La sombra alargada, anoréxica,
inquietante, perseguía como cada día al atardecer, a una Vicenta cansada, pero
determinada a regresar cada atardecida al solitario apeadero. Caminaba, la
cabeza humillada, para evitar la hiriente puñalada de los últimos rayos de sol
en sus glaucos, líquidos ojos, confinados en unas profundas cuencas excavadas
en el rostro anguloso y avejentado de una mujer hecha al desconsuelo y los
reveses de la vida.
Cada tarde desde hacia cuarenta
años recorría los cuatro kilómetros que le separaban del apeadero desde el que,
tragándose las lagrimas, un tres de Febrero del año 1937 dijo adiós a su
Miguel. Le escuchó, anhelante, cómo a voces, desde el pescante, se despedía
entre los bufidos de aquella vieja y renqueante chocolatera, asegurándole que
sería cuestión de unas pocas semanas, las que tardarían ellos, los milicianos,
en echar al mar a los amotinados, que fuera acicalándose para cuando él
volviera.
Vicenta desde entonces, regresaba
al andén, donde su vida le dijo adiós aquel crudo invierno en que no era fácil
distinguir si aquellos sordos ruidos correspondían a los bombardeos de los
rebeldes o a lejanos truenos.
Sentada en el banco de
mampostería bajo el gran reloj encargado de denunciar día a día los retrasos
del tren, se aposentaba Vicenta con la mirada perdida a lo lejos sobre la vía
única que tan pomposamente inauguraron unos señores principales vestidos de
levita y chistera cuando contaba ella pocos años aún. Sobrecogida por la
cantidad de gente congregada medio escondida en el pañolón de su madre, observó
como una maquina estremecedora de vapor y furibundos resoplidos ganaba la
reluciente estación con la que habían querido beneficiar a su pueblo; eso
decían ellos. Se le hinchaba aún el pecho, orgullosa, viendo inmortalizado, en
azulejo de Talavera, el nombre de su pueblo: Castilblanco de los Donceles y se
quedaba las horas muertas, hipnotizada, deletreando las silabas mágicas que lo
eran aún más por estar tintadas de ese azul tan peculiar del pueblo toledano.
Después, la bestia de hierro y ruido engulló aquellos seres ennegrecidos de
paño de Tarrasa y seda oriental, alejándose en busca de quien sabe que otras
esforzadas maravillas.
Cada día, después del almuerzo,
emprendía el camino, trillado de años, hasta ganar el rudimentario andén y se
sentaba en el banco, también alicatado de los mismos azulejos que componían el
nombre del pueblo, observándose los pies, cada vez un poco más hinchados, pero
sin importarle, como tampoco le importaban las malas lenguas, que al principio
le imprecaban, tildándola de loca, porqué ya no vendría tren alguno, ni traería
ningún Miguel, por muy suyo que fuese y cuando se desengañaron de su fuerza de
voluntad y firme decisión de seguir acudiendo, que le llevaba con renovadas
esperanzas hasta la vía del tren cada día, descorriendo los visillos a
hurtadillas o meneando la cabeza en señal de desaprobación al verla pasar. Por
eso, con el paso de los meses y los años, llegó a no hablarse con nadie y poco
a poco fue convirtiéndose en un fantasma para todos en el que nadie reparaba
ya.
Una vez sentada sobre la frialdad
de la cerámica meditaba sobre el que habría sido de ella si su madre no le
hubiese dejado esa pequeña fortuna que le permitía al menos comer y mantener
viva la llama de la espera y al felicitarse de poder seguir allí sin haber
tenido que buscarse la vida alejándose de su meta de persistente espera, se
dejaba embargar por la somnolencia de satisfacción que le cerraba los ojos,
para dejar de escudriñar el horizonte donde los raíles se juntaban, esperando
ver el penacho blanco elevándose en el aire como un alegre algodón que
anunciaba que su Miguel estaba a punto de llegar. Soñaba en su debilidad
vespertina que con una sinfonía de vapores y chirridos llegaba la vieja
chocolatera con su Miguel a bordo saludándola de lejos con el sombrero agitado
al aire, la sonrisa, esa inimitable sonrisa suya de oreja a oreja y los ojos
empañados por la lagrimas de la emoción del reencuentro. Y al fin despertaba
sobresaltada e inquieta por si hubiese llegado el tren y ella no se hubiese
dado cuenta.
Al llegar, como cada día, a su
casa encontraba la mesa que ella misma dejó preparada con su mantel a cuadros
bien limpio, como toda la casa, y el plato de comida, ya frío, que como todos
los días también, dejaba preparado porque cuando su Miguel regresase; vendría
hambriento y querría cenar sin espera. Esta rutina diaria no le arrebataba la
ilusión del porvenir de las siguientes horas, ¿qué le pondría de comer mañana?,
lo que más le gustase, eso por descontado. Pero lo primero era tirar la comida
intacta y volver a guardar en la alacena la carta que llegó a la casa dos meses
después de irse él, para con el mayor esmero, volver a colocarla al lado de la
servilleta, que Miguel la viese y pudiera abrirla al fin, que debía ser una
carta importante, porque tuvo que poner la huella en un libro cuando se la
trajeron, ella no sabía escribir, ni leer, ¡para que!
Vicenta se levantaba temprano
para tener recogida la casa y en perfecto orden, que a su Miguel las cosas
fuera de sitio le enfurecían y no había porqué provocarlo, que si no ¿a que
quejarse si se llevaba un buen pescozón?, pero no, él era muy bueno y
trabajador, si no, de qué iba ella a echar la tarde en la vieja estación del
pueblo, que cada vez estaba mas vacía porque los jóvenes se iban a la ciudad
llevados por el mismo tren que se llevó a su Miguel.
No comprendía Vicenta el porqué
de un tiempo a esta parte nadie se ocupaba de adecentar la estación, ni de
limpiar de matojos las vías, ni de reparar los desconchones que los niños más
gamberros se dedicaban a provocar en los azulejos a base de chinazos de sus
tirachinas. Ya no se volvió a abrir la ventanilla por la que se vendían los
billetes, aunque era natural, hacía tiempo que no aparecía ningún convoy y eso
tenía que deberse a que si Miguel no aparecía nadie debería tener derecho a
aparecer.
Aquella tarde, como todas las
tardes desde hacía..., ni se acordaba ya cuantos meses, una corazonada la llevó
en volandas, con una sonrisa pintada en los labios, a recorrer los cuatro
kilómetros que le conducían al apeadero con una gozosa certeza. Esa sería la
tarde, esa si. Se lo decía una sensación en su pecho que la dejaba sin
resuello, como si se desfalleciese y al tiempo le imprimiese una nueva alegría
de vivir. Le hormigueaban las manos y parecía que tuviese alas en los pies.
Estaba segura que la vista era ahora más aguda y que divisaba más a lo lejos.
Llegando a la estación comprobó con tristeza que una mano criminal había
arrancado los cercos de las ventanas y de la puerta, que tanto tiempo llevaba
cerrada y para mayor dolor habían demolido su escabel, ese que fue testigo de
miles de esperas durante tantos años, pero no le importó. A pesar de la edad
estaba aún ágil y pudo dejarse caer con la espalda apoyada en la pared resbalando
hasta dar en el suelo y quedar allí en cuclillas. No importaba la postura, no
iba a permanecer mucho tiempo de esa manera porque ya escuchaba a lo lejos el
silbato de la maquina y el piafar abusivo del caballo de hierro. Aguzó el oído
mejor y comprobó que no se equivocaba. Efectivamente pitaba el tren. Al poco,
divisó la gran columna de humo que pugnaba por alcanzar la maquina que, terca,
conseguía siempre escapar de ella. La imagen cada vez era mayor y empezaban a
distinguirse detalles; los bronces reluciendo al sol de la tarde, la cabina del
maquinista con la cabeza del mismo asomando y haciendo sonar el silbato de
vapor y un poco más atrás un sombrero agitándose sin parar movido, incansable,
por un brazo inconfundible. Un poco más cerca y la sonrisa incomparable terminó
de disipar una pequeña duda si es que llegó a existir alguna vez.
Definitivamente era su Miguel. Las lagrimas, desde hacía lustros, empezaban a
hacer acto de presencia. Ella estaba segura, cuando todos la ponían de loca, no
se dejó amilanar y se mantuvo fiel a su amor y ahora veía la recompensa, ¡vaya
chasco se iban a llevar todos cuando la viesen aparecer del brazo de su
hombre!, les iba a mirar sobrada de orgullo sin decirles ni una palabra de
reproche, bastante tendrían todos al verle a él; se morirían de rabia y envidia
y ella ganaría diez kilos de satisfacción. El corazón se le iba a salir por la
boca de excitación, se veía ya en brazos de su hombre y no sabía si se
desmayaría, se echaría a llorar o saldría corriendo, cuando de golpe le inundó
una gran paz, se relajó al ver ya
nítidas las facciones de su Miguel y una sonrisa beatifica pintada en sus
resquebrajados labios agostados por la brisa helada del páramo se le instaló
para no abandonarlos jamás. Dos tímidas lágrimas asomaron a sus ojos y al
cerrar los párpados las dos perlas saladas le rodaron las mejillas y sintió
como el corazón se le paraba de la impresión que le producía la contemplación
de la persona tanto tiempo anhelada y esperada.
Los operarios de la contrata
encargada de la demolición de los antiguos apeaderos de la provincia se
llevaron el susto de su vida cuando al llegar de buena mañana para terminar el
trabajo iniciado el día anterior se encontraron un bulto de color pardo oscuro
con aspecto vagamente humano, encogido e inquietantemente inmóvil. Al apartarle
el pañuelo que le cubría la cabeza observaron la cara de un cadáver
extraordinariamente relajada y sonriente; podría haberse dicho que era la
muerta más feliz del mundo.
Cuando el juez entró en casa de
Vicenta a instancias de la policía, el plato de comida sobre la mesa de
inmaculado mantel de cuadros, hedía. Al abrir un sobre amarilleando de viejo y
manoseo, que reposaba paciente al lado del plato de podrida comida, pudo
comprobar que no era más que un frío comunicado del Ministerio de la Guerra de la 2ª Republica
en el que se informaba a Vicenta García Martín, que su compañero Miguel Vela
Guerra había caído victima de un mortero rebelde a los dos días de llegar al
frente. Estaba fechada un 13 de Febrero de 1937.
16.1.13

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