sus manos. El vidrio estaba frío y mojado, resbaloso y desagradable. Las gotas del agua condensada corrían cristal abajo compitiendo entre ellas por llegar cuanto antes al junquillo formando un charquito en el cerco. Almudena comprendió que hasta su ventana lloraba por el incierto destino de su padre.   Fuera, era ya de noche, ya no se veía el rompiente pero por la intensidad del fragor que llegaba hasta su casa se adivinaba que la mar estaba todavía mas enfurecida que antes. Las ráfagas de lluvia se veían gracias a los haces de luz que salían de las farolas parpadeantes a impulsos del viento y hacían suponer un autentico diluvio. Un escalofrío cruel le atravesó el cuerpo partiéndole el alma. El temporal no cedía, arreciaba. Sin darle tiempo a recomponerse, los pucheros se le apoderaron y las lagrimas le arrasaron los ojos. Comenzó muy bajo a decir que no, hasta que en un grito desgarrado, en la seguridad de que nadie la escucharía, se desgañitó, vociferó hasta rajarse la garganta, que no, que se negaba, intentando ofender, enardecer, provocar a los dioses y su capricho; la galerna inconsciente, irreverente y despectiva para con el hombre, para con su padre.
Sin saber cómo, se despertó. Seguía allí, junto a la ventana, sentada en el suelo, bajo ella ajena al estruendo del agua estrellándose contra los cristales, hasta que tomó conciencia del porqué se encontraba donde se encontraba. Si,  seguía diluviando y por el horizonte ya se adivinaban los malvas, azules y rojos oscuros que anunciaban que el gran disco incandescente advertía su aparición por mucho que las nubes le negasen su presencia. No entendía como pudo quedarse dormida allí, apoyada contra la pared. Prestó oídos a la casa. Nada, solo el batir de la lluvia contra las ventanas, no se escuchaba nada más. Sintió el escalofrío de la madrugada y la soledad desamparada en sus carnes, le dolía el estomago y creía que iba a vomitar. Se quedó mirando su cama, tan hecha como se la dejó su madre el día anterior. “Un ratito nada más”, se dijo, rota de cansancio, en voz alta para convencerse de que el acto de descansar en semejantes circunstancias era moralmente disculpable siempre que el tiempo invertido no fuera excesivo y se acurrucó tal como estaba, vestida, sobre la cama.
De inmediato vio como su padre le tendía los brazos. De momento se regocijó. Estaba sonriente y gozoso y le reclamaba cerca de él. Pero Almudena se fijó bien y ahora le veía pálido y demacrado y a pesar de la sonrisa su aspecto le producía estremecimiento. Salía como por ensalmo de las profundidades del mar intentando atraerla hacia él con palabras que solo él sabía decir. Finalmente ella, confianzuda, se acercó y su padre la agarró fuertemente por los hombros, le clavaba los dedos y le hacia daño, tirando de ella a las profundidades, ella se negaba e intentaba encontrar algún apoyo en la olas para zafarse. Su padre la zarandeaba cada vez mas fuertemente intentando arrastrarla hasta que abrió los ojos y contempló a su tía Angustias que la sacudía sujetándola por los hombros conminándola a despertar para dar por terminada su terrible pesadilla y disponerse a ir a la escuela. La hora del colegio era sagrada y salvo confirmación cruel y amenazadora de desaparición efectiva del padre, al colegio había que ir. Si cada vez que un barco no hacía arribada hubiese que dejar de ir al colegio no se iría nunca. Estaba asumido, además del peso de la mochila, hoy, había que cargar con el peso de la ausencia de papa, tragarse las lagrimas y hacer como que los otros niños no te miraban y callaban reverentes al pasar delante de ellos, respirando aliviados porque no eran ellos el blanco de las miradas conmiserativas de todos, asumir que la maestra hoy no se atrevería a preguntarte nada, aunque se te saliese el brazo a fuerza de levantarlo para poder salir del pozo en el que te sume la pena negra que te calcina el corazón, respondiendo a cual es el imperativo del verbo ir, que era lo que la señorita Candelaria preguntaba siempre, cuando quería coger en falta a la clase entera, para distraer la atención. ¿Idos o Iros?.
El tiempo de escuela transcurría como todos los días. La mente de Almudena volaba a otros mundos por obra y gracia de su inocencia y el saber hacer de la maestra. De súbito la puerta del aula se abrió. Entró el conserje que se dirigió a la tarima y tras decir algo muy bajito a la señorita se marchó cerrando la puerta tras él muy, muy despacito.
Cuando la maestra se dirigió a Almudena para decirle que le esperaban en conserjería, que se podía marchar por hoy a su casa, se mareó. Tuvo unas postreras fuerzas para reprimir el escape de orina que inició una loca carrera pierna abajo hasta el calcetín. No, no señor, eso no era nada bueno, no se le consiente a nadie que se vaya de clase si no es por una razón de peso. Temblándole las manos recogió sus cosas y tambaleante se dirigió a la puerta. La señorita, con muchas tablas, cortó de raíz el comentario de su compañero de banca que ya se disponía a publicar que había orines en el suelo que había estado pisando Almudena.
Salió del aula y no tuvo cabeza para volver a cerrar la puerta. A medida que se acercaba a la puerta del colegio el corazón se le iba acelerando hasta el punto de obligarla a jadear de ansia. Al doblar la esquina del pasillo vio a la tía Angustias plantada, seria, seca, con su cara de enjuta severidad inasequible, insobornable. Al llegar a su altura ni una palabra, ni una explicación, se limitó a sujetarla firmemente de la mano como si ella fuese a escapar. Parecía que intentaba trasmitirle la fuerza y la seguridad que era incapaz de vocalizarle por su parquedad en las palabras, como si con cada frase aventada al aire se le fuese a escapar la vida por la boca.
Caminaron bajo la lluvia que no cesaba y que ahora era mansa, como lagrimas serenas de resignación. Pasaron por delante del cementerio y Almudena miró hacia dentro como si ya tuviese la seguridad de que su padre se encontraba allí y ella pudiera verle y rescatarla de lo inevitable. Le inundó la paz. Estaba segura, acababa de perder a su padre. Empezó a llorar como lo hacía la lluvia, despacio, calmada, plácida podría llegar a pensarse. A pesar de que la mano de la tía Angustias era recia y apretaba ella apretó aún más a su tía intentando encontrar apoyo a su desfallecer al sentirse huérfana del cariño de papa.
Al pasar por el muelle no quiso mirar al lugar de atraque de “La Gaviota” y giró la cabeza. En ese momento dejó de llover y las nubes a rasgarse a jirones para dejar que unos rayos de sol llegasen a su pueblo. La tía Angustias miró al cielo y masculló una  jaculatoria de acción de gracias. Almudena se sorprendió de la quebradura del proverbial mutismo de la tía y se le quedó mirando interrogante haciendo intención de pararse. Angustias se detuvo y se le quedó mirando y ocurrió lo impensable. La tía Angustias esbozó lo que se podía interpretar como una sonrisa y se limitó a tirar de ella para que reiniciase la marcha.
Al llegar a la puerta de su casa otra vez el puño que le golpeaba duro en la boca del estomago, la sensación de nausea y el mareo que le hacia tambalear. No se escuchaba nada, ni un sollozo, ni un ay, ni un suspiro, nada. La tía sacó la llave y abrió la puerta.
-          Ve a cambiarte de ropa y ponte la de los domingos.
¿Dónde habría que ir a penar ahora?. Ropa de domingo era, una de dos, o un funeral o una fiesta y para fiestas no estaba la cosa. Se reafirmó en sus sospecha. Entró en su cuarto y se tiró en la cama desconsolada llorando sin alivio posible. Pasado un rato volvió a entrar tía Angustias.
-          ¿Qué haces?. Vístete o perderemos el coche de línea.
Almudena se volvió aún con los ojos anegados mirando con sorpresa a su tía. ¿Coche de línea?, ¿Para qué?.
-          ¿Dónde tenemos que ir tía?. Por lo de papa, ¿no?.
-          ¿Porqué habría de ser, niña?. Vamos, menos cháchara y a arreglarse.
Almudena no estaba dispuesta a seguir siendo un espectador pasivo de lo que en realidad ella era la protagonista. No se movería de su habitación hasta que no le dijesen que pasaba.
-          Tía, soy ya mayor. Dímelo, papa se ha ido a pique con “La Gaviota”, ¿verdad?, ya se ha muerto, ¿no es eso?, ¡¡dime, dime!!.
-          Tienes razón “La Gaviota” se ha ido a pique...
La vista se le enturbió, el mareo se hizo torbellino y la nausea, vomito, sintió que la cara se le ponía fría y los dedos de las manos se le acorchaban. La cama sobre la que se encontraba fue indulgente con su perdida de conciencia y la acunó.
Cuando volvió a abrir los ojos estaba en brazos de la tía que la miraba llorosa con los surcos de la cara aún mas profundos de lo que eran por el susto que se acababa de llevar. La tía la apretaba contra su pecho alternativamente con la contemplación de su rostro para comprobar si volvía en si o no. Entre brumas, como quien escucha una canción lejana de la que uno no esta muy seguro si será real o fruto de un sueño escuchaba como la tía Angustias hablaba de su padre.
-          Mi niña, mi querida niña, si, “La Gaviota”, la maldita “Gaviota” se fue a pique pero tu padre está bien, está bien, mi niña. Se han salvado todos, no como con tu hermano Paquito, mi hermano, tu padre, se ha salvado esta vez, gracias a Dios.
Adornaba este discurso con un balanceo sincopado como de acompañamiento de nana meciendo el leve cuerpo de la niña.
-          ¿Entonces papa, no va estar debajo de una piedra como Paquito?.
La tía, llorando ruidosamente, y meciendo aun con mas fuerza a su sobrina negaba con la cabeza, con desesperación, ante la imposibilidad de hacerlo con la boca porque los jipidos se lo impedían.
Cogieron el autocar a la capital con el tiempo justo. Su padre esperaba en el hospital recuperándose de la peligrosa aventura de ganarse la vida. Ella sabía que había sido su determinación, su negativa a rendirse la que le había devuelto a su padre. No se lo diría nunca a nadie pero ella sabía la verdad, la única verdad y es que el amor, la fuerza de su amor fue lo que salvo a su padre de tener que quedarse debajo de una piedra en la que grabarían su nombre debajo de su foto, como le pasó a Paquito por haber sido ella demasiado pequeña y no haber querido enterarla de nada.

13.12.13

viernes, 30 de noviembre de 2012

EL VASO DE LA ESPERANZA

El vaso de la Esperanza

La luz de otoño, dorada como las manzanas maduradas en su árbol, se filtraba por los vidrios antiguos de la ventana de su dormitorio, estrellándose sobre la mesa camilla y derramando su agonía de mieles rubias y espesas como las de sus desayunos infantiles en casa de la abuela. Las ventanas, nevadas del polvo de  meses  hacían de tamiz, un reto para los rayos del sol que se proponían atravesarlos desde el horizonte, tras el que se disponía ya a dormirse, allá en poniente, por donde se deja caer agotado al cabo del día. Esas saetas ambarinas y sesgadas hacían del ambiente un ballet de motas diminutas de polvo demorado en el aire que al verse sorprendido por la mano vacía de interés, agitado en su danza, se escapaba a regiones más discretas.
La mano vacilante, desesperada y sola, jugueteaba sin finalidad con los postreros rayos, fríos ya por el aburrimiento de la lejanía, mientras decidía si acercarse a la copa dulce y amiga que escribiese el epilogo. Una mano vellosa y nervuda, de piel manchada y seca, tan distinta de aquella otra tersa y ágil, despreocupada e inocente, que gozaba resbalando por entre los pechos de su reina, se acercó despacio y acarició apenas con las yemas de sus dedos la superficie lisa del vaso. Separando la mano con premeditada lentitud se la acercó a sus ojos y se entretuvo observando los dedos consumidos con fingida curiosidad, las uñas crecían ahora más deprisa que hacía años o el tiempo era el que corría deprisa para darle alcance a él. Pero se topó, maldita enfermedad, con ella y debió conformarse, llevándosela. De los cansados, húmedos y entrecerrados ojos se deslizaron unas cuantas lágrimas, que rodaron mejilla abajo, hasta rendir viaje en las comisuras de la boca, mientras el grueso del pelotón elegía el camino de la nariz para buscar su ansiada libertad. De la punta justo, se despeñó hasta la mesa una gota de liquido trasparente y filante reflejando en su caída el angulado rayo de sol que se resistía a dejar de iluminar la escena.
Con la mirada perdida en el vacío, lleno del sueño del sol, arrastró sin mucha convicción la gota desprendida de su nariz terminando de secarse la mano en las faldas de la camilla. Del vacío al vaso, alternativamente, y a la tela de la camilla, levemente húmeda de su lágrima de dolor, iba su mirada, acariciando cada detalle, cada textura. Sin motivo aparente, cómo suelen ser las razones de más peso, se cubrió el rostro con las manos y se abandonó al sollozo fácil y blando.
El sol terminó finalmente por perderse en la lejanía haciendo el guiño de reflejo malva en las nubes del cielo de atardecida y la habitación fue sumiéndose en las sombras que hiciesen juego con las que cruzaban el semblante al anciano. La mano temblorosa buscó a tientas el interruptor de línea en el cable de la lamparita de pie que le regaló a ella, ya ni se acordaba cuando, para que pudiese bordar en las largas y tediosas noches de invierno mientras él apuraba el tiempo observándola con la misma ilusión de cincuenta años atrás, cuando era incapaz de dejarle dar tres puntadas seguidas sin cubrirle la cara y las manos de besos. La bombilla con sus meses de polvo y desesperación encima, iluminaba con un denso color sucio parte de la mesa camilla dejando en penumbra el resto de la habitación. La mortecina luz se hundía en el liquido trasparente del vaso levantando reflejos iridiscentes que herían la pupila del hipnotizado espectador. Estaba absorto en la contemplación del líquido, como si de su observación dependiese su vida y pasaban los minutos sin que moviese ni un solo músculo. Finalmente con gesto vacilante acercó las manos al vaso, tomándolo con las dos al tiempo, sin dejar de observarlo. Lo levantó despacio, recreándose en la acción hasta dejarlo a la altura de los ojos y sin dejar de mirarlo esbozó una mueca parecida a una triste sonrisa para volver a derramar lágrimas pacificas y agónicas, más de impotencia que de dolor.
Otra vez dejó reposar, con cuidado de amante, el vaso sobre la mesa y rebuscó en sus bolsillos hasta dar con el pañuelo que le secase las lágrimas. Quedó agotado, rendido y entregado, después de limpiarse los ojos casi sin vida ya, reposando la cabeza en una de la orejas del sillón. Cerró lentamente los párpados y se durmió al instante con una respiración agitada que reflejaba sufrimiento. El vaso sobre la mesa veló el sueño inquieto del anciano, como lo hizo el día anterior y el otro y el otro. Y así aburridamente desde hacía cuatro meses.

Era de ella el sillón y no consintió moverse de él desde que cuatro meses atrás tomó la determinación de reunir fuerzas para poder iniciar el viaje que le llevase a su lado. Sosegadamente, con alegría, se había preparado el vaso de viático que le condujera de la forma más certera junto a su amada, pero la cobardía es la divisa del débil y a su edad solo cabía dolerse, nunca rebelarse. No cesaba de pensar y angustiarse porque ella, que era su fortaleza, ya no le acompañaba. Iba a ser la primera vez en la vida que tuviese que llevar a cabo algo trascendente sin que ella estuviese a su lado, dándole calor, galvanizando sus miedos, disipando sus temores al error. Y así, en la angustia del amor anhelado e imposible de alcanzar, porque ella se había alejado de su lado, transcurrieron los cuatro meses en que a nadie consintió que moviese un dedo en la habitación desde la que ella se  marchó a esperarle del otro lado.
Cada día quedaba absorto y magnetizado por el vaso lleno del agua mágica que le conduciría, de beberla, hasta su cielo. Y cada día se quedaba dormido con la pena de no tener el valor de traspasar su cobardía, su egoísmo, aún sabiendo que ella le esperaba con los brazos abiertos y la sonrisa angelical en su boca, con solo que él se atreviese a comulgar del cáliz que aguardaba paciente sobre la mesa.
Y cada vez que él se quedaba dormido una amorosa y condescendiente mano sustituía el líquido, agua mineral, por más agua mineral nueva y fresca sin que él lo supiese, desde que le quitaron el primero que él con tanta dedicación y amor se preparó para poder viajar al jardín del edén junto a su novia eterna.
De madrugada se desvelaba, como siempre, y agradecía a la sonda el no tener que levantarse, abandonar el sitial que ella ocupó primero y sentirla cerca. Poder quedarse mirando el vaso con los ojos rasos de lágrimas y como los niños pequeños quedarse dormido una vez más, acunado por la lágrimas de la pena y la impotencia.
Otra mañana. Vuelta a fijar los ojos esperanzados en poder reunir el valor suficiente para poder acercarse el vaso a los labios y alcanzar al fin la ansiada unión. Y como siempre el sol volvía a derramar su fluido amarillo, espeso como bilis, sobre la mesa y el vaso de sus anhelos, antes de dejar la habitación sumida en la desesperación de las expectativas no colmadas.
Ésa tarde fue diferente. Algo comenzó a moverse en su interior. El corazón cansado y remolón, comenzó a saltar en su pecho. Tuvo la certeza de que algo importante iba a suceder. Observó el vaso;  era ya distinto. No pesaba toneladas en su cabeza, se le antojaba liviano y atrayente. Respiró hondo y comprendió que la vida volvía a correr por sus venas. ¿Cómo podía él renunciar a lo que no tenía? ¡Lo acababa de descubrir en medio de gran excitación! Estaba muerto, en el limbo de la muerte, por eso no era capaz de beber su fin. Pero ahora se sentía lleno de vitalidad, si quisiese podría salir corriendo, pero lo que venía esperando desde que lo decidió hacia cuatro meses, era la prioridad. El corazón cada vez cabalgaba más deprisa y de tanto que corría, casi le faltaba el aire y se le nublaba la vista y le zumbaban los oídos, volvía a ser joven, se lo notaba; cómo cuando la conoció en el jardín del pozo,  que casi pierde el conocimiento al rozarle sus dedos con los suyos..., clavadito a lo que ahora notaba y era porque ella venía a buscarle y solo hacía falta que bebiese de la copa del amor para vivir con ella eternamente.
El sudor empezó a humedecer primero y mojar francamente después la piel de su frente y reclutando gota a gota, correr hasta encontrar la barrera de sus cejas que pronto fue rebasada para producir el escozor en los ojos que le obligaba a entrecerrarlos.
Y así, a medio tientas, sus manos dieron con el vaso de la mesa. Lo aferró como el alpinista su piolet y con franco temblor se lo acercó a la boca. Tuvo una última vacilación que hizo que detuviese la mano cuando el vaso llegaba a su destino y parte del preciado líquido se derramó en sus piernas. Se sobresaltó y con decisión, que incluso a él extrañó, terminó de acercar el brebaje a su boca. Su nariz estaba preparada para recibir el aroma sutil del bebedizo y el no percibir olor alguno fue achacado a la perdida de facultades que en pocos segundos ya no sería problema.
Nada más sentir el líquido en los labios, el corazón le dio un salto en su pecho e intentó salírsele  por la boca. ¡Efectivamente era el amor que hacía de él otro hombre, el que siempre fue, el que ella conoció!. La luz del sol se ausentó de sopetón de sus ojos y los brazos le desfallecieron, seguramente de amor.
El vaso se precipitó sobre su regazo, empapándole, pero ya no se daba cuenta, rebotó y cayó al suelo con el estrépito del vidrió roto, pero ya no se daba cuenta. Al ruido seco y urgente acudieron los que aguardaban lo peor y exclamaron de dolor, pero ya no se daba cuenta.
El feliz anciano no se podía dar cuenta. Estaba ya a millones de kilómetros de emoción, cogido de la mano de su amada, recorriendo ambos, plenos de ternura, el jardín del pozo, aquel en el que por poco se desmaya al rozarle sus dedos con los suyos.

30.11.12

viernes, 23 de noviembre de 2012

NUNCA DEBI DESEAR ESE TIPO DE SEXO

Nunca debí desear ese tipo de sexo


Hay que tener cuidado con lo que se desea, no sea que se consiga. Esto, nos decía una monja del colegio, que nada tenía que ver con el resto de monjas, la hermana Valle, nunca la olvidaré y esto viene a cuento de que a mis diecisiete años cuando hacia el amor con mi novio Jesús, fantaseaba para mi que me trataba como si fuese una puta degenerada. Imaginaba que me forzaba después de raptarme de un polígono industrial, donde medio desnuda hacia la carrera principalmente con camioneros barrigones y malolientes. En ocasiones para poder culminar mi orgasmo tenía que cerrar los ojos e imaginar que un hombre ya mayor, vestido de cuero, con barriga, siempre con barriga, detestable, sucio y oliendo a agrio, me agarraba de los pelos y me obligaba a mamársela hasta que se corría y me atragantaba con su semen. Llegó un momento en que el sexo que tenía con Jesús se convirtió en una sosería, imposible de soportar. El pobre, que me quería de verdad, se desesperaba.
-          Pero ¿qué te falta?, ¿qué echas de menos, amor mío?, estás fría como una losa de cementerio, parece que estoy haciendo el amor con un cadáver, inmóvil, frío, insensible. ¿Finges los orgasmos, verdad?
Después de varias veces intentando explicarle que me sucedía, aunque la vergüenza me embargaba, decidí que no era legal seguir mintiéndole y que debería ser leal con él y decirle la verdad. Sabía que le dolería pero más le iba a doler cuando se enterase de la mentira.
-          Jesús, el sexo contigo no me satisface, le falta..., chispa, es..., aburrido, insulso, pareces un calvinista corroído por la culpa y los remordimientos. Creo que si usases el camisón con portañuela del siglo XV sería más excitante.
-          Yo te hago el amor con toda la delicadeza de la que soy capaz..., intento ser un amante perfecto, galante, respetuoso, lo que tú te mereces que eres mi princesa.
-          Ese es el asunto..., demasiada delicadeza, le falta algo de reciedumbre. ¿Sabes?, en mis fantasías me veo siendo poseída violentamente por hombres sucios y groseros y eso me excita. Me penetran sin piedad por delante por detrás y luego por la boca, me atan y me castigan y no cesan de follarme hasta que caigo desfallecida. Ese sexo es el que me excita, me hace chorrear, me atrae. Comprendo que lo que tu me proporcionas es lo correcto pero a mi no me basta. Conociéndote se que nunca serías capaz de proporcionarme un tipo de sexo así o por lo menos capaz de alimentarme estas fantasías de las que seguro que abominas, así no vamos a poder seguir mi amor, te quiero mucho pero en la cama no llegaremos a entendernos nunca.
Puso cara de inenarrable sorpresa, enrojeció, no se si de vergüenza o irritación, abrió la boca intentando articular palabra sin poder decir nada. Finalmente encogió lo hombros adoptó habito de resignación mirándome de forma conmiserativa y me contestó.
-          ¿De manera que eso es lo que quieres?, estarás segura. Deberías habérmelo dicho antes. Siempre desee penetrarte por detrás, me encanta el sexo anal y ahora te confieso que tanto activo como pasivo, siempre que sea una mujer la que me sodomice con un consolador mientras la follo, pero el respeto que te tenía me impedía proponértelo, imaginaba que me despedirías escandalizada de mis depravaciones. De igual manera me excitaba aún mas penetrarte sin piedad alguna, al tiempo que otro lo hacia por el culo y otro te poseía la boca.
-          Eso que estás diciendo me está mojando. Espero que no sea esta respuesta una salida más o menos airosa a mi confesión. Y en quien habías pensado para acompañarte en la orgía que está a punto de hacer que me corra solo de pensarlo.
-          Espera, espera. ¿Seguro que estás hablando en serio..., serio del todo? Me quieres convencer que no te importaría ahora mismo hacerlo con quien yo te dijese.
-          Pues claro, Jesús. Me harías la mujer más feliz, colmarías todas mis aspiraciones. Bueno, ¿en quien estás pensando?
Jesús me miró de forma penetrante a los ojos, intentando averiguar donde estaba la trampa, después hizo un par de llamadas, dijo cuatro palabras de las que no entendí el significado, apagó el móvil, esbozó una sonrisa malévola que no le conocía y sin  más espera me metió la mano con violencia por debajo de la minifalda y de un tirón me arrancó el tanga. Eso me excito aún más y di un gemido de placer.
-          ¿Esto es lo que te va, no?, durillo. Pues duro va a ser. Nos están esperando ya. Aparte de mí habrá otras cuatro personas.
Cuando pensé que cinco hombres me iban a tener a su disposición me maree de excitación. Que inocencia la mía. Luego me enteré que los hombres tienen siempre un lésbico en sus fantaseos sexuales. Durante todo el camino en el coche hasta nuestro destino Jesús no cesó de pellizcarme con fuerza, para provocarme dolor, en el clítoris y los pezones. En un semáforo, se abrió la bragueta, dejó salir de su escondrijo el pene tieso y reluciente y cogiéndome la cabeza con fuerza, sin importarle que la gente que cruzaba se quedara mirando, me obligó a mamarle. No hubiera hecho falta esa demostración de fuerza, porque yo después de tanto castigo al clítoris y los pezones, que me ardían, me estaba corriendo de gusto y deseaba meterla en mi boca, que se corriese y chuparle toda la leche hasta dejarle seco.
Finalmente llegamos a una urbanización de las afueras de la ciudad, de esas que tiene todas las casitas iguales con su jardín, su sótano y su buhardilla que les daba el falso aspecto de villa de calidad. Al llegar a la verja, tocó la bocina y salió una chica a abrir la puerta. Le dijo a Jesús que metiera el coche en el garaje, para que no se viese.
Por una puerta lateral entramos a la casa y de allí Jesús me llevó a empujones hasta el  salón. La chica que nos abrió la verja estaba ya de pie junto a la chimenea con el resto de habitantes de la casa, fumando, observándome con insistencia. Sentados en un sofá un hombre entrado en años, otro de mediana edad y uno joven, de la edad de Jesús mas o menos.
-          Os presento al putón de mi novia, se llama Verónica. No sabe que es el sexo, aunque se corre pensando que se la follan por el culo cuatro camioneros y quiere aprender cuanto antes las artes del buen gozar, aunque haya que penar.
Con lo caliente que yo estaba después del viaje, el oír que el muy educado Jesús me tildase de putón me hizo estremecer de gusto. La verdad es que las secreciones me corrían por los muslos y me provocaban aún mas excitación al sentirlos resbalosos deslizarse el uno contra el otro.
Me presentó primero al más mayor, se llamaba Marcelo. Se levantó del sofá, con bastante agilidad y se acercó a mí. Sin mediar palabra me saco un pecho de la blusa, examinó su turgencia y enrojecimiento y me lo pellizcó al tiempo que se mostraba encantado con una amplia sonrisa en los labios. Al hacer intento de huir de la presa el hizo mas fuerza aún y la acompañó de un cachete muy fuerte en el culo con la otra mano al tiempo que deshacía su sonrisa de la cara y severo me avisaba que había que ser obediente y aguantar lo que cada uno se había comprometido a aguantar, “y si no haber tenido la boquita cerrada, zorra”. Después de Marcelo, que me impresionó voluptuosamente me presentó al de mediana edad. Era el tío de Jesús, Marcos. Marcelo era su íntimo amigo de francachelas. Me acerqué a darle un beso y por toda respuesta me hizo arrodillarme y con destreza se saco la verga y me la metió en la boca. Estuve así mamándole a la vista de todos hasta que le pareció bien. Cuando se cansó me apartó sin miramientos dirigiéndose a su sobrino.
-          ¡A ver si enseñas a esta guarra a mamarla, lo hace fatal! ¿No será tortillera?, vamos a ver.
Me cogió de los pelos me levantó, me dio la vuelta me agachó y dirigió su polla a mi ano haciéndole conocer a su capullo mis dimensiones de entrada, que eran de virgen por ese lado, pero cuando estaba a punto de dar un golpe de caderas y destrozarme el culo Marcelo le dijo que se dejase venir, que todo llegaría.
A estas alturas, y aún no habíamos empezado, yo temblaba, no sabía si de excitación o de miedo, aunque me tranquilizaba el hecho de que estuviese Jesús allí que jamás consentiría que se me hiciese daño, o por lo menos lo que yo pensaba que sería un daño inaceptable para él.
Seguidamente me presentaron al más joven, Ricardo. Era guapísimo y tenía los ojos pintados, o eso creí yo. Al presentarnos antes de hacer cualquier otra cosa se dirigió a Jesús.
-          No llevará ropa interior, eso sería imperdonable, no la llevamos ninguno.
Jesús negó con la cabeza y con habilidad y delicadeza, Ricardo, me acerco a él tocándome el sexo con suavidad. Comprobó que estaba muy mojada y me metió los dedos de golpe lo que me hizo gemir de gusto. De repente sacó uno de ellos y encontrando mí agujerito posterior lo metió sin contemplaciones al tiempo que hurgaba bien dentro de la vagina. Fue un placer raro, mezclado con incomodidad teñida de placer. Estuvo así un rato hasta que sacó todos los dedos se los observó con curiosidad y me los volvió a meter, pero esta vez solamente por el culo, después anunció a todos:
-          Valdrá, haremos carrera de esta zorrita.
Cuando acabó, Marcos les dijo a todos que al sótano a jugar. Me quedé mirando a Jesús extrañada y con descaro y echando redaños, como si no estuviese asustada por lo que ni en las noches mas calenturientas hubiera imaginado que me iba a suceder le dije a Jesús en alta voz:
-          ¿No me dijiste que eran otros cuatro, además de tu mismo, falta uno?
Me contesto con una fina y cínica sonrisa, Marcos, que parecía que llevaba la voz cantante.
-          ¿Es que no has reconocido a Sonia?, ella te abrió la puerta. Sonia, saluda a nuestra invitada.
Me dio un vuelco el corazón, con una tía yo no contaba para estos devaneos, me daban asco las mujeres, pero aguanté el tipo. La mujer se me acercó y por el camino apagó el cigarrillo en un cenicero. Llegó a mi altura y antes de que pudiera darme cuenta tenía su lengua dentro de mi boca al tiempo que se quitaba la falda y restregaba su sexo contra el mío. Estaba inmovilizada. Eso no lo habría sospechado nunca. Marcos volviéndose a su sobrino le recriminó en broma.
-          ¡Jesús!, ¿no le habías dicho que sin lésbico no hay placer completo para un hombre como dios manda?
Sonia se apartó de mi satisfecha del efecto que me había provocado, y siguió a todos, escaleras abajo al sótano.
Jesús bajó detrás de mí abrazándome por la cintura circunstancia que aprovechó para desabrocharme la minifalda, con lo que como la camisa que llevaba era cortita me encontré desnuda antes de llegar abajo del todo. Me sentí incomoda porque yo era con Sonia, la única que estaba desnuda y no sabía bien como actuar; taparme me parecía fuera de lugar pero sentirme así expuesta no sabía como colocarme. No sabía que enseguida iba a despejar la duda de cual tendría que ser la postura mas adecuada.
Entré en una espaciosa sala que si no ocupaba todo el bajo de la casa le faltaba poco. Tenía una especie de mesa alta con argollas, un bastidor de metal con cadenas que colgaban y un montón de otros instrumentos, algunos que imaginaba para que podrían servir y algunos otros imposible de imaginar cual sería su aplicación. De entre los que si sabía para que pudieran servir estaba una sustanciosa colección de dildos de diferentes tamaños, formas y colores. Todos mis acompañantes se colocaron en torno a la mesa y Jesús me dijo que me subiese para que todos pudieran verme bien. Me encaramé a la mesa mediante un escabel que al efecto tenían previsto para las que como yo jamás podrían jugar al basket. Me quedé encima de la mesa de pie sin saber que hacer mientras todos me observaban sin decir nada.
Marcos con gestos me indicaba algo que yo no entendía y cuando se cansó de que no la entendiese me indicó que me acercase al borde de la mesa. Cuando estuve a su alcance me agarró la blusa y de un tirón fuerte me la arrancó. Lancé un grito de terror, pero me excité aún más, deseaba ser objeto de más violencia de ese tipo. Desnuda ya del todo me ruboricé y me quedé cortada al principio, pero inmediatamente tome conciencia de lo que estaba haciendo y de donde estaba y comencé a moverme de la forma más lúbrica.
Ricardo en ese momento a instancias de Marcelo me acercó hasta la mesa una buena colección de dildos de diferentes tamaños y dejándolos allí esperando que yo los cogiese. Marcelo me habló con urgencia y mando.
-          Vamos putilla aficionada, elige uno que te lo vas a clavar para que veamos hasta donde eres capaz de llegar para excitarnos.
¡Querían que me metiese el consolador! Yo les iba a enseñar como se excita y hace excitar una hembra con su sexo. Para impresionarlos elegí un consolador largo y grueso que sabía que me entraría bien y me haría gozar a mí de paso.
Empecé a excitarme con el roce del cacharro haciendo movimientos más y más lúbricos hasta que la excitación me hizo perder la poca vergüenza que me quedaba y a base de quejidos y gemidos empecé a introducirme el dildo en la vagina. Cuando mas entusiasmada estaba, Marcos me interrumpió al dirigirse a su sobrino Jesús.
-          Pero Jesús, ¿qué clase de puta loca nos has traído? ¡Tu, guarra!, ya sabemos que en el coño te entra de todo, queremos saber lo que te entra por el culo, ten en cuenta que después tendrás que tragarte esto.
Y se saco su miembro en pie, parado con un capullo gordo y sonrosado, brillante y terso que destilaba por la punta abundante precum trasparente que colgaba filante hasta el suelo. Jesús me alcanzó un tubo de vaselina echándomela desde donde se encontraba y yendo a caer a mis pies. Me quedé paralizada sin saber que hacer. Había ensoñado repetidas veces que me enculaban pero en realidad nadie me lo había hecho jamás. Para mi desgracia el dildo que había elegido era enorme para mi ano pero ya no había vuelta atrás, o me desvirgaba el culo yo con todo el cuidado del mundo o lo harían todos aquellos sin moderación alguna. Me agaché y abrí el tubo descargando una porción en mis dedos. Miré a Jesús, mi novio que por señas me dijo que me pusiese bastante más. Le hice caso y me embadurne metiéndome un dedo para que la vaselina penetrase bien. Luego me metí dos dedos para intentar dilatar y empecé a sentir algo parecido al placer. Entrecerré los ojos para concentrarme culeando mientras me metía y sacaba los dedos. Escuché a Ricardo que decía en voz baja, mientras se frotaba suavemente el capullo: “Esto es otra cosa, esto va prometiendo”. Eso me animó y seguí con mis contoneos metiéndome y sacándome ya hasta tres dedos que entraban con dificultad mientras que con la otra mano me pellizcaba los pezones con furia lo que me permitía arremeter adentro con mis dedos. Llegó un momento en que sentí necesidad de que me entrase el dildo y me lo apliqué al ojete con decisión. De un primer intento me entró la punta y sentí una punzada, pero me aguanté. Seguí aplicando presión a pesar del dolor y la vaselina hizo el resto. El ano parecía que absorbía el consolador y a medida que entraba sentía que se me llenaba la vagina de una forma diferente y me proporcionaba un placer tan tremendo que me hizo perder la noción de donde me encontraba enloqueciendo por el deseo de que el dildo siguiese entrando y entrando hasta el infinito. Se me olvidó que estaba siendo observada y empecé a sentir un orgasmo interminable. De repente caí sobre la mesa y noté que el dildo se me salía del ano. Me quejé ruidosamente de que se me privase de esa fuente de placer y abrí los ojos. Alcancé a ver a Sonia que me retiraba el consolador y vi a Marcos que se acercaba con uno más grande. Al verlo acercarse le ofrecí el ano para que me penetrase y grité y grité hasta desfallecer.
-          ¡Clávamelo, por favor, clávamelo en el culo!
Marcos ni se molestó en lubricar el enorme dildo, me lo apuntó y empujó sin contemplaciones. Sentí que estallaba por dentro al tiempo que el clítoris desde dentro me era empujado hacía arriba y afuera haciéndome volver a gozar. Era una mezcla de dolor, presión y placer incalculable. Me quejaba de gozo de forma desvergonzada reclamando más y más. Miraba enfebrecida a mí alrededor y solo veía caras sonrientes y llenas de vicio. Alguien que no supe identificar le dijo a Sonia que me pusiese el sexo al alcance de mi boca. Sonia se despojó del resto de su ropa y quedo desnuda del todo. Me volvió boca arriba y mientras, Jesús, mi novio, me levantaba las piernas y las separaba para que Marcos pudiese violarme por el culo con el consolador y así permitir además que Sonia me cabalgase sobre mi cuello poniéndome su sexo sobre mi boca. Nunca había hecho nada parecido pero me pareció una propuesta magnifica. Chupé, mordisquee y lamí con avidez el chocho de Sonia que gemía de placer y les anunciaba al resto incluido mi novio. Yo por mi parte no llegué ni siquiera a plantearme que tuviera que sentir asco de comerle el sexo a una tía, sencillamente hacerlo añadía placer al que experimentaba al ser violentada por el culo con enorme dildo.
-          Esta zorra sabe comerse un coño, tiene arte. ¿Estás seguro, Jesús que no se lo hace con ninguna amiguita?
No hubo respuesta y yo me sentí halagada de esa apreciación aplicándome con más fruición aún, haciendo que la mujer alcanzase el orgasmo rápidamente. Pero yo seguía insatisfecha. Deseaba mas, quería sentirme mas llena por todos mis agujeros. Sonia ahíta de placer se había retirado de mi cara. Parecía que había pasado un siglo desde que Sonia desapareció cuando ocupó su lugar Ricardo en mi cuello. Me colocó  sus huevos en la boca y se deslizaba adelante y atrás de forma que alternativamente le chupaba las bolsas o el ano en el que metía la lengua con avidez, con tanta que llegó un momento que debí provocar tanto placer en el ano a Ricardo que se detuvo sobre mi boca y se restregaba con fuerza para que le clavase la lengua lo mas profundamente posible. Estaba entusiasmada intentando penetrar en el ano de Ricardo cuando  noté que me reventaban las entrañas. Marcos había sacado el dildo después de trabajarlo exhaustivamente y metía con fuerza su mano en mi ano y al tiempo utilizaba el dildo para penetrar por mi coño. Sentía que me reventaba pero le pedía que me reventase ya, necesitaba que me destrozase. A un orgasmo se sucedía otro y estaba ya agotada de tanto placer cuando de repente todo se detuvo. Marcos se retiro de mi ano y mi vagina, Ricardo descendió de mi cabeza y quedé desfallecida deseando dormir. Estaba a punto de quedar felizmente dormida cuando un dolor punzante en uno de mis pezones me hizo levantarme de súbito.
Cual no sería mi sorpresa cuando vi a mi novio, Jesús, perforándome con unos ganchos afilados primero un pezón que fue el que me alertó con su dolor y llevaba en la mano el otro gancho destinado al otro pezón. Intenté defenderme y rápido como el rayo varias manos me inmovilizaron. Jesús me miraba, al parecer encantado de lo que hacia, sonriente y me decía:
-          Este tipo de sexo es el mejor, ¿verdad mi amor? Así, duro, estas son las emociones que tú buscabas, pues aquí las tienes. Disfruta, esto no ha hecho más que empezar.
Me perforó el otro pezón al tiempo que yo desgarraba el ambiente con un grito de dolor ilimitado, pero no lo rechazaba, lo deseaba.  Enganchó después a cada anzuelo el extremo de una cadena. El dolor agudo fue aminorándose y sentí que los pezones estimulados por la agresión sangrienta se endurecían y me provocaban mucho placer, algo parecido a un orgasmo brutal de dolor y deseo, algo que ni se me hubiese pasado por la cabeza.
Marcelo, desnudo del todo, como todos ya a estas alturas, enarbolando un enorme pene me apartó del centro de la mesa y se tumbo boca arriba con su enorme verga insultantemente enhiesta apuntando al techo. Jesús me ayudó a levantarme y me depositó sobre esa carne dura y amenazante. Me sentí deliciosamente clavada por mi vagina y una punzada me atravesó el cuerpo desde el clítoris hasta el ano. Los pezones estaban al rojo, me dolían y me daban gusto a un tiempo. Yo estaba disfrutando cabalgando sobre esa pija tan grande cuando Marcelo agarró la cadena que conectaba los pezones y de un tirón brutal hizo que abandonase con un grito mi posición erecta y me plegase sobre su pecho. En ese instante sentí que alguien me penetraba el ano haciéndome sentir plena. Empecé a sentir otro orgasmo, uno más,  brutal, que me hacía casi convulsionar y casi perder el conocimiento. Cuando más disfrutaba sentí que quien me sodomizaba se salía de mi cuerpo y saltando por encima de mí se colocaba delante y me penetraba la boca hasta la garganta haciéndome atragantar. Era Jesús el que se había salido de mi culo e inmediatamente me la metía en la boca. El sabor de su verga no dejaba lugar a dudas de donde había estado, pero mi estado de excitación era tal que deseaba que ese asqueroso sabor fuese aún mas intenso. Estaba mamando encantada de ser sometida a esas vejaciones cuando sentí que me volvían a penetrar el ano y fue ya el acabose. Marcelo al ver mi estado de locura  sexual intentó hacerme bajar mi temperatura y me dio otro tirón de la cadena de los pezones, pero el resultado fue el opuesto porque el tremendo dolor que me desgarraba los pechos hizo que el orgasmo se desencadenase de tal manera e intensidad que con un enorme grito, lo último que recuerdo, me desvanecí del todo.
Me desperté en el apartamento de mi novio. El estaba a mi lado y me acariciaba y me besaba por todos lados con una tremenda suavidad. Me susurraba muy tierno que me quería y que quería casarse conmigo. Abrí los ojos y le dije:
-          No te puedes ni imaginar lo que he soñado. Uffff, que sueño más..., más...tórrido. me da vergüenza hasta contártelo.
-          Inténtalo, a lo mejor..., no me asusto.
Hice intención de incorporarme en la cama y al hacerlo un dolor lancinante en los pezones me hizo comprender, y con un grito me derrumbé en la cama otra vez.
Jesús me miraba divertido con aire de suficiencia. Dejó pasar un rato para que tomase conciencia de que lo que yo creía un sueño no era más que una pesadilla absolutamente real.
-          ¿Vas a querer repetirlo, o preferirías que siguiéramos como antes? No me importaría ser un depravado contigo si eso es lo que te gusta, pero, ¿no crees que ese tipo de sexo fantasioso no conduce más que a una vida marginal?
No supe que contestar o quizá temía dar la contestación equivocada. Me había dado una lección. Era una niña estúpida y malcriada que creía que estaba muy avanzada en sexo porque era capaz de imaginar cosas y situaciones que en el fondo no creía que pudieran darse y me había dejado meridiano que esas practicas estaban tan cerca y eran tan reales como que él mismo, Jesús, podía organizar una sesión de esas en minutos.
Miré con ojos implorantes a Jesús y le pedí perdón por haber sido tan cabeza loca y tan tonta. Mientras él me abrazaba diciéndome que no me preocupase mas, yo pensaba en que manera de disfrutar mas tremenda. Con Jesús de compañero eso se tendría que repetir, no tendría más que echarle en cara que era sosote en su sexo para que intentase darme otra lección. Al abrazarme sentía como los pezones me dolían y al tiempo empezaba a destilar lubricación por mi vagina. Ese dolor no lo era tanto, era placer adulto. Se repetiría. Me obligaría a repetirlo, no creía que pudiese pasar mucho tiempo sin ese tipo de sexo.
Nunca debí desear vivir una experiencia así. Ahora ya con el veneno en el cuerpo no había salvación ni antídoto posible. Pero no importaba, deseaba repetirlo y lo haría y más bestia aún si pudiera, para que el placer lo fuese también así, atroz y salvaje.

23.11.12