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viernes, 11 de enero de 2013

MEMORIA DOLOROSA

Memoria Dolorosa



El curso tocó a su fin y el verano con sus largos y tórridos  días envolvían nuestra existencia en una atmósfera pesada  y morosa. Los veranos en Madrid son de autentico infierno, menos mal que nosotros teníamos la piscina, obligadamente con forma de riñón, como la de todo nuevo rico que se preciase para aliviar los rigores caniculares. Yo a mis diez años estaba mas tiempo en remojo que  enjuto y mientras cada quien, iba a sus obligaciones yo dilapidaba mi tiempo bañándome en nuestra piscina o en la del vecino, el piscinero, con su color de piscina en turquesa y que tanto emocionaba a mi hermana Celia, aunque realmente, después pude comprobar, lo que realmente le emocionaba era José Mari el hermano pequeño de los vecinos, que se dedicaba, precisamente a montar filtros de piscina, los primeros que allá por los años cincuenta hacían cosas de estas que por aquellas fechas no eran muy comunes.
Hay que comprender que la casa en la que yo vivía era una de esas que hoy llaman la atención. El salón, inmenso, se comunicaba por unas puertas correderas acristaladas del tamaño de la pared entera con una amplísima terraza que se colgaba sobre la piscina a la que se bajaba por dos escaleras laterales al efecto. Entre ambas escaleras había un seto de aligustre que hacia las veces de barandal y delante de éste un balancín de tamaño natural, tapizado, nunca lo olvidare, en lona color calabaza. Daban sombra a aquella inmensa terraza dos soberbios castaños de indias que en otoño se ocupaban de poner perdido de hojas todo el jardín. En una de las esquinas de aquel terrado una fuentecilla baja se ocupaba de ofrecer su cantinela cristalina para añadir sensación de frescor a la que ya daban de por si los árboles. En el estanque que formaba la fuentecilla llevaban su aburrida existencia unos pececillos de colores en lo que era la expresión más cutre de todas las que el dinero era capaz de dar. El colmo del esnobismo más rabioso. No faltaba, claro es, la rocalla con verbena enmarcando el estanquecito. Primoroso.
Tarde tórrida de julio o quizás agosto. Los poros se abren para permitir al sudor aflorar a la piel para refrescarla. Calor aplastante que impide moverse, ralentiza los gestos y relaja la voluntad. Canícula inmisericorde que evapora las hormonas en un cuerpo en ebullición y cuyas burbujas estallan en forma de erección pujante e inquisitiva que clama por satisfacer los impulsos de la madre naturaleza. Lastima de ausencia de imperativos morales no desarrollados o quien sabe, si no asumidos a conciencia, para dar satisfacción egoísta a los instintos, ¡que mas da! Estaba a punto de subirse el telón de una tragicomedia que aún hoy día no ha puesto el punto y final y no lo pondrá hasta que el telón de mi vida caiga definitivamente y se acabe la función. Dos niños, uno, yo, de unos diez años, en Meyba que no me quitaba en todo el verano, otra, mi hermana, Eugenia, de entorno a los cinco, con vestidito fresquito y las braguitas como única indumentaria. La temperatura, impía, lujuriosa, voluptuosa, lasciva se enroscó en mi cuerpo haciendo surgir de inmediato un deseo irrefrenable, pero no creo que únicamente lascivo. Una buena oportunidad, que duda cabía, para probar aquello de Juanita, que escuché a los mayores del colegio, ¿por qué no? Si a aquellos gamberros, a mi me lo parecían, les resultaba tan gozoso y tan divertido ¿porque no a mi? Sinceramente, siempre pensé que aquello que me proponía, estando relacionado con las partes pudendas no estaba bien, y mas sabiendo de las negativas de mi prima a cualquier trasteo por esos andurriales, pero la maravillosa sensación de abundantísimas mariposas en el estomago pesaba mas en mi decisión que cualquier consideración mas o menos sospechada de punibilidad. Además, ¿quién se iba a enterar? Lo que no tenía muy claro era cómo, por donde habría yo de calzar aquella tirantez tan admirable y deleitosa para dar culminación a aquella determinación que era dueña de mi voluntad. Decían que por donde se meaba y lo cierto es que habría de estar mas o menos a la altura de mi infantil erección, o mas bien al grosor, que a esa edad, sin haber desarrollado todavía, no era para tirar cohetes.
Al otro extremo de la piscina y medianero con el frontón, de tamaño regular, hasta el “10” llegaba, que mi padre se construyó para su solaz deportivo, se erigían los vestuarios, mas propios de un club deportivo que de una casa de familia; hay que recordar que éramos ricos y nobleza obliga, además mi madre no quería a nadie entrando y saliendo de casa para cambiarse después de bañarse o jugar un partidito de frontón y menos aún andar pidiendo toallas de baño, con lo que hubiese en los vestuarios habrían de apañarse los invitados. De manera que mi padre, desmesurado y sobrado de soberbia por su magnifica situación financiera no resistió la tentación y edificó unas dependencias con todos los servicios propios de estas instalaciones. Estaban rematados, estos vestuarios, por una pérgola que daba sombra a expensas de una preciosa glicinia que el ingeniero agrónomo que diseñó el jardín se le antojó plantar. Cada vez se hacia mas desasosegante la tirantez de mi entrepierna y mas deseable aquélla niña, no porque fuese ella precisamente, con toda seguridad si hubiese sido un niño hubiera reaccionado igual, era un cuerpo caliente, brillante de perlas de sudor y deseable, sin saber bien para qué pero seguro que útil a mis urgencias. He de puntualizar que yo aún no me masturbaba y no sabía que eso se hiciese. Las erecciones que sufría se resolvían por si solas al no saber como darles justo fin.
De la mano de mi hermana por el camino de grandes planchas de granito sin pulir con césped sembrado entre ellas me llevé a la niña, dócil, con el pretexto de enseñarle algo. Ella iba confiada de mi mano sin oponer ninguna resistencia, ¿por qué iba oponerse? Entramos en aquella estancia umbrosa de estrechos y elevados ventanales  con su suelo cubierto de tarimas de enrejado de madera para evitar los resbalones de los deportistas recién duchados, y bancos iguales cercando las paredes. De las múltiples perchas colgaban aún las toallas del baño del mediodía que el servicio no había retirado. Me quité el bañador y la erección surgía de una piel lampiña haciendo visera a unas minúsculas bolsas. La niña se quedó sorprendida de ver aquello tan ridículamente raro pero no dijo ni hizo nada, es mas creo que lo ignoró. Le baje sus bragas; prácticamente era igual que yo salvo que no sobresalía nada de la misma piel calva, únicamente una minúscula hendidura se perdía entre sus piernecitas. Estaba quieta sin abrir la boca y yo tenía, debía hacer algo. Lógicamente aquella pequeña grieta era la solución a mis apremios, por ahí se meaba, ¿no?, pues por ahí debía ser. Ella notablemente mas baja que yo, me obligó a doblar las piernas para poder apuntar con mi verguita a su sexo infantil. Y apreté. Y se quejo ruidosamente. Volví a intentarlo y se volvió a quejar, esta vez con llanto, no creo que por el dolor sino porque yo intentase salirme con la mía pasando por encima de su negativa. Una amenaza velada y proferida sin mucha convicción con su media lengua, una subida de bragas y puesta de bañador y a la calle a olvidarlo todo cuanto antes, aquello no era viable, debía ser de otra manera, reuniría más datos y lo intentaría en otra ocasión. Algún detalle se me habría tenido que escapar para que todo parase en aquel fiasco. Una frustración en suma.
Salíamos por la puerta cuando una madre alarmada y escamada se plantó en el umbral impidiéndonos la salida. ¿Pero que hacía mi madre allí?, ¿qué mala conciencia animaba a mi madre buscando algo pecaminoso en la relación entre dos niños estrictamente hablando? ¿Qué maldad era esa de preguntar que qué hacíamos allí solos? La pregunta estaba de más, no se porqué tuvo que plantearla si ella ya sabía la respuesta. De nada sirvieron las magnificas amenazas a mi hermana de que mantuviese la boca cerrada, a la primera pregunta, la niña, con todo el candor que solo dan los cuatro años, dijo crudamente, cruelmente, sencillamente que yo se la había intentado colar por ahí abajo.
Y comenzó el fin del mundo, el principio de mi abismo.
Creo que todos hemos leído, o visto en alguna peli o algún documental que cuando se está preparando una catástrofe de magnas proporciones, se ve precedida por un silencio aterrador, una calma sospechosa, una paz como de tumba que al poco avisado le hace creer erróneamente que no ha pasado nada y que lo que intuía como una deflagración de proporciones apocalípticas no es mas que una falsa alarma propia de un estado paranoico fruto de los temores mas primarios. Y cuanto más pertinaz es ese silencio, esa calma, mayor es la calamidad. Así me ocurrió a mí.
No entendía yo la desproporción entre los alaridos de mi madre y lo que allí dentro del vestuario se había cocido. ¡Joder, no era para tanto!, pero mi madre no paraba de vociferar aquello que tengo grabado a fuego en mi memoria y juro por lo mas sagrado, que sigo, a día de hoy sin entenderlo.
-         ¡Mi niña, pobrecita, con lo que duele, con lo que duele!
Hoy comprendo que o mi padre era un violador matrimonial o que mi madre nunca disfrutó del sexo, porque lo audible de sus bramidos era lo del dolor.
Repetido una y otra y otra vez, armando un gran revuelo y consternación.
No se me puso una mano encima, nadie me dijo ni esta boca es mía. Se me confinó en mi habitación sin salir y allí me quedé. Solo, con un regusto amargo en la boca y sensación vertiginosa en la boca del estomago esperaba una buena tunda de un momento a otro, porque aunque a mi me pareciese que  no era para tanto, las proporciones de la respuesta de mi madre hacía esperar lo peor de lo peor. Nada, nadie, silencio de cementerio. Y sin saber que hacer allí metido. Me dormí. A la hora de cenar se me llamó, baje al comedor, cené y me volvieron a enviar a mi celda, porque así es como yo lo vivía. Mi padre no estaba y mi madre no cenó. Aquello era raro, pero desde el incidente nada era normal, se masticaba un silencio espeso. Ninguno de mis hermanos pululaba por allí, lo que hacia la situación aún mas extravagante.
Amaneció el día siguiente y como todos los días me dirigí a la piscina a darme el primer baño. Me sequé y fui a la cocina, donde Beni, la buena Beni, una asturiana extremadamente delgada que era interna en casa, preparaba el Cola-Cao. Me volví a la piscina con la extraña sensación de que algo fuera de lo común acontecía en mi casa. Todo el mundo callado y serio como si hubiese muerto alguien. No comprendo, como no sea en las coordenadas de mi inocencia, como no salí corriendo barruntándome la tormenta que iba a descargar directamente sobre mi cabeza. Desde el día anterior no veía a mi padre; era comprensible, yo había preparado una buena y hasta que no se le pasase no me dirigiría la palabra, era lo común. Lo que si era fuera de lo común es que mi padre llegase a casa tan pronto. Calculo que serían sobre las once o las doce de la mañana cuando escuche entrar el Renault Gordini en el garaje de casa y mi madre con toda la autoridad de que era capaz me mando escaleras arriba a mi dormitorio. Ya está, me dije, mi padre me castigó a mi cuarto y no consentiría que estuviese fuera de él cuando entrase. Y ese iba a ser el castigo; estaba por dilucidar el tiempo que esto iba a transcurrir de esta manera. No creía que todo el verano, eso si que sería excesivo.
La escalera de mi casa, de esas modernas colgadas del aire, era de un solo tramo, desembarcaba en un distribuidor en cuya pared de enfrente mismo estaba mi dormitorio. Espié como mi padre subía al suyo y se cambiaba de ropa de casa para volver a bajar. Pasaron unos minutos. Por la puerta entreabierta observé como volvía a subir, lentamente, resuelto, ataviado con su pantalón corto de dril azul y su camisa polo de punto finito, muy fresquito todo. Sus delgadas y nervudas piernas rematadas por unas “Wambas” azul marino igualmente. Agarraba fuertemente en su mano derecha un azote.
El jardín de mi casa era, como he dicho, grande, no existían aún los riegos automáticos y se regaba con mangueras de caucho negras, listradas de marca “Pirelli”, que si se dejaban a la intemperie en invierno se cuarteaban, tal era su falta de elasticidad. Tenían alma de cuerda para no resquebrajarse y eran  duras, muy duras y resistentes, pero se les podía dar más entereza aún si se les embutía dentro una manguera de las que se usan para el butano.
Ese era el azote de más o menos medio metro. Fue verlo y saber lo que me esperaba. Mi madre, sí, en alguna ocasión me tentó el culo con unos azotazos, dados con la palma de la mano, ni tan siquiera con la zapatilla como me decían alguno de los compañeros del colegio, por esto o aquello, pero mi padre jamás me había tocado. Aquello que se me venía encima no era nada tranquilizador. Sentí cómo el bañador se calentaba y mojaba, pegándose a la piel por efecto de la orina que se me escapaba del cuerpo. El pavor me hacía acelerar la respiración y los ralos vellos de mi cuerpo se erizaban. Comencé a temblar como una hoja mecida por el viento de otoño. Allí, en el umbral de mi dormitorio, paralizado por el terror, con la orina resbalándome por las piernas formando un charco a mis pies y aterido de adrenalina me encontró mi padre. Me agarró con violencia difícilmente contenida del brazo izquierdo y me metió dentro mientras que con su pierna, de una patada, cerraba la puerta. No conocía ese rasgo violento de mi padre y no se lo he vuelto a conocer jamás, era mucho el veneno que le corría por sus venas. De un manotazo cerró la ventana y bajo la persiana con un sonido de carraca que revelaba urgencia por empezar la función. Aquel sonido, aquel portazo tremendo, que debió retumbar en toda la casa, fue la subida del telón del drama del que yo iba a ser protagonista a mi pesar. Comencé a marearme otra vez seguramente por efecto de la alerta hormonal ante el inminente peligro. Las nauseas amenazaron con convertirse en vomito lo que no llegó a suceder porque siempre he sido duro para esos menesteres.
No tengo ni idea de como comenzó a machacarme ni del tiempo que duró la tortura, mi padre golpeaba por todo el cuerpo, menos en la cabeza; lo se, porque fue el único lugar del cuerpo que estaba sin señales. A cada nuevo golpe, me llamaba cabrón y me preguntaba que qué había hecho, que así aprendería y vuelta a llamarme cabrón. Aquello de llamarme cabrón me parecía extremo, el colmo del insulto, yo era un niño, era casi peor que los palos que recibía. El castigo duraba ya mas de la cuenta, un solo vergajazo de aquellos, dispensado con aquella inquina, era ya mas de la cuenta y yo solo acertaba a decir que ya, que iba a ser bueno, que ya, por favor y en ese plan me volví a mear otra vez, pero esta vez me cagué también. Pero al parecer no fue suficiente para él aquella demostración de terror y desamparo. No fue suficiente señal para disparar la piedad en su corazón. ¿Sabría de qué se trataba?
 No dejaba de pedir perdón y prometer que iba a ser bueno, intentando esquivar a duras penas el horror que aquel hombretón de 39 años, cobardemente, me procuraba. Aquel crucifijo en la cabecera de la cama, no movió un dedo, el magnifico crucifijo románico primorosamente policromado, magnifica copia, colocada allí por un decorador de moda en aquellos tiempos en Madrid y equivoco, permanecía hierático ante la flagrante injusticia que se estaba perpetrando, al menos ante la desproporción de la pena. No puedo continuar porque no recuerdo mas, supongo que  me moriría para resucitar después y poder seguir purgando a conciencia el tremendo pecado cometido. Y desearía no poder recordar nada. Lo siguiente que recuerdo es a Beni subiéndome comida a la habitación y dándomela, porque yo no me podía mover. No se si  me metí en la cama o me metieron, debí perder el conocimiento en realidad y cuando desperté no sabía porque estaba en la cama, ni que hora era. De noche, porque no se filtraba luz por la persiana, pero nunca sabré si de aquel mismo día o del siguiente. Intente levantarme, de eso si me acuerdo, y no pude moverme. Alguien debió lavarme y ponerme un pijama. Tampoco se el tiempo que transcurrí en esta situación. Hoy ya sé que lo que me pasaba era que estaba en amnesia, lo que le ocurre a cualquiera que después de sufrir un trauma insoportable, ya sea psíquico o físico, o los dos, como me pasó a mi, se evade de manera inconsciente, borrando lo sufrido del registro de lo experimentado por serle insoportable y no entendible lo vivido. Pero queda registro, solo hay que saber encontrarlo entre la hojarasca de las penas acuciantes, sangrantes y arrancarlo como una mala espina, que nunca sabremos como encajar en nuestra historia; pero es conveniente buscar esas puyas, aventarlas, denunciarlas, para perderles el miedo, para inactivarlas, para olvidarlas, aunque no se consiga, solo la lucha, ya libera y ennoblece. No fueron horas, ni un solo día, lo que permanecí invalido, eso es seguro, probablemente algo menos de una semana, pero sin determinar si tres, cuatro o siete días, no lo sé, solo sé que fue un infierno en que el tiempo pasaba, dormido, incapaz de pensar, de decidir, porque no recuerdo nada. Nadie, absolutamente nadie, subió a verme, solamente Beni, la buena de Beni me llevaba comida y me daba algo de calor humano preguntándome muy bajito, el porqué había tenido que hacer yo eso, sin violencia, sin reproche, con disculpa, función de madre vicariada. Yo no respondía, no iba a responder a lo que no sabía, e inundaba de lagrimas mis ojos no se si de arrepentimiento o de pena porque acababa de constatar que en aquella casa no era muy bien recibido, nadie me quería, solo la muchacha. Me tendría que marchar, pero ¿dónde?, ¿como me ganaría la vida? Era muy pequeño, joder, era muy pequeño y había recibido penitencia de hombre. Ahora ya se que el tiempo que permanecí dolorido y postrado no ha terminado aún. Una cosa así, finalmente, se acaba por comprender que no acaba nunca.
¿Dónde estabas, mama?, ¿porque no me defendiste?, dos o tres vergajazos, vale, ¿pero aquello? Quiero creer que tu, mientras tanto, llorabas en un rincón pensando en que al final solo encontrarías un cuerpo desmadejado y muerto, pero me resulta difícil, no, imposible, el creerlo cuando al quedarme ya solo, roto e inconsciente ni siquiera subiste a ver el resultado de tus voces de  plañidera de tragedia griega. Mas fácil me es imaginarte, histérica perdida, dando la vara, terca como una mula, machacando a tu marido diciéndole que lo que necesitaba era una buena lección, y lo fue, ¡vaya que si lo fue! Con que desde abajo hubieses dicho con ese tono firme y amenazante tuyo “basta ya”, me habría sentido confortado, aunque hubiese seguido el enloquecido aquel todo el día apaleándome, pero no, de tu boca no salió nada, por lo que supongo que a cada nuevo golpe tu apostillabas eso que tantas veces te he escuchado, “para que aprendas, te está muy bien empleado”. Y no puedo dejar de preguntarte, ¿dónde estabas?, ¿tan malo era yo, como para eso? ¡Eran nueve años, coño, madre, solo nueve! Comprendo que los tiempos eran otros pero reconoce que los sentimientos de una madre siguen siendo los mismos, ¿por qué esa crueldad? ¿Fui realmente yo tan cruel con mi hermana?, ¿me lo merecía?, sinceramente, mama, ¿me lo merecía? ¿Disfrutaste?, ¿es posible que la degeneración general te hiciese llegar a eso? A día de hoy sigo sin entenderlo, y lo que es peor, te morirás y no me lo podrás aclarar nunca, a lo peor porque no tiene aclaración posible.
Y tu papa, ¿mereces, merezco, llamarte así?, ¿que sentías?, ¿no te dolía cada golpe que asestabas?, ¿tan despreciable me considerabas? Debías saberte el brazo ejecutor de la justicia divina al menos y te sentías obligado a aplicarla en todo su rigor. ¿De verdad te creíste que de esa forma ibas a reconducir mi vida, por supuesto, a la avanzada edad de nueve años, ya echada a perder? ¿No tuviste ni un mínimo escrúpulo? ¿No te dio vergüenza abusar de esa mala manera? Podría haber llegado a entender, mas tarde, mas mayor, que en el acaloramiento del momento te hubiese cegado la ira de padre sorprendido, zaherido, al ver a su niña pequeña intentada violar, ¿violar?, hasta eso admito, que te creyeses que yo quería violarla, y hubieses querido matarme, pero ¡esa frialdad!, ese dejar pasar casi veinticuatro horas me suena hoy a degustación del frío plato de la venganza, porque ¿fue una venganza, no es cierto? Me habría gustado contemplar tú decidida bajada de escalera, triunfante, orgulloso del trabajo bien hecho, padre responsable impartiendo justicia en el seno de su perfecta familia, comunicándole a tu mujer que ya estaba todo arreglado; tu sabías como reconducir las situaciones. Deberían haberlo publicado en el “Arriba” como ejemplo de los valores nacional-sindicalistas. ¿Sabes papa?, a veces me he llegado a preguntar si todo lo que fue mi vida a partir de ese instante no hunde sus raíces en aquellos espantosos minutos, si todo lo que hice no tenía la sagrada intención de humillarte, de avergonzarte, de verte derrotado. Mi alma inocente de niño clamaba venganza primitiva desde la incomprensión de aquella hecatombe. La violencia, papa, me enseñaste muy didácticamente, que solo puede generar más violencia y me asustó y aún hoy me asusta. Te agradezco al menos el haber podido recoger esa enseñanza, que la violencia, aplicada, por quien la aplique ni tiene justificación, ni más finalidad que alimentar la ausencia de raciocinio. ¡Y tenías el mismo cociente intelectual de Mozart!, de que poco te sirvió. La sangría de mi alma, que aún no ha cesado, cuarenta años después, ha mantenido viva la memoria del dolor injusto no para permitirme tomar revancha, que no la quiero, ha sido para recordarme que se puede, que se debe seguir adelante aún en las circunstancias mas adversas creyendo incluso que se fracasa. Y fracasando y todo, el triunfo está en continuar a pesar del dolor y el desengaño. Eso es la hombría, papa, eso es la hombría, no empuñar un arma contra un indefenso inocente.
Y a pesar de los pesares yo seguí queriendo a mi madre, nunca la culpé por aquello, me culpe yo, que había sido el causante del desavío. A mi padre, no se, no se si volví a quererle en algún momento. Lo que si llegué, fue a perderle todo respeto, le temía, nada mas. Si puedo decir que cuando, ya enterrado, me enteré de su muerte, nadie me avisó por otra parte, ni sentí, ni padecí, lamenté su muerte, como la de cualquiera, como una convención, pero me dejó frío, me disgustó no sentir nada, eché en falta la ausencia del calor de padre que se ha ido, pero no conseguí derramar ni una lagrima. Tampoco me alegré.

11.1.13

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