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miércoles, 27 de febrero de 2013

LA VENTANA DEL HOSPITAL

La Ventana del Hospital




Poco a poco fue abriendo los ojos, pudiendo comprobar, que aunque no tenía idea de donde se encontraba, el sitio no era del todo desagradable. No sabía la razón, pero no se podía mover, aunque por otro lado, tampoco tenía muchas ganas de cambiar de postura, nada le molestaba; tan no le molestaba, que no se sentía nada.
Le llamó la atención la brillante, densa, espesa luz que le golpeaba y le obligaba a entrecerrar los ojos. Le molestaba en la cara y a un tiempo le producía alegría, optimismo, ese derroche de claridad luminosa y saltarina que le calentaba las mejillas. Se le antojó en ese momento que la temperatura de su cara era sofocante y decidió bajar la persiana de aquella ventana por la que se colaba sol y rumor del exterior en forma de voces y murmullo de tráfico. La orden salió de su cerebro, presta y confiada en busca de sus piernas, de sus brazos, de su cuerpo que sordos a sus voces de orden se negaron a moverse. Cuando él se hacia ya de pie cerca de la ventana, aún permanecía como una estatua de alabastro anclada a la cama. Una desagradable sensación de vértigo le partió de algún sitio que fue incapaz de determinar y rindió viaje en su cabeza donde le provocó una reacción de terror como la que provocaba Pan al tocar su siringa para atemorizar a los invasores del bosque. Intentó no perder los nervios. Se serenó a duras penas, bregando con la impaciencia. Se negó a admitir lo que su raciocinio ya le susurraba al oído del alma. Volvió a intentarlo. Nada. El quería, el mandaba, pero era como un general sin ejercito; conocía perfectamente cual era la estrategia, que táctica había que llevar a practica para llegar a conseguir su fin, pero no había tropa para ponerlo en practica..., o la tropa había fenecido en anterior combate. También podría suceder que el general hubiese quedado mudo y fuera incapaz de trasmitir ninguna orden; desazonador, desesperanzador, aterrador. Rápidamente tomó conciencia de lo que estaba pasando y porqué estaba pasando. Ahogó un quejido.
Efectivamente, aquella habitación tan despejada, tan blanca, tan devastadamente vacía, tan inhóspitamente acogedora, solo podía ser la habitación de un hospital y él era protagonista pasivo de ese cuadro. Tuvo que recapitular. ¿Por qué? ¿Cómo había llegado hasta esa situación? No recordaba nada más que vaguedades, fugaces trazos de luz en la oscuridad de una conciencia embotada. Hizo un esfuerzo, pero no rescataba de su memoria más que fotogramas amontonados sin orden a los que era incapaz de dar coherente interpretación. Quizá estuviese sometido a algún tipo de tratamiento que le mantenía inmóvil o estaba dormido y creía que había despertado. Decidió demorar ulteriores decisiones sobre su estado hasta que no pasase algo más de tiempo y llegase alguien que pudiera ayudarle a aclarar la situación. Volvió la cabeza y alcanzó a ver como un macarrón de plástico se perdía en su brazo, pero no le molestaba, no lo sentía. El susto volvió a hundir sus garras en él y lagrimas se le asomaron a los ojos a ver que estaba pasando.
Volviendo la cara a la ventana, como intentando escapar de aquella situación que por momentos se volvía mas violenta para él, reparó en la copa del árbol que ornaba el lienzo de cielo enmarcado por la ventana que se veía desde su cama. No habría sabido que clase, de que especie arbórea se trataba. Su madre, de estar allí, ¿por qué no estaba su madre allí?, le habría sacado de dudas, sabía de plantas más que nadie. Pero daba igual, aquellas hojas, de irreal verde intenso, brillante, de textura recia, tan abundantes eran, que ocultaban los troncos de las ramas que las sostenían, hacían que se disparase la fantasía de que las hojas levitaban y se mantenían juntas como una bandada de estorninos que detuviesen su vuelo para entretenerle a él. Un suave viento, brisa primaveral, las agitaba, terminando de componer la quimera de que cada hoja era un pajarillo. Escuchaba retazos de conversaciones de gente apresurada que pasaban debajo de la ventana y algunas frases enteras de quienes buscando refugio cabe la sombra del árbol, de su árbol, reposaban haciendo un alto en su camino. Frases de amor, frases de desengaño, frases de esperanza, miserables o de reproche.
Un gorrión, el golfo de los pájaros, fue a posarse en una supuesta rama, de las mas cercanas a su ventana. Parecía que miraba hacia dentro del cuarto. Se quedó allí quieto durante unos interminables segundos mirando a los ojos de Javier. Nunca habría imaginado que una ser tan menudo pudiera tener una mirada tan inteligente. Parecía que quería trasmitirle algo; esperanza, alegría, futuro, determinación.
El gorrión sin mas preámbulos dio un salto y se plantó en el alfeizar de la ventana comenzando a piar, alegre y optimista. A saltitos fue recorriendo todo el vierteaguas hasta quedar lo mas cerca de la cama que se podía.
Javier estaba hipnotizado por aquel comportamiento. Se le había olvidado que había intentado, por dos veces, moverse y no lo había conseguido, lo que estuvo a punto de sumirle en la histeria, y sin embargo ahora, contemplando el pajarillo se sentía alegre.
De repente, aquel ser libre y despreocupado, se irguió sobre sus patas, estiró su cuellecillo mirando a todos los lados y antes de que Javier pudiese imaginar que es lo que pudiera ir a pasar, el gorrión dio un salto y en un cortísimo vuelo fue a aterrizar en los pies de la cama fascinando aquel cuerpo muerto, desfallecido, que presidía una cabeza con todas las ganas de vivir intactas.
Javier estaba hipnotizado. Nadie se lo iba a creer, porque era increíble. El gorrión comenzó a dar saltitos por encima de la colcha bajo la que se encontraba el cuerpo muerto. A cada pocos saltos, se detenía, miraba, insolente, a todos los lados y continuaba en su trayecto que culminó en el mismo embozo, blanquísimo, de la cama, cerca, cerca de la cara del encamado. Pero si lo que estaba sucediendo le parecía extraordinario a Javier lo mas fuerte estaba por llegar. El muchacho comenzó a inquietarse temiendo, que igual que aquel descarado pajarillo se había plantado en su embozo podía en cualquier momento lanzarse a su cara a picotearle y ¡no tenía defensa!. Por más que intentaba mover una de las manos, un dedo siquiera, estaba incapacitado. A punto de perder los nervios del todo surgió lo impensable.
-          Tranquilízate Javi, que no te voy a comer, ¿no ves lo chico que soy? Solo he venido a ver como estabas. Me ha costado encontrarte, pero ya veo que estas descansando. ¡Ah!, ya veo que no me conoces. Soy tu gorrión de la guarda.
Javier no daba crédito a lo que estaba pasando. ¡Caramba!, los gorriones no hablan y menos guardan a nadie. ¡Ya estaba!, estaba dormido y estaba teniendo un mal sueño, de ahí ese sentirse inmóvil, paralítico, solo la palabra le producía escalofríos. El hecho de que ahora el pajarillo aquel perorase, tan suelto de pluma, corroboraba su sospecha.
-          ¿Qué es eso de gorrión de la guarda? ¿Tú no sabes que lo que suele guardar en estos lares es un ángel? Y además eso es una antigualla. No pienso hacerte caso, porque esto no es más que un mal sueño, así que desaparece ya porque no te creo.
El gorrión se quedó con el pico abierto. Entorno sus ojillos y meneó la cabeza de lado a lado, dejo caer sus alas desfallecidas a ambos lados del cuerpecito y suspiro aburridamente.
-          Ya veo, ya veo. Otro que no me cree. ¿Qué he de hacer para que me creas?
Se quedo pensativo y comenzó a saltar de izquierda a derecha de la cama. De repente se detuvo y de un corto vuelo se volvió a colocar frente a frente a Javier.
-          Vamos ver, listillo. ¿A que no sabes que es lo que haces aquí y porqué por mas que lo intentas no consigues mover ni un dedo chico?
-          Si lo sé. Esto es un sueño, mas bien una pesadilla. De un momento a otro mi madre me despertará para ir al Instituto y ahí habrá acabado todo.
-          ¿Tu tienes moto, verdad?, ah, ah, no me contestes todavía, déjame terminar. ¿Y tienes un casco precioso, a que sí? De los caros. Y también es verdad que no te lo pones porque, o bien es que se ríen de ti, o, “total voy dos calles mas allá”, o peor..., “a que no tienes narices de no ponértelo”. Tu amiguita Elena, ¿no es verdad que se lo dejas a ella cuando la llevas de paquete?, gesto que te honra por otra parte pero que te lleva precisamente donde ahora te encuentras.
De repente, como si un espíritu organizador se hubiese puesto a trabajar a destajo, los fotogramas descabalados que se le amontonaban en la memoria se colocaron prodigiosamente coherentes y le contaron en una décima de segundo la razón de su presencia en aquella habitación:
“Yo te llevo Elena, no es mas que un trecho corto pero amenaza lluvia, venga, con mi moto es cuestión de segundos pero, toma, ponte el casco. A mi no me hace falta, yo controlo, además ya te he dicho que no tardamos nada. ¿El trafico?, con la moto no hay atascos que valgan”.
A continuación todos los fotogramas estaban en negro hasta que se iluminaban unos que le hacían a el en aquella habitación.
-          ¿Ya vas recordando, verdad?. ¿Hasta donde llegas, antes o después del semáforo que se te abrió en verde para que pudieras pasar? ¿Recuerdas el “¡cuidado!” de Elena?
Javier empezó a tener miedo de verdad. Ahora que se lo recordaba el absurdo gorrión parlante, si, aquel “cuidado” fue un grito lleno de terror y angustia de Elena y luego aquella mancha roja que se le echó encima a gran velocidad. Luego negro, todo negro, nada.
-          No te apures hombre, a Elena no le ha pasado nada de nada. El casco le ha salvado la vida. Si tu lo hubieses llevado..., quizá ahora no estuviese yo aquí interesándome por ti, pero como soy tu gorrión de la guarda...
-          Bueno, hombre, o gorrión, ya vale, con la bromita. Si tanto sabes me podrás decir que es lo que me pasa a mi. ¿Por qué no me puedo mover?
-          Allí mismo un señor muy listo, vestido de azul, que llegó en una furgoneta pintarrajeada de luces y colores y haciendo mucho ruido y con malos modos, que todo hay que decirlo, se puso a decir que tu ya estabas listo, que si paralítico para siempre y eso con suerte y la pobre Elena que lo escuchó no veas el disgusto que se llevó. Todos se creen que te has roto el cuello. Pero no. Te lo digo yo. Se te ha asustado la medula para que te asustes tú a ver si la vez siguiente te pones el casco. Si, estas paralizado de cuello para abajo pero en cuanto el medicamento ese que te están metiendo por el brazo haga de las suyas podrás empezarte a mover, no va a ser fácil, pero en quince días como nuevo. Te lo digo yo que como gorrión de la guarda me encargué que el cuello no se llegase a romper. La moto, eso si, para el arrastre, no tiene solución, pero bueno cuando recuperes tus piernas te va a dar tanta alegría que no querrás ir ningún sitio si no es andando. Ahora me tengo que ir porque tus padres están a punto de llegar y no estaría bien que me viesen aquí. A un colega mío que se retrasó un poco le echaron una sabana por encima y le cogieron y si no llega a ser por uno de nuestros guardianes honorarios, un celador, allí le cantan el gorigori. Ahora descansa tranquilo y no te preocupes de nada más. Eres un buen chaval pero el casco, ¡ay el casco!, bueno ya está todo terminado.
Javier vio como el gorrión de un certero salto echaba a volar y salía por la ventana sin detenerse siquiera en la rama del árbol. De repente se dio cuenta que no le había preguntado el nombre.
-          ¡Eh, eh!, ¿como te llamas?, no me has dicho como te llamas.
-          Ya hijo, ya. Estoy aquí, mama está aquí.
La madre de Javier entraba en la habitación acompañada del padre y el médico encargado de su caso. Al escuchar a su hijo preguntar por su nombre se alarmó sobremanera y se abalanzó a consolarle mientras le revestía de besos empapados de lagrimas.
-          No se inquiete señora eso es normal, esta muy agitado, el traumatismo cerrado ha sido brutal. Hasta que no pasen unos días no sabremos las secuelas reales aunque no quiero darles esperanzas. De momento está tetrapléjico y esa situación será difícilmente solventable. Una fractura de cuello con la lesión medular que eso conlleva hoy por hoy...
-          Pero es que es muy joven, son quince años solo. Mi niño no puede quedarse paralitico, no puede. Hagan algo, la medicina está muy avanzada, díganme cuanto cuesta, lo que sea, donde hay que llevarle...
-          No señora, tranquilícese. Vamos a dejar descansar a su hijo, vamos a mi despacho, allí hablaremos.
-          ¡Mama!, espera. No te vayas. Papa, ven tengo que deciros algo.
Rápidamente el medico de acercó a controlar las constantes del enfermo y a tranquilizarle.
-          Descansa Javier, todo está controlado, no pasa nada.
-          Si que pasa. Pero no es lo que usted se cree. Déjeme que hable con mis padres, a solas por favor.
El medico respetó la decisión del paciente. Miró de forma conmiserativa a los destrozados padres y haciendo un gesto de impotencia salió de la habitación.
-          Solo quiero que mientras os digo lo que tengo que deciros no me interrumpáis ni me toméis por loco. Como yo lo he vivido así os lo voy a contar y como yo me le he creído así lo habéis de creer vosotros. Y aunque no me creáis respetar mi visión. Si no es cierta, al menos los próximos quince días podré vivir sujeto a una esperanza, la que luego no volveré a tener si estoy equivocado.
Javier contó punto por punto todo lo que le había dicho su gorrión, sin ahorrarse ni una coma y aunque por las expresiones de las caras de sus padres comprendía que le escuchaban por deferencia el quiso continuar hasta el final.
Cuando hubo terminado ni su padre ni su madre podían contener el torrente de amargura que se desbordaba por sus ojos. En ese momento, tan agitado como los papeles que traía el medico en la mano entraba bruscamente en la habitación visiblemente emocionado.
-          ¡Que no, que no! No señores, no era eso. No saben lo que me alegro. Estaba equivocado, estábamos equivocados todos. Se va a recuperar, no se cuantos días tardará en empezar a verse la mejoría pero se va a recuperar.
La madre de Javier, ya mas serena y aún con lagrimas en los ojos, le contestó.
-          Ya, ya lo sabemos, unos quince días, que a él se lo ha dicho su gorrión de la guarda.
-          ¿Cómo dice señora?, ¿que dice de un gorrión de qué? Llamaré al psicólogo del centro, ahora que parece que esto se encarrila no quisiera que esto se me fuese de las manos otra vez.
El padre de Javier secándose sus glaucos ojos de las postreras lágrimas, de alegría que endulzaron las últimas de amargor, terció en la conversación.
-          No hace falta ningún psicólogo, créame, son cosas del acervo propio de las relaciones materno filiales. No es más que una forma de hablar. Estamos muy agradecidos a todos ustedes por sus desvelos, ahora, déjenos solos para poder disfrutar de la buena noticia en familia.
El medico salió de la habitación confundido por la falta de respuesta ante la magna noticia que él creía honradamente que iba a dar. Tan de perplejidad se le quedó la cara al medico que una enfermera que pasaba por allí tuvo que preguntarle.
-          ¿Le ocurre algo doctor?
-          Pues no sabría que decirle si me han agradecido o me han reprochado que les dijese que su hijo no se iba a quedar tetrapléjico. La gente es cada vez más rara.
Al cabo de un buen rato los padres de Javier fueron reclamados a administración para papeleos y el padre fue a solventarlos mientras la madre se quedaba con el hijo. En eso un gorrión se posó en el alfeizar.
-          Mira, mama, ahí está mi gorrión de la guarda.
Cuando la madre volvió la cara el gorrión emprendió la marcha a la misma velocidad con la que había llegado hasta la ventana.
-          ¿Tu me creíste, verdad, mama?
-          Es nuestro oficio de madres, hijo, ¿no lo sabes?, creer a nuestros hijos hasta en los disparates mas enloquecidos, incluso en los disparates ciertos como el tuyo.

27.2.13

domingo, 17 de febrero de 2013

LA NINFULA

La Nínfula


Como cada tarde Sebastián recorría el trecho que le separaba de casa de su hija para recoger a su nieto Guillermo de cinco años y llevarlo al parque, mientras su hijo, el padre del niño echaba horas y hasta que la madre saliese del trabajo que a eso de las siete pasaba por el parque a recogerlo. Cuando los rigores climatológicos lo impedía Sebastián se quedaba en casa de su hijo cuidando al niño, pero en cuanto el tiempo daba tregua salía al aire libre y como el parque no estaba lejos de la casa aprovechaba. Hacía ya un año que se había quedado viudo, de repente como suelen suceder las cosas importantes en la vida de una persona. Regresó del trabajo como cada día y se la encontró sentada en la mesa camilla con la costura entre las manos y la cabeza dócilmente apoyada en la oreja del sillón. “Una cabezadita”, pensó, pero la falta de movimientos del tórax hizo que de pronto se le descompusiese la barriga. Se acercó y estaba fría, como el beso de la muerte. Muerte súbita diagnosticaron y Sebastián anduvo llorando quince días hasta que la realidad se impuso. “Papá, ya no sabemos que hacer con el niño, y Nuria y yo tenemos que trabajar, por favor, échanos una mano y quédate tú con Wily por la tarde, sabemos lo que representa para ti, pero…”
Sebastián hizo de tripas corazón y con su pena a cuestas llevaba todas las tardes a Wily al parque a que jugase mientras él meditaba sus lágrimas sin poder resistirse a derramarlas de vez en cuando. Pero pasaban los meses y no hay dolor por muy acervo que sea que no se mitigue, así que con el hondo pesar de su ausencia en el corazón fue rehaciendo el día a día a base de rutina.
“Papá estás adelgazando mucho le decía su hijo Guillermo, no estás comiendo como debes, te vas a venir a casa a comer todos los días, por lo menos una comida al día como dios manda harás”, Sebastián miraba con ojos vacíos a su hijo, se le saltaban las lágrimas y callaba. Sumisamente cada día iba a casa de su hijo a comer. Comía las más de las veces obligado, pero lo hacía, luego sacaba a Wily al parque hasta que Nuria le recogía unas veces a las siete otras a las ocho dependiendo de la faena y camino de regreso a casa, solo, temiendo meter la llave en la cerradura para encontrarse la frialdad de la tumba, pero no le importaba porque sabía que su Joaquina pasaba el mismo frío encerrada en su nicho pudriéndose mientras él podía arroparse cada noche y llorar de pena profunda, cada noche y soñar cada noche con su cara deshaciéndose en jirones que eran devorados por gusanos repulsivos, haciendo que se despertase sobresaltado empapado en sudor frío que añadía más dramatismo al que él de por sí ya estaba sufriendo.
La mañana, se había obligado a salir a desayunar a la calle, porque si no, no lo habría hecho. Siempre un café manchado, que nunca fue de sabores muy intensos y una hojeada al periódico del bar para luego dar una vuelta hasta el parque donde llevaba a su nieto por la tarde a dar de comer a las palomas para lo cual compraba una bolsita de migas que una pobre mujer vendía en la puerta del parque.
Una tarde, ya calurosa de primavera avanzada Wily, al que no quitaba ojo de encima nunca, vio que trabaja conversación con una niña de coletas rubias de unos once años. Se acercó, porque no era el tipo de amiguita que esperaba en un crío de cinco años. “Hola guapa, como te llamas” y como el rayo una mujer se acercó a él. “Que desea usted”, y había en el educado y encorsetado “Que desea usted” un mucho de violencia que a Sebastián le sonó fuera de lugar. “He visto a mi nieto Wily hablar con esta niña y me he acercado, porque las edades no parecían muy parejas”. La mujer aparentó relajarse, “Perdone usted, pero es que en estos días, hay que estar con mil ojos”, “Si señora tiene usted razón, que edad tiene su niña”, “once añitos, es Marisa. Marisa saluda a este señor que es el abuelo de este niño”, “Wily” , le acotó Sebastián , “que guapo es”. “También su hija señora”
Estaban los niños agachados jugando con unos guijarros de colores en la piscina de arena cuando la niña volvió unos ojos gatunos, grandes y del color del sol de otoño que se le clavaron a Sebastián en los suyos para recorrerle despacio el cuerpo e ir a depositarlos a media altura; luego esbozó una sonrisa imperceptible y se pasó la lengua rosada y carnosa por los labios tan rojos que parecían pintados, tal era el contraste con la blancura de su piel. A Sebastián le recorrió un escalofrío la espina dorsal. Fue una sensación como de ultratumba, pero aquella mirada plantada firme en aquella parte de su anatomía le inquietó.
“Anda Wily vámonos ya, que tu madre tiene que estar al llegar”; no podía seguir en aquel lugar sometido al taladro de los ojos de la niña rubia celestial con su vestido de punto inglés y sus calcetines de encaje.
El niño se resistió lo suficiente como para que Sebastián imprimiese a la orden un tono mas desagradable e imperioso, “He dicho que nos vamos, otro día jugarás”. Wily puso morros pero de la mano siguió a su abuelo. Anduvieron dando vueltas por el parque esperando a Nuria hasta que volvieron a toparse con la madre y Marisa. “Aún no ha venido su madre, hoy se retrasa”, se disculpó Sebastián pero la niña sin mediar más palabra se le acercó le cogió dulcemente de la mano y le dijo “Quieres ser mi abuelito también”. Sebastián tembló de excitación nerviosa encorajinado con él mismo porque no se explicaba que estaba pasando. En ese momento llegó corriendo Nuria a buscar a Wily. “Fui a la piscina de arena y no os vi, me alarmé, la verdad”, la madre cogió a su niño le plantó dos besos y se despidió. Sebastián le dijo que le acompañaba y se despidió atropelladamente de la niña de las coletas rubias y de su madre.
“Les conoces de algo”. La pregunta hizo que el abuelo se ruborizase y se despachó con un farfullo incomprensible para terminar diciendo que la mujer era una grosera que se había pensado que él había intentado hacerle algo a su hija, “Estoy indignado Nuria, pensar eso de mí, si llega a estar tu suegra delante se habría enterado esa mujer”.
“Vas a subir a cenar” y Sebastián se disculpó diciendo que tenía unos sellos que acababa de comprar que tenía que catalogar y dar acomodo en los álbumes, mintiendo y preguntándose a si mismo que porqué mentía, pero tenía necesidad de llegar a su casa y sentirse solo para poder indignarse consigo mismo por el cataclismo que aquella única mirada de una niña inocente había provocado en él. Se tildó de degenerado, de asqueroso pederasta por no poderse sacar de la cabeza esas trenzas rubias y esos ojos miel oscuro que le miraban donde más le dolía y donde más placer experimentaba y además donde más asco se daba a si mismo.
Sebastián no cenó ese día. Por primera vez en muchos años no estaba pensando en su mujer, porque su cabeza solo la ocupaba una obsesión esa mirada clavada en su entrepierna y lo que es peor, cada nueva vez que traía, sin voluntad, esa imagen a su cabeza con más ímpetu despertaba esa parte de la anatomía.
Fue al armario de las medicinas y cogió una de las pastillas que su mujer tomaba para dormir y se la tragó, para poder conciliar un sueño que se le adivinaba imposible.
Intentó dormir, pero ni la pastilla podía conseguir que conciliase el sueño, haciéndole dar mil y una vueltas hasta que de repente era de día y la noche había pasado. Esa noche no hubo pesadilla, ni su mujer congelada de frío en el nicho ni su carne podrida: nada.
Se levantó felicitándose de haber tomado la decisión adecuada, tomarse la pastilla. De ese día en adelante haría lo propio y sus problemas comenzarían a diluirse. La niña del pelo de oro dejo de ser la obsesión y él se fue a su desayuno descansado.
Sebastián se sentaba en una mesa del café donde habitualmente iba al lado de un ventanal para poder leer con más claridad el periódico. Enfrascado en un artículo de crítica literaria vio de reojo una figura a través del cristal. No quiso que le distrajese y no reconoció la figura pero de forma tan insistente estaba parada allí al otro lado del ventanal, que finalmente atendió a quien con tanta insistencia reclamaba su atención con su pertinaz presencia.
El corazón le dio un vuelco, el café que tenía en la mano se le resbaló y empapó el papel prensa y el buche de café que estaba intentando tragar se le fue por mal camino. La niña de las trenzas rubias como de valkiria, y de ojos color de ocaso estaba muy sería mirándole. Cuando él se comportó de forma tan torpe ella dejó su gesto adusto y enseñó una hilera de dientes ligeramente separados y de una blancura de creta dibujando en su cara angelical una sonrisa cautivadora en la que unos hoyitos graciosos le aparecían en cada mejilla. La niña desapareció de la cristalera justo cuando Sebastián miraba al camarero de la barra para pedir una disculpa tácita por su torpeza. Se levantó, miro por la cristalera a derecha e izquierda pero nada y cuando fue a sentarse otra vez la tenía a su lado. Inmediatamente el camarero se acercó: “¿La niña va a tomar algo?, un batidito, de que lo quieres, ¿de vainilla?”. Sebastián intentó argüir que esa niña nada tenía que ver con él pero las palabras se le atropellaban en la garganta y para colmo de males la niña se le agarró de la mano acariciándosela suavemente lo que tuvo como respuesta en él, algo que terminó por escandalizarle. Su sexo respondía a la caricia de la mano de la niña de forma contundente. Se soltó de la mano de la niña como si de un hierro al rojo se tratase y con cara angustiada le dijo al camarero, que le conocía de años, que esa niña nada tenía que ver con él. Como respuesta la niña se abrazó a su pierna rozando peligrosamente partes sensibles y mirando con faz de suplica a Sebastián. “Pues para no conocerla de nada es bastante familiar Don Sebastián”. Sebastián cada vez estaba más nervioso, hasta que por la puerta entró la madre de Marisa. “Hija no me des estos sustos, donde te metes…, ah es usted, perdónela, es muy niña pequeña, por eso juega con niños como su nieto”. Cuando la niña fue recogida de la mano por su madre dejó resbalar la otra mano por la cruz de los pantalones de Sebastián provocándole un calambre que le hizo dar un respingo. El hombre miró a la niña que le dedico lo que Sebastián solo pudo interpretar como una sonrisa perversa. A medida que la niña se alejaba volvía la cabeza y sin borrar esa sonrisa decía adiós con la manita.
Pagó la cuenta y salió rumbo a su casa, donde llegó y tuvo que cambiarse de ropa interior. Hacía más de un año de lo de su mujer y en todo ese tiempo había tenido pulsión sexual alguna pero ese único roce de la mano inocente por sus pantalones en una zona tan equivoca había provocado una eyaculación acompañada de calambre mas que de placer y le había empapado los calzoncillos.
Cuando llegó a casa de su hijo su nuera le noto ausente. “Sebastián, te pasa algo, ahora parecía que ibas mejor”, el hombre contestó con evasivas y se adjudico un poco de catarro y malestar general para justificar su cambio de actitud. Pero no conseguía apartar de su cabeza la sonrisa maleva de la niña de su cabeza y cuanto mas intentaba apartársela mas sentía que su miembro le crecía dentro de su ropa interior y eso le angustiaba, porque él no era un pederasta, era la niña la que le provocaba, estaba seguro, o quizá todo fueran imaginaciones suyas, ya no sabía que pensar.
Después de comer Nuria se fue al trabajo y Sebastián una vez el niño hubo dormido su siesta y él leído a sus clásicos, como era costumbre, salieron al parque. Iba temblando porque sabía que iba a encontrarse con Marisa y le provocaba una sensación ambivalente, de rechazo por una parte pero de deseo de verla, de dejarse absorber por esa mirada inocentemente perversa y sin remediarlo imaginar como sería la niña sin ropa, si tendría ya algo de pecho, si las areolas habrían empezado a aflorar y los pezones comenzar a colorearse y sin remedio descendía a los infiernos en los que encontrar una piel lampiña aún pero ya empezando a insinuar su destino final con ese vientre plano adornado por un ombliguillo perfecto y el hueso del pubis, siendo una niña delgada, como cordillera que separa el abdomen del valle de la felicidad, con unos muslos blancos y torneados y sin poder dejar de imaginar los veía como servían de cauce a los fluidos que resbalaban de los labios de la niña que al frotarse unos contra otros al caminar le provocaban una turgencia no correspondida con la edad que la niña tenía. Y sin querer su erección era ya dolorosa pensando en aquellas lascivias. Intentó hacer volar la imaginación a los mundos de Virgilio descendiendo de la mano de Dante hasta el noveno circulo del infierno y no se veía en el segundo de los lascivos sino en la sexta fosa del octavo circulo el de los hipócritas sumergidos en plomo dorado para suplicio eterno, porque a la vista de todos el era un hombre intachable, durante toda su vida y sin embargo estaba encenagado en el deseo de una niña, ¡una niña! Si tuviera redaños se pegaría un tiro, pero miraba a Wily que tenía locura con el abuelo y se le caían lagrimas amargas de dolor porque de la misma manera que el tenía esos ojos rastreros para la niña que ya le tenía encelado, quizá hubieran otros ojos que lo estuviesen de su nieto.
Iba mirando descaradamente a todo el que se cruzaba a ver si miraba a su nieto y de que forma lo hacía, dispuesto a perder la cara por defenderlo de un degenerado, como el mismo se consideraba.
Llegados al parque Sebastián fue incapaz de sentarse, primero porque no tenía ojos para vigilar a Wily y segundo porque no terminaba de ver a Marisa de lo que se felicitaba y al tiempo le hacia sufrir; la ambivalencia persistente que de alguna manera le quitaba la suficiente dosis de responsabilidad en lo que consideraba una aberración como para no abrirse las venas. Algo muy en lo hondo le hacía sufrir por no poder ver esos hilos de oro enmarcando una cara de querubín con mirada de lava ardiente. Pensar en esa mirada, el roce sutil de la manita por su entrepierna y la candidez equivoca con que le observaba detrás de la cristalera le reprochaban su deseo de…, no quería ni permitirse seguir dejando que la imaginación volase. Esa tarde la niña no apareció y Sebastián respiró tranquilo y se contrarió, porque no viéndola poco a poco los recuerdos se irían desvaneciendo hasta olvidarlos por completo y él podría volver a ser el de siempre, pero ese fuego que le achicharraba por dentro cuando la tenía cerca y le hacía sentirse joven, arrollador y potente otra vez, los echaría de menos. Pero las cosas, pensó, están bien como están. Nuria llegó a recoger a su niño y él se fue a su casa poniendo el achaque de los sellos como hacia siempre.
Pero cada noche la imagen de su Joaquina fue sustituida por la de una niña de trenzas rubias que cada día que pasaba sin verla más perdía los contornos de sus facciones y no era más que un cuerpo de niña-mujer sin cara pero con ojos que miraban con intenciones aviesas y hacían que Sebastián tuviese poluciones placenteras de las que se reprochaba por la mañana. Hasta que llegó un día, en que pensó, que qué malo podía tener el que tuviese unas píldoras de placer en su aterradora y estéril vida, cuando ocurrían en el mundo de Morfeo sobre la que él no tenía ningún dominio. Hasta que una noche de forma consciente, la imagen de Marisa sin rasgos muy definidos y cuerpo que se parecía escandalosamente al de su Joaquina se le hizo contundentemente presente en ese espacio de la noche en que aún no estás dormido pero la voluntad se relaja y uno se abandona a la molicie del placer del sueño que sobreviene. La erección fue explosiva y no fue capaz de desechar de su imaginación una estampa de un sexo lampiño, como si su Joaquina se hubiese depilado, pero con las ninfas puestas a buen recaudo entre dos perfectas protuberancias convexas y asedadas paralelas insinuando entre ellas una hendidura turbadora. A su Joaquina se le salían las ninfas por fuera, ese sexo él sabía a quién debería pertenecer y sin embargo continuó con su masajeo lento y moroso de su miembro que en pocos y suaves roces más entró en efusión como un volcán rugiente permitiéndole que la cabeza le hiciese sentir mareo y recordar ese mismo sentimiento como aquel, allá por su adolescencia, cuando una compañera de Facultad le dejó acercarse en un “agarrao” y rozarse descaradamente con ella. Inmediatamente terminada la soberana eyaculación se echó fuera de la cama y se metió en la ducha, haciendo que el agua saliese fría para congelar y a ser posible eliminar rápidamente esas imágenes que él era ya incapaz ni siquiera de nombrar.

Los días y los meses fueron pasando y aquella niña dejó de aparecer por el parque. Los sueños del abuelo dejaron de ser tan insistentes hasta que llegó un momento en que desaparecieron del todo sin que los aterradores de su Joaquina volvieran a hacer acto de presencia. La vida del jubilado se estabilizó y la imagen de aquella niña de trenzas rubias se deshizo como un azucarillo en agua caliente.
Sebastián siguió llevando al parque al nieto cada día, salvo sábados y domingos en que salía con sus padres que estaban libres.

Pasaron siete meses más y el pasado fue eso, pasado y Sebastián olvidó como quería.
Su nieto ya más mayorcito cuando iban por el parque campaba más por sus respetos con nuevos amigos, bicicleta sin ruedecitas y necesidad de sentirse mayor. Wily iba y venía para tener tranquilo al abuelo que se dedicaba a leer, su gran afición desde siempre.
Como todas las catástrofes tienen sus prolegómenos, de pronto el sol que calentaba a Sebastián mientras estaba zambullido en su historia, se apagó y los trinos de los pajarillos de alrededor dejaron de escucharse. Sebastián levantó la cabeza y comprendió el porqué el sol ya no le calentaba y los pajarillos a los que él echaba migas de pan habían levantado el vuelo. Iluminada por la espalda por el sol durmiente de la tarde le nimbaba de un velo dorado que le daba a la cabeza un aspecto angelical, puro, de inocencia primigenia. “Hola, ¿te acuerdas de mí?”. La voz de Marisa era menos aniñada aunque más melodiosa que meses atrás. En ese “Te acuerdas de mí” había registros que solo era preciso saberlos leer para comprender que llevaban un mensaje de perversidad, de deseo impropio. Al tiempo la niña se llevó las manos al centro de su cuerpo, allí donde las piernas se unen en un pozo de sensualidad y las intentó esconder dentro con el popelín fresquito que le servía de vestido. Sebastián no pudo evitar observar el torneado de los muslos y la marca casi insinuada del sexo de la niña entre sus manos.
El hombre intentó dominar la situación. “Si, niña, claro que me acuerdo. ¿Y tu mamá? Le dijo Sebastián mirando a derecha e izquierda intentando averiguar dónde se encontraba esa mujer tan irresponsable que dejaba una niña tan pequeña sola hablar con un extraño. “En casa, ya soy mayor, dentro de nada cumpliré trece años, me deja venir sola” y sin mediar más explicación la niña se sentó en el banco al lado de Sebastián, muy cerca de él, tanto que su muslo rozaba débilmente con el del hombre. Sin poder controlarse y sin explicárselo, la erección fue no solo explosiva e instantánea sino que se hizo evidentísima a pesar de los pliegues del pantalón. Sebastián quería levantarse y marcharse, pero un calambre deleitoso que le partía de la parte del ano y le ascendía por el fuste de su miembro, pero por dentro del cuerpo le estallaba en una sensación tan placentera que no era capaz de mover un musculo para cambiar de posición.
“¿Qué le ha pasado, señor, ese bulto que le ha salido en el pantalón?” Y eso fue la gota que colmó el vaso. De un brinco se puso en pie y sin volver la vista atrás saltó hacia adelante llamando a voces a su nieto dejándose el libro que estaba leyendo sobre el banco.
Tan fuera de lugar estaba su forma de conducirse que el guarda del parque le preguntó si se le había perdido un niño, cuando en ese momento divisó a su nieto Wily pedaleando por detrás de unos setos de boj; “No gracias, está allí, ya sabe usted, los niños con las bicis que se pierden de vista”. Llegó a la altura del niño y le obligó a descabalgar y a sentarse con la excusa de que estaba ya sudoroso del ejercicio y era preciso que descansase. La madre llegó al poco y el niño se fue con ella. “Yo me voy a quedar un rato más” dijo Sebastián, porque en ese momento echó en falta el libro y quiso dar tiempo a que la niña desapareciese para ir a recogerlo. Y pensaba en la niña apoyándole de forma inocente (¿Cómo podría ser de otra forma en una niña tan pequeña?) su mano en el pantalón y preguntándole por la erección y no conseguía que esta decreciese, antes bien la tensión en el glande crecía y ya notaba como empezaba a destilar fluidos propios de la excitación, lo que contribuía aún más a enervarle. Fue entonces cuando se le acercó alguien que desde lejos le hizo muchas fiestas y en quien reconoció a un antiguo compañero de trabajo. Charlaron de sus cosas de jubilado rememorando viejas glorias de cuando no eran tan estúpidos como ahora, como le decía el conocido, pero tuvo la virtud de distraerle de su obsesión por la niña de las guedejas rubias y serenarle lo suficiente para que al cabo del rato él se pudiera despedir alegando que se había olvidado un libro en otro banco y debía ir a ver si continuaba allí.
Efectivamente se dirigió con cierta prevención al banco y de lejos y medio emboscado en unos jazmines grandes pudo observar que la niña ya no estaba. Se acercó pero el libro tampoco. Buscó al guarda del parque por si algún alma caritativa le hubiese podido entregar su libro, pero no, nadie había entregado nada. Finalmente se resignó a perder su libro y lo consideró una especie de penitencia por su lascivia para con aquella niña. Ya tenía pensado no regresar mas a ese parque y dirigirse con su nieto a otro un poco más alejado pero en el que a buen seguro la niña de pelo de oro no se iba a encontrar.
Ya se iba para su casa cuando el guarda vino buscándole. “Se me olvidó decirle que una señora preguntó por usted, si sabía donde usted vivía, pues tenía algo que entregarle, yo le di su dirección, a lo mejor hice mal, pero la mujer no parecía de mal aspecto y era muy educada. ¿Usted sigue viviendo donde toda la vida no?”. Sebastián le contestó que sí y se marchó para su casa meditando quien podría ser y que querría de él una señora educada, aunque a buen seguro, no tardaría en enterarse.
El sábado siguiente, estaba Sebastián después de su siesta escuchando las Vísperas de Monteverdi que le elevaban hasta cotas de espiritualidad que le provocaban paz y sosiego cuando sonó el timbre. Salió de su estado de medio éxtasis y fue a abrir la puerta sin tomar la precaución de pensar quien pudiera ser.
El corazón se le detuvo al ver en la puerta a Marisa de los rizos dorados y a su señora madre.
“Perdone usted, pero como se dejó usted el libro el otro día en el parque…”
“Pasen, pasen”. Sebastián se sintió obligado a hacerlas entrar dentro del marco de las estrictas normas de buena educación.
“Anda dale un beso a este señor, Marisa, que eres muy arisca” Sebastián tembló, agachó la cabeza y la niña le rozó sus labios contra la comisura de los suyos haciéndole sentir que estaban humedecidos y ligeramente entreabiertos. La respuesta de su cuerpo no se hizo esperar y en esta ocasión el se encontraba en pijama pues se acaba de levantar de la siesta, pero se dio la vuelta rápidamente haciendo la indicación de por donde deberían entrar a su casa. Con disimulo indicó los asientos y él se sentó en su sofá intentando disimular lo que pudo la erección, pero no quitaba ojo a hurtadillas de la cara de la niña que sin perder su sonrisa falsamente inocente, ahora ya estaba convencido, no quitaba ojo de su entrepierna. La madre de la niña le entregó el libro a su hija, “Anda Marisilla, devuélvele el libro a este señor, nos dijo donde vivía usted el guarda del parque que es muy amable”.
La niña se acercó a Sebastián con el libro en la mano y cuando éste fue a cogerlo, la niña le dijo que si quería ver lo bien que leía ella ya. Sebastián no pudo negarse y la niña se fue a sentar en el regazo del hombre que no pudo disimular ya la erección contra la nalga de la pequeña perversa. “Sentada aquí estoy muy a gusto, mama”. La madre sonrió satisfecha, “Es que ella no tiene abuelos, sabe usted y claro, no sabe lo que es sentarse sobre las piernas de un abuelito”. La niña movía las nalgas acomodándose de tal forma que el miembro de Sebastián quedase entre sus dos carrillos. Comenzó a leer con bastante desenvoltura y en un momento la madre se puso en pie alarmada. “Hay por dios”, Sebastián quiso ponerse de pie pero la niña no estaba dispuesta a abandonar su posición de ventaja, “Que le pasa a usted”; “Que tenía que recoger de misa a una tía-abuela que cuido y como no me de prisa se va a perder, porque ella sale de la iglesia y se desorienta. A usted le importaría quedarse con la niña un momentin mientras voy por mi tía” y sin dejar espacio a un “no” la mujer tomó camino del pasillo hacia la puerta. “No se apure yo sé el camino, usted siga con la niña escuchando lo bien que lee”.
En cuanto sonó la cerradura de la puerta la niña le echó los brazos al cuello al pobre hombre y le plantó un sonoro beso en las mejillas. “¿Tu eres mi abuelito, verdad? Y se descabalgó de sus piernas con lo que el alivio de Sebastián fue manifiesto. “Me estoy haciendo pis, donde está el cuarto de baño”. El hombre le acompañó hasta la puerta y la dejó allí; “No te vayas, que me da miedo, quédate ahí en la puerta”, Sebastián entornó la puerta y se quedó esperando y al rato salió la niña con sus bragas en la mano. “Me he hecho pis encima, me las he tenido que quitar, pero eso da igual, mi mama me las lavará. Vamos a seguir leyendo. Cogió al hombre de la mano y le llevó, y él mareado de lujuria, se dejo llevar hasta su sillón y la niña en esta ocasión se acabalgó sobre una de sus rodillas levantándose el vestido dejando al descubierto el sexo de niña, lampiño y cerrado como una ostra, pero congestionado y turgente. Mi papa me montaba así y jugábamos a que montaba a caballo levantando la pierna arriba y abajo, hazlo tú también, verás que divertido. Sebastián comenzó a mover la pierna sintiendo su rodilla impactar en el mullido del sexo de niña Marisa y no pudo evitar que su erección se hiciese manifiesta. La niña se transfiguró en cuanto empezó el vaivén sobre la rodilla; la cara se le alargó estiró la cabeza hacia atrás y comenzó a gemir como si fuese una mujer adulta. Los gemidos de Marisa estimularon al viejo que aceleró los movimientos de su rodilla y la niña de los gemidos pasó a los gritos de desesperación y ahora además ya no hacia vaivén, sino que se restregaba con fuerza contra la rodilla de Sebastián y en ese momento sonó el timbre de la puerta. La niña se detuvo en su meneo y volvió la cabeza hacia la dirección del pasillo con cara de asesinar a quien se le pusiese por delante y luego continuó aún con redoblado esfuerzo.
“Es tu madre niña, levanta” le urgió Sebastián a lo que la niña apretando las mandíbulas je masculló rugiendo un “No” inapelable; dio dos embates más emitió un grito ahogado y se desfalleció sobre el pecho de Sebastián como si estuviese dormida. Sebastián la recogió en brazos y la dejó sobre el sillón y fue a abrir la puerta. Con el susto, la erección había desaparecido.
Abrió la puerta con sobresalto y la disculpa a la madre ya preparada: “La niña…” y se cortó al ver a dos hombres malamente trajeados con su bolsa grande colgada al hombro y dando la paz. “Váyanse al diablo, imbéciles” y dio un portazo que desencuadernó las bisagras de la puerta. Sebastián estaba furioso, no sabía si porque le habían interrumpido en su actividad lubrica deseada pero reprimida o porque no era la madre que habría terminado con su tortura, que deseaba en ese momento como nada en el mundo.
Regresó a la sala y la niña dormía plácidamente en su sillón con la cabeza apoyada en uno de los brazos, las piernas ligeramente separadas y las manos unidas como en una oración de pureza religiosa en el centro del pecho. Se quedó delante del sillón observándola como subía y baja el pecho con las respiraciones y reparó en como los incipientes pezones se marcaban cuando tomaba aire pausadamente.
Fue una reacción automática. Con sumo cuidado sujetó el vestido de la niña por el bajo y lo levantó dejando al descubierto su sexo infantil. Ni un vello, una convexidad alargada perfecta y una hendidura insinuada rectilínea que prácticamente le obligaron a resbalar sus dedos, sin intención de más, por la hendidura. Primero acarició los muslos, delicados como piel de melocotón de Calanda y los pliegues entre los que se perdía su fruto de la pasión. Al recibir la caricia la niña sufrió un estremecimiento sin aparentar despertarse y el dedo del abuelo adquirió vida propia y se insinuó entre los montes de seda. Comprobó la humedad, la textura, la lisura y se mareó. Se arrodilló delante del sillón y si pensarlo más paso la lengua con delicadeza por entre sus labios y cuando se dio cuenta la niña gemía y colocaba sus manitas dulces en la cabeza del abuelo instándole a penetrar con la lengua hasta donde llegase.
Sebastián se asustó. Él no era un pederasta. De un bote juvenil que a él mismo sorprendió se quedó de pie delante de la niña que le miraba a los ojos desde su posición medio acostada y le preguntaba “Es que no te gusta” con cara angelical de inocencia. “Házmelo otra vez, me da una sensación que me gusta mucho, me gusta más que cuando me lo hago yo con el dedo delante del espejo”. El corazón de Sebastián iba a demasiada frecuencia, le dolía el pecho y no tenía la pastilla a mano, y los ojos no los podía apartar de la entrepierna de la niña que cada vez se abría más hasta quedarse en el sillón como una rana de laboratorio con las piernas completamente abiertas reposando las rodillas sobre el asiento y por mor de la posición su sexo de niña se abrió como un libro infantil de tan solo dos hojas dejando ver dentro otras dos hojas rosa claro y de consistencia tierna. Marisa comenzó a estimularse con sus dedos la zona con una procacidad impropia de esa edad mientras entrecerraba los ojos sacramentalizando un placer que no dejaba dudas de cuales eran las intenciones de la diabólica niña en relación al pobre viejo presa de su libido largamente olvidada y que de repente como un volcán estromboliano lanzaba sus productos mas ardientes a kilómetros de distancia de su sentido de la honestidad. Ensalivaba profusamente decidido a la lanzarse a consumir aquel sexo tierno y suave cuando el timbre de la puerta volvió a sonar. La niña sin alarmarse, como si tal cosa, recompuso su habito, se calzó las bragas supuestamente manchadas de orina y el trajecito fresco de popelín al tiempo que decía de la forma más inocente: “Es mamá”.
Sebastián se dirigió a la puerta deseando y no haciéndolo a la vez que fuese la madre de la niña y que la tortura terminase. La erección a pesar de todo se resistía a abandonar su deseo, pero pudo disimularlo lo mejor que pudo y abrió la puerta. La madre muy alarmada por la tardanza se deshizo en disculpas; la niña salió al encuentro en la puerta con la misma cara de ángel santo y se aupó para dar un beso en la mejilla a Sebastián. “Ha sido muy bueno conmigo mamá” le dijo con cara de no haber roto un plato en su vida; “si ella es muy buena” contestó orgullosa la madre. “Muchas gracias por todo y perdone por el desavío, que seguramente usted tendría sus obligaciones. Muchas gracias una vez más”, y salieron por la puerta madre e hija. Antes de cerrar la puerta definitivamente la niña volvió la cara y adoptando una cara pérfida sacó la lengua y se humedeció los labios al tiempo que decía con entonación pueril “hasta otro día, abuelito”.
Sebastián cerró su puerta y se dejó caer tras de ella agitado. La erección no había cesado aún y le satisfacía la sensación, como de adolescente de la punzada urgente, el alivió rápido en cualquier esquina, tras de cualquier tapia viniendo del colegio. Pero la naturaleza pone las cosas en su sitio, la respiración fue cesando y el corazón atemperándose, con lo que la erección no fue más que un recuerdo húmedo de esmegma pegajoso ensuciando el calzoncillo. Respiró al fin más tranquilo y se fue a su salita a sentarse en su sillón, pero la imagen de la ninfula desvergonzada abierta de piernas enseñando su sexo no se le caía de la mente hasta que cayó dormido fruto de la excitación que le consumía las fuerzas.
Cuando despertó era ya hora de cenar y se tomó un caldo como si fuera cuaresma y un trozo de fruta y dolido por lo que ya era historia antigua se fue a su cama añorando como cada noche a su amada Joaquina y avergonzado porque de haber vivido ella, se lo habría reprochado vivamente aunque lo más probable es que nunca hubiera llegado a suceder.

Las semanas se sucedieron y como suele pasar los recuerdos quedan desleídos en una memoria que ya no es lo que era y en el parque no volvió a ver a la niña aunque en lo más hondo de su ser más animal, más parafilico la deseaba, pero conseguía domeñarlo. Hasta que llego el día en que se levantó y acostó sin recordar para nada el nombre de Marisa.

Habría pasado medio año más cuando una tarde en que Sebastián placidamente releía la Iliada el campanilleo de la puerta le sacó del ensimismamiento. Dejó el libro con delectación después de señalar la página sobre la mesita auxiliar y fue a la puerta pensando en algún mormón o testigo que querrían salvarle de su propio pasado.
El corazón se le detuvo, solo supo boquear como un pez recién pescado y los vellos de la espalda se le erizaron como a los del gato que presiente un peligro inminente. Allí estaba Marisa, sería el comienzo del otoño, con una faldita tableada por encima de las rodillas, una blusita tenue sin llegar a trasparentarse pero que dejaba bien claro que lo que hacía seis meses, eran proyectos de mamas, ya lo eran con todo el derecho. Llevaba unos calcetincitos blancos con unas bailarinas de color azul marino que remataba la imagen perfecta de la adolescente estrenando su nueva condición. El cabello lo llevaba recogido en una cola con una goma adornada por un osito lo que le dejaba la cara exenta y le resaltaban aún más los ojos inocentes de angelote rodeando una Purísima.
“¿Puedo pasar?”. Y en esa única frase, simple, concisa, inocente se resumió todo un semestre de vida no vivida conscientemente y le afloró su deseo desaforado que él había conseguido reprimir a base de normas sociales de uso, de educación recibida desde siempre, de recuerdos de su Joaquina que él creía que le salvaban cuando lo que hacía entre todo era aumentar la presión de la caldera para que cuando llegase este preciso momento estallase en una deflagración que no iba a dejar títere con cabeza. Y pasó.

Sebastián intentó ser lo más neutro posible y natural, en un último esfuerzo porque aquella situación se resolviese sin bajas, pero la niña, ninfula malvada y lubrica, iba a lo que iba; a merendarse a un pobre viejo deseoso de recordar y reeditar viejas glorias pasadas y olvidadas y que con la niña se le presentaban como algo perfectamente realizable. Los instintos depredadores ganaban terreno y cada vez más se abandonaba al deseo de poseer a cualquier precio, con el raciocinio nublado y el deseo como gran almirante de la flota de sus sentidos.
Intentó coger de forma torpe una de las tiernas mamas de la niña, pero no contaba con que desde siempre la que llevaba la voz cantante era ella que desde que le vio le colocó en la diana de sus deseos más sálicos y ella era la que iba a dominar los tempos. Se zafó de la presa que intentaba hacer Sebastián ya medio loco de pasión y adoptando su papel de niña hizo un puchero y amenazó con irse a su casa a decirle a su mama que él quería tocarle donde su madre expresamente le había advertido que nadie debería tocar. Sebastián se turbó y se vio de pronto esposado y en el cuartelillo expuesto al escarnio y con sus hijos y nieto avergonzados de su comportamiento. Se vino abajo, escondiendo la cara entre las manos y comenzó a sollozar pidiendo perdón a la arpía que le manejaba a su antojo. La niña le consoló al tiempo que le llevaba la mano a sus pechos: “Anda tócalos un poquito, están suaves, suaves y la bolita roja del centro cuando me la toco yo me da una especie de calambre que me gusta mucho”. Sebastián se resistió al principio, pero la niña cerró de un portazo la casa y le obligó a cogerle los pechos desabrochándose la camisa. “No llevo bragas, ¿sabes?” le anunció con la más inocente y dulce de las voces. “Porque no vamos a tu sillón y hacemos lo del caballito pero los dos sin ropa”. Sebastián estaba mareado de lujuria pero aún supo conservar algo de raciocinio y le preguntó que qué hacia sola allí. Ella explicó que iba a clase de piano pero que su profesora estaba mala y le había dado la tarde libre y como estaba cerca le pareció bien pasar a saludarle. A continuación le cogió de la mano y le condujo como el que lleva a un niño pequeño hasta su salita donde estaba el sillón. Al llegar ella con toda la naturalidad se quitó su camisita y se desabrochó la falda tableada, quedándose desnuda sin el menor pudor delante del pobre viejo al que se le salía la saliva por la comisura de los labios. Estaba impávido, sin saber como actuar y ruborizado de ver a la niña desnuda con la mayor naturalidad. “¿Quieres que te desabroche el pantalón yo?”. La pregunta de apariencia inocente encerraba todo un tratado de lujuria envasada en piel de melocotón.
Sebastián como un autómata se desabrochó la correa y luego el botón del pantalón que cayó a sus pies dejando a la vista unos calzoncillos que con su Joaquina viva jamás habría llevado, con la marca de la última gota de orina empapando el algodón como a buen prostático correspondería y que su mujer habría tenido siempre blanco como la creta, brillante como el nácar de una perla. La niña se echó la mano a la boca reprimiendo la risa por la mancha amarillenta en el calzoncillo al tiempo que le reprochaba en tono menor que se mease siendo tan mayor ya. Pero no por eso el abultamiento de su plena erección se desalojó. La niña sin pedir permiso bajó el calzoncillo a Sebastián y tomándole por su virilidad se acarició con ella sus propios genitales al tiempo que le decía que ya se veía con aquel trozo de acero caliente dentro de su cuerpo. “¿Tu quieres hacer eso en mi cuerpo, abuelito?, no te importa que te llame abuelito”, y antes de que el hombre reaccionase la niña se había arrodillado delante de él y lamía con suavidad de seda el frenillo del hombre terminando por ocupar su pequeña boca con la mayor cantidad de anatomía del hombre como pudo. Y en ese momento sintió que el orgasmo le sobrevenía sin podérselo reprimir. Sujetó de forma instintiva la cabeza de la niña para que no se retirase y se vació dentro. Cuando acabó la niña le recriminó que le sujetase la cabeza; “No pensaba retirarme eso que te ha salido me ha gustado y al tragármelo he sentido un cosquilleo así como en el estomago, un calambre que me ha llegado hasta las piernas”.
En ese momento Sebastián sintió la garra de fuego que le atenazaba el pecho. El aire de la habitación empezó a faltar y la cara a palidecer. La niña se asustó, “Que te pasa abuelito”. Sebastián pudo dejarse caer sobre el sillón. La respiración agitada hasta que se detuvo. La niña intentó zarandearle un poco para reanimarle hasta que escuchó un ronquido como de ultratumba que la espantó. La cabeza de Sebastián cayó a un lado y un hilillo de saliva rosa le resbaló por la comisura. La habitación comenzó a oler a heces frescas. Marisa no hizo nada más que vestirse con la celeridad justa y salir de la casa apresurando el paso. Antes de cerrar la puerta tras de sí dijo en voz baja “¡Que felices podríamos haber sido los dos jugando!”

17.2.13

miércoles, 16 de enero de 2013

ESPERANZA IRREDUCTIBLE

Esperanza Irreductible



La sombra alargada, anoréxica, inquietante, perseguía como cada día al atardecer, a una Vicenta cansada, pero determinada a regresar cada atardecida al solitario apeadero. Caminaba, la cabeza humillada, para evitar la hiriente puñalada de los últimos rayos de sol en sus glaucos, líquidos ojos, confinados en unas profundas cuencas excavadas en el rostro anguloso y avejentado de una mujer hecha al desconsuelo y los reveses de la vida.
Cada tarde desde hacia cuarenta años recorría los cuatro kilómetros que le separaban del apeadero desde el que, tragándose las lagrimas, un tres de Febrero del año 1937 dijo adiós a su Miguel. Le escuchó, anhelante, cómo a voces, desde el pescante, se despedía entre los bufidos de aquella vieja y renqueante chocolatera, asegurándole que sería cuestión de unas pocas semanas, las que tardarían ellos, los milicianos, en echar al mar a los amotinados, que fuera acicalándose para cuando él volviera.
Vicenta desde entonces, regresaba al andén, donde su vida le dijo adiós aquel crudo invierno en que no era fácil distinguir si aquellos sordos ruidos correspondían a los bombardeos de los rebeldes o a lejanos truenos.
Sentada en el banco de mampostería bajo el gran reloj encargado de denunciar día a día los retrasos del tren, se aposentaba Vicenta con la mirada perdida a lo lejos sobre la vía única que tan pomposamente inauguraron unos señores principales vestidos de levita y chistera cuando contaba ella pocos años aún. Sobrecogida por la cantidad de gente congregada medio escondida en el pañolón de su madre, observó como una maquina estremecedora de vapor y furibundos resoplidos ganaba la reluciente estación con la que habían querido beneficiar a su pueblo; eso decían ellos. Se le hinchaba aún el pecho, orgullosa, viendo inmortalizado, en azulejo de Talavera, el nombre de su pueblo: Castilblanco de los Donceles y se quedaba las horas muertas, hipnotizada, deletreando las silabas mágicas que lo eran aún más por estar tintadas de ese azul tan peculiar del pueblo toledano. Después, la bestia de hierro y ruido engulló aquellos seres ennegrecidos de paño de Tarrasa y seda oriental, alejándose en busca de quien sabe que otras esforzadas maravillas.
Cada día, después del almuerzo, emprendía el camino, trillado de años, hasta ganar el rudimentario andén y se sentaba en el banco, también alicatado de los mismos azulejos que componían el nombre del pueblo, observándose los pies, cada vez un poco más hinchados, pero sin importarle, como tampoco le importaban las malas lenguas, que al principio le imprecaban, tildándola de loca, porqué ya no vendría tren alguno, ni traería ningún Miguel, por muy suyo que fuese y cuando se desengañaron de su fuerza de voluntad y firme decisión de seguir acudiendo, que le llevaba con renovadas esperanzas hasta la vía del tren cada día, descorriendo los visillos a hurtadillas o meneando la cabeza en señal de desaprobación al verla pasar. Por eso, con el paso de los meses y los años, llegó a no hablarse con nadie y poco a poco fue convirtiéndose en un fantasma para todos en el que nadie reparaba ya.
Una vez sentada sobre la frialdad de la cerámica meditaba sobre el que habría sido de ella si su madre no le hubiese dejado esa pequeña fortuna que le permitía al menos comer y mantener viva la llama de la espera y al felicitarse de poder seguir allí sin haber tenido que buscarse la vida alejándose de su meta de persistente espera, se dejaba embargar por la somnolencia de satisfacción que le cerraba los ojos, para dejar de escudriñar el horizonte donde los raíles se juntaban, esperando ver el penacho blanco elevándose en el aire como un alegre algodón que anunciaba que su Miguel estaba a punto de llegar. Soñaba en su debilidad vespertina que con una sinfonía de vapores y chirridos llegaba la vieja chocolatera con su Miguel a bordo saludándola de lejos con el sombrero agitado al aire, la sonrisa, esa inimitable sonrisa suya de oreja a oreja y los ojos empañados por la lagrimas de la emoción del reencuentro. Y al fin despertaba sobresaltada e inquieta por si hubiese llegado el tren y ella no se hubiese dado cuenta.
Al llegar, como cada día, a su casa encontraba la mesa que ella misma dejó preparada con su mantel a cuadros bien limpio, como toda la casa, y el plato de comida, ya frío, que como todos los días también, dejaba preparado porque cuando su Miguel regresase; vendría hambriento y querría cenar sin espera. Esta rutina diaria no le arrebataba la ilusión del porvenir de las siguientes horas, ¿qué le pondría de comer mañana?, lo que más le gustase, eso por descontado. Pero lo primero era tirar la comida intacta y volver a guardar en la alacena la carta que llegó a la casa dos meses después de irse él, para con el mayor esmero, volver a colocarla al lado de la servilleta, que Miguel la viese y pudiera abrirla al fin, que debía ser una carta importante, porque tuvo que poner la huella en un libro cuando se la trajeron, ella no sabía escribir, ni leer, ¡para que!
Vicenta se levantaba temprano para tener recogida la casa y en perfecto orden, que a su Miguel las cosas fuera de sitio le enfurecían y no había porqué provocarlo, que si no ¿a que quejarse si se llevaba un buen pescozón?, pero no, él era muy bueno y trabajador, si no, de qué iba ella a echar la tarde en la vieja estación del pueblo, que cada vez estaba mas vacía porque los jóvenes se iban a la ciudad llevados por el mismo tren que se llevó a su Miguel.
No comprendía Vicenta el porqué de un tiempo a esta parte nadie se ocupaba de adecentar la estación, ni de limpiar de matojos las vías, ni de reparar los desconchones que los niños más gamberros se dedicaban a provocar en los azulejos a base de chinazos de sus tirachinas. Ya no se volvió a abrir la ventanilla por la que se vendían los billetes, aunque era natural, hacía tiempo que no aparecía ningún convoy y eso tenía que deberse a que si Miguel no aparecía nadie debería tener derecho a aparecer.
Aquella tarde, como todas las tardes desde hacía..., ni se acordaba ya cuantos meses, una corazonada la llevó en volandas, con una sonrisa pintada en los labios, a recorrer los cuatro kilómetros que le conducían al apeadero con una gozosa certeza. Esa sería la tarde, esa si. Se lo decía una sensación en su pecho que la dejaba sin resuello, como si se desfalleciese y al tiempo le imprimiese una nueva alegría de vivir. Le hormigueaban las manos y parecía que tuviese alas en los pies. Estaba segura que la vista era ahora más aguda y que divisaba más a lo lejos. Llegando a la estación comprobó con tristeza que una mano criminal había arrancado los cercos de las ventanas y de la puerta, que tanto tiempo llevaba cerrada y para mayor dolor habían demolido su escabel, ese que fue testigo de miles de esperas durante tantos años, pero no le importó. A pesar de la edad estaba aún ágil y pudo dejarse caer con la espalda apoyada en la pared resbalando hasta dar en el suelo y quedar allí en cuclillas. No importaba la postura, no iba a permanecer mucho tiempo de esa manera porque ya escuchaba a lo lejos el silbato de la maquina y el piafar abusivo del caballo de hierro. Aguzó el oído mejor y comprobó que no se equivocaba. Efectivamente pitaba el tren. Al poco, divisó la gran columna de humo que pugnaba por alcanzar la maquina que, terca, conseguía siempre escapar de ella. La imagen cada vez era mayor y empezaban a distinguirse detalles; los bronces reluciendo al sol de la tarde, la cabina del maquinista con la cabeza del mismo asomando y haciendo sonar el silbato de vapor y un poco más atrás un sombrero agitándose sin parar movido, incansable, por un brazo inconfundible. Un poco más cerca y la sonrisa incomparable terminó de disipar una pequeña duda si es que llegó a existir alguna vez. Definitivamente era su Miguel. Las lagrimas, desde hacía lustros, empezaban a hacer acto de presencia. Ella estaba segura, cuando todos la ponían de loca, no se dejó amilanar y se mantuvo fiel a su amor y ahora veía la recompensa, ¡vaya chasco se iban a llevar todos cuando la viesen aparecer del brazo de su hombre!, les iba a mirar sobrada de orgullo sin decirles ni una palabra de reproche, bastante tendrían todos al verle a él; se morirían de rabia y envidia y ella ganaría diez kilos de satisfacción. El corazón se le iba a salir por la boca de excitación, se veía ya en brazos de su hombre y no sabía si se desmayaría, se echaría a llorar o saldría corriendo, cuando de golpe le inundó una gran paz, se relajó al  ver ya nítidas las facciones de su Miguel y una sonrisa beatifica pintada en sus resquebrajados labios agostados por la brisa helada del páramo se le instaló para no abandonarlos jamás. Dos tímidas lágrimas asomaron a sus ojos y al cerrar los párpados las dos perlas saladas le rodaron las mejillas y sintió como el corazón se le paraba de la impresión que le producía la contemplación de la persona tanto tiempo anhelada y esperada.

Los operarios de la contrata encargada de la demolición de los antiguos apeaderos de la provincia se llevaron el susto de su vida cuando al llegar de buena mañana para terminar el trabajo iniciado el día anterior se encontraron un bulto de color pardo oscuro con aspecto vagamente humano, encogido e inquietantemente inmóvil. Al apartarle el pañuelo que le cubría la cabeza observaron la cara de un cadáver extraordinariamente relajada y sonriente; podría haberse dicho que era la muerta más feliz del mundo.
Cuando el juez entró en casa de Vicenta a instancias de la policía, el plato de comida sobre la mesa de inmaculado mantel de cuadros, hedía. Al abrir un sobre amarilleando de viejo y manoseo, que reposaba paciente al lado del plato de podrida comida, pudo comprobar que no era más que un frío comunicado del Ministerio de la Guerra de la 2ª Republica en el que se informaba a Vicenta García Martín, que su compañero Miguel Vela Guerra había caído victima de un mortero rebelde a los dos días de llegar al frente. Estaba fechada un 13 de Febrero de 1937.

16.1.13

viernes, 11 de enero de 2013

MEMORIA DOLOROSA

Memoria Dolorosa



El curso tocó a su fin y el verano con sus largos y tórridos  días envolvían nuestra existencia en una atmósfera pesada  y morosa. Los veranos en Madrid son de autentico infierno, menos mal que nosotros teníamos la piscina, obligadamente con forma de riñón, como la de todo nuevo rico que se preciase para aliviar los rigores caniculares. Yo a mis diez años estaba mas tiempo en remojo que  enjuto y mientras cada quien, iba a sus obligaciones yo dilapidaba mi tiempo bañándome en nuestra piscina o en la del vecino, el piscinero, con su color de piscina en turquesa y que tanto emocionaba a mi hermana Celia, aunque realmente, después pude comprobar, lo que realmente le emocionaba era José Mari el hermano pequeño de los vecinos, que se dedicaba, precisamente a montar filtros de piscina, los primeros que allá por los años cincuenta hacían cosas de estas que por aquellas fechas no eran muy comunes.
Hay que comprender que la casa en la que yo vivía era una de esas que hoy llaman la atención. El salón, inmenso, se comunicaba por unas puertas correderas acristaladas del tamaño de la pared entera con una amplísima terraza que se colgaba sobre la piscina a la que se bajaba por dos escaleras laterales al efecto. Entre ambas escaleras había un seto de aligustre que hacia las veces de barandal y delante de éste un balancín de tamaño natural, tapizado, nunca lo olvidare, en lona color calabaza. Daban sombra a aquella inmensa terraza dos soberbios castaños de indias que en otoño se ocupaban de poner perdido de hojas todo el jardín. En una de las esquinas de aquel terrado una fuentecilla baja se ocupaba de ofrecer su cantinela cristalina para añadir sensación de frescor a la que ya daban de por si los árboles. En el estanque que formaba la fuentecilla llevaban su aburrida existencia unos pececillos de colores en lo que era la expresión más cutre de todas las que el dinero era capaz de dar. El colmo del esnobismo más rabioso. No faltaba, claro es, la rocalla con verbena enmarcando el estanquecito. Primoroso.
Tarde tórrida de julio o quizás agosto. Los poros se abren para permitir al sudor aflorar a la piel para refrescarla. Calor aplastante que impide moverse, ralentiza los gestos y relaja la voluntad. Canícula inmisericorde que evapora las hormonas en un cuerpo en ebullición y cuyas burbujas estallan en forma de erección pujante e inquisitiva que clama por satisfacer los impulsos de la madre naturaleza. Lastima de ausencia de imperativos morales no desarrollados o quien sabe, si no asumidos a conciencia, para dar satisfacción egoísta a los instintos, ¡que mas da! Estaba a punto de subirse el telón de una tragicomedia que aún hoy día no ha puesto el punto y final y no lo pondrá hasta que el telón de mi vida caiga definitivamente y se acabe la función. Dos niños, uno, yo, de unos diez años, en Meyba que no me quitaba en todo el verano, otra, mi hermana, Eugenia, de entorno a los cinco, con vestidito fresquito y las braguitas como única indumentaria. La temperatura, impía, lujuriosa, voluptuosa, lasciva se enroscó en mi cuerpo haciendo surgir de inmediato un deseo irrefrenable, pero no creo que únicamente lascivo. Una buena oportunidad, que duda cabía, para probar aquello de Juanita, que escuché a los mayores del colegio, ¿por qué no? Si a aquellos gamberros, a mi me lo parecían, les resultaba tan gozoso y tan divertido ¿porque no a mi? Sinceramente, siempre pensé que aquello que me proponía, estando relacionado con las partes pudendas no estaba bien, y mas sabiendo de las negativas de mi prima a cualquier trasteo por esos andurriales, pero la maravillosa sensación de abundantísimas mariposas en el estomago pesaba mas en mi decisión que cualquier consideración mas o menos sospechada de punibilidad. Además, ¿quién se iba a enterar? Lo que no tenía muy claro era cómo, por donde habría yo de calzar aquella tirantez tan admirable y deleitosa para dar culminación a aquella determinación que era dueña de mi voluntad. Decían que por donde se meaba y lo cierto es que habría de estar mas o menos a la altura de mi infantil erección, o mas bien al grosor, que a esa edad, sin haber desarrollado todavía, no era para tirar cohetes.
Al otro extremo de la piscina y medianero con el frontón, de tamaño regular, hasta el “10” llegaba, que mi padre se construyó para su solaz deportivo, se erigían los vestuarios, mas propios de un club deportivo que de una casa de familia; hay que recordar que éramos ricos y nobleza obliga, además mi madre no quería a nadie entrando y saliendo de casa para cambiarse después de bañarse o jugar un partidito de frontón y menos aún andar pidiendo toallas de baño, con lo que hubiese en los vestuarios habrían de apañarse los invitados. De manera que mi padre, desmesurado y sobrado de soberbia por su magnifica situación financiera no resistió la tentación y edificó unas dependencias con todos los servicios propios de estas instalaciones. Estaban rematados, estos vestuarios, por una pérgola que daba sombra a expensas de una preciosa glicinia que el ingeniero agrónomo que diseñó el jardín se le antojó plantar. Cada vez se hacia mas desasosegante la tirantez de mi entrepierna y mas deseable aquélla niña, no porque fuese ella precisamente, con toda seguridad si hubiese sido un niño hubiera reaccionado igual, era un cuerpo caliente, brillante de perlas de sudor y deseable, sin saber bien para qué pero seguro que útil a mis urgencias. He de puntualizar que yo aún no me masturbaba y no sabía que eso se hiciese. Las erecciones que sufría se resolvían por si solas al no saber como darles justo fin.
De la mano de mi hermana por el camino de grandes planchas de granito sin pulir con césped sembrado entre ellas me llevé a la niña, dócil, con el pretexto de enseñarle algo. Ella iba confiada de mi mano sin oponer ninguna resistencia, ¿por qué iba oponerse? Entramos en aquella estancia umbrosa de estrechos y elevados ventanales  con su suelo cubierto de tarimas de enrejado de madera para evitar los resbalones de los deportistas recién duchados, y bancos iguales cercando las paredes. De las múltiples perchas colgaban aún las toallas del baño del mediodía que el servicio no había retirado. Me quité el bañador y la erección surgía de una piel lampiña haciendo visera a unas minúsculas bolsas. La niña se quedó sorprendida de ver aquello tan ridículamente raro pero no dijo ni hizo nada, es mas creo que lo ignoró. Le baje sus bragas; prácticamente era igual que yo salvo que no sobresalía nada de la misma piel calva, únicamente una minúscula hendidura se perdía entre sus piernecitas. Estaba quieta sin abrir la boca y yo tenía, debía hacer algo. Lógicamente aquella pequeña grieta era la solución a mis apremios, por ahí se meaba, ¿no?, pues por ahí debía ser. Ella notablemente mas baja que yo, me obligó a doblar las piernas para poder apuntar con mi verguita a su sexo infantil. Y apreté. Y se quejo ruidosamente. Volví a intentarlo y se volvió a quejar, esta vez con llanto, no creo que por el dolor sino porque yo intentase salirme con la mía pasando por encima de su negativa. Una amenaza velada y proferida sin mucha convicción con su media lengua, una subida de bragas y puesta de bañador y a la calle a olvidarlo todo cuanto antes, aquello no era viable, debía ser de otra manera, reuniría más datos y lo intentaría en otra ocasión. Algún detalle se me habría tenido que escapar para que todo parase en aquel fiasco. Una frustración en suma.
Salíamos por la puerta cuando una madre alarmada y escamada se plantó en el umbral impidiéndonos la salida. ¿Pero que hacía mi madre allí?, ¿qué mala conciencia animaba a mi madre buscando algo pecaminoso en la relación entre dos niños estrictamente hablando? ¿Qué maldad era esa de preguntar que qué hacíamos allí solos? La pregunta estaba de más, no se porqué tuvo que plantearla si ella ya sabía la respuesta. De nada sirvieron las magnificas amenazas a mi hermana de que mantuviese la boca cerrada, a la primera pregunta, la niña, con todo el candor que solo dan los cuatro años, dijo crudamente, cruelmente, sencillamente que yo se la había intentado colar por ahí abajo.
Y comenzó el fin del mundo, el principio de mi abismo.
Creo que todos hemos leído, o visto en alguna peli o algún documental que cuando se está preparando una catástrofe de magnas proporciones, se ve precedida por un silencio aterrador, una calma sospechosa, una paz como de tumba que al poco avisado le hace creer erróneamente que no ha pasado nada y que lo que intuía como una deflagración de proporciones apocalípticas no es mas que una falsa alarma propia de un estado paranoico fruto de los temores mas primarios. Y cuanto más pertinaz es ese silencio, esa calma, mayor es la calamidad. Así me ocurrió a mí.
No entendía yo la desproporción entre los alaridos de mi madre y lo que allí dentro del vestuario se había cocido. ¡Joder, no era para tanto!, pero mi madre no paraba de vociferar aquello que tengo grabado a fuego en mi memoria y juro por lo mas sagrado, que sigo, a día de hoy sin entenderlo.
-         ¡Mi niña, pobrecita, con lo que duele, con lo que duele!
Hoy comprendo que o mi padre era un violador matrimonial o que mi madre nunca disfrutó del sexo, porque lo audible de sus bramidos era lo del dolor.
Repetido una y otra y otra vez, armando un gran revuelo y consternación.
No se me puso una mano encima, nadie me dijo ni esta boca es mía. Se me confinó en mi habitación sin salir y allí me quedé. Solo, con un regusto amargo en la boca y sensación vertiginosa en la boca del estomago esperaba una buena tunda de un momento a otro, porque aunque a mi me pareciese que  no era para tanto, las proporciones de la respuesta de mi madre hacía esperar lo peor de lo peor. Nada, nadie, silencio de cementerio. Y sin saber que hacer allí metido. Me dormí. A la hora de cenar se me llamó, baje al comedor, cené y me volvieron a enviar a mi celda, porque así es como yo lo vivía. Mi padre no estaba y mi madre no cenó. Aquello era raro, pero desde el incidente nada era normal, se masticaba un silencio espeso. Ninguno de mis hermanos pululaba por allí, lo que hacia la situación aún mas extravagante.
Amaneció el día siguiente y como todos los días me dirigí a la piscina a darme el primer baño. Me sequé y fui a la cocina, donde Beni, la buena Beni, una asturiana extremadamente delgada que era interna en casa, preparaba el Cola-Cao. Me volví a la piscina con la extraña sensación de que algo fuera de lo común acontecía en mi casa. Todo el mundo callado y serio como si hubiese muerto alguien. No comprendo, como no sea en las coordenadas de mi inocencia, como no salí corriendo barruntándome la tormenta que iba a descargar directamente sobre mi cabeza. Desde el día anterior no veía a mi padre; era comprensible, yo había preparado una buena y hasta que no se le pasase no me dirigiría la palabra, era lo común. Lo que si era fuera de lo común es que mi padre llegase a casa tan pronto. Calculo que serían sobre las once o las doce de la mañana cuando escuche entrar el Renault Gordini en el garaje de casa y mi madre con toda la autoridad de que era capaz me mando escaleras arriba a mi dormitorio. Ya está, me dije, mi padre me castigó a mi cuarto y no consentiría que estuviese fuera de él cuando entrase. Y ese iba a ser el castigo; estaba por dilucidar el tiempo que esto iba a transcurrir de esta manera. No creía que todo el verano, eso si que sería excesivo.
La escalera de mi casa, de esas modernas colgadas del aire, era de un solo tramo, desembarcaba en un distribuidor en cuya pared de enfrente mismo estaba mi dormitorio. Espié como mi padre subía al suyo y se cambiaba de ropa de casa para volver a bajar. Pasaron unos minutos. Por la puerta entreabierta observé como volvía a subir, lentamente, resuelto, ataviado con su pantalón corto de dril azul y su camisa polo de punto finito, muy fresquito todo. Sus delgadas y nervudas piernas rematadas por unas “Wambas” azul marino igualmente. Agarraba fuertemente en su mano derecha un azote.
El jardín de mi casa era, como he dicho, grande, no existían aún los riegos automáticos y se regaba con mangueras de caucho negras, listradas de marca “Pirelli”, que si se dejaban a la intemperie en invierno se cuarteaban, tal era su falta de elasticidad. Tenían alma de cuerda para no resquebrajarse y eran  duras, muy duras y resistentes, pero se les podía dar más entereza aún si se les embutía dentro una manguera de las que se usan para el butano.
Ese era el azote de más o menos medio metro. Fue verlo y saber lo que me esperaba. Mi madre, sí, en alguna ocasión me tentó el culo con unos azotazos, dados con la palma de la mano, ni tan siquiera con la zapatilla como me decían alguno de los compañeros del colegio, por esto o aquello, pero mi padre jamás me había tocado. Aquello que se me venía encima no era nada tranquilizador. Sentí cómo el bañador se calentaba y mojaba, pegándose a la piel por efecto de la orina que se me escapaba del cuerpo. El pavor me hacía acelerar la respiración y los ralos vellos de mi cuerpo se erizaban. Comencé a temblar como una hoja mecida por el viento de otoño. Allí, en el umbral de mi dormitorio, paralizado por el terror, con la orina resbalándome por las piernas formando un charco a mis pies y aterido de adrenalina me encontró mi padre. Me agarró con violencia difícilmente contenida del brazo izquierdo y me metió dentro mientras que con su pierna, de una patada, cerraba la puerta. No conocía ese rasgo violento de mi padre y no se lo he vuelto a conocer jamás, era mucho el veneno que le corría por sus venas. De un manotazo cerró la ventana y bajo la persiana con un sonido de carraca que revelaba urgencia por empezar la función. Aquel sonido, aquel portazo tremendo, que debió retumbar en toda la casa, fue la subida del telón del drama del que yo iba a ser protagonista a mi pesar. Comencé a marearme otra vez seguramente por efecto de la alerta hormonal ante el inminente peligro. Las nauseas amenazaron con convertirse en vomito lo que no llegó a suceder porque siempre he sido duro para esos menesteres.
No tengo ni idea de como comenzó a machacarme ni del tiempo que duró la tortura, mi padre golpeaba por todo el cuerpo, menos en la cabeza; lo se, porque fue el único lugar del cuerpo que estaba sin señales. A cada nuevo golpe, me llamaba cabrón y me preguntaba que qué había hecho, que así aprendería y vuelta a llamarme cabrón. Aquello de llamarme cabrón me parecía extremo, el colmo del insulto, yo era un niño, era casi peor que los palos que recibía. El castigo duraba ya mas de la cuenta, un solo vergajazo de aquellos, dispensado con aquella inquina, era ya mas de la cuenta y yo solo acertaba a decir que ya, que iba a ser bueno, que ya, por favor y en ese plan me volví a mear otra vez, pero esta vez me cagué también. Pero al parecer no fue suficiente para él aquella demostración de terror y desamparo. No fue suficiente señal para disparar la piedad en su corazón. ¿Sabría de qué se trataba?
 No dejaba de pedir perdón y prometer que iba a ser bueno, intentando esquivar a duras penas el horror que aquel hombretón de 39 años, cobardemente, me procuraba. Aquel crucifijo en la cabecera de la cama, no movió un dedo, el magnifico crucifijo románico primorosamente policromado, magnifica copia, colocada allí por un decorador de moda en aquellos tiempos en Madrid y equivoco, permanecía hierático ante la flagrante injusticia que se estaba perpetrando, al menos ante la desproporción de la pena. No puedo continuar porque no recuerdo mas, supongo que  me moriría para resucitar después y poder seguir purgando a conciencia el tremendo pecado cometido. Y desearía no poder recordar nada. Lo siguiente que recuerdo es a Beni subiéndome comida a la habitación y dándomela, porque yo no me podía mover. No se si  me metí en la cama o me metieron, debí perder el conocimiento en realidad y cuando desperté no sabía porque estaba en la cama, ni que hora era. De noche, porque no se filtraba luz por la persiana, pero nunca sabré si de aquel mismo día o del siguiente. Intente levantarme, de eso si me acuerdo, y no pude moverme. Alguien debió lavarme y ponerme un pijama. Tampoco se el tiempo que transcurrí en esta situación. Hoy ya sé que lo que me pasaba era que estaba en amnesia, lo que le ocurre a cualquiera que después de sufrir un trauma insoportable, ya sea psíquico o físico, o los dos, como me pasó a mi, se evade de manera inconsciente, borrando lo sufrido del registro de lo experimentado por serle insoportable y no entendible lo vivido. Pero queda registro, solo hay que saber encontrarlo entre la hojarasca de las penas acuciantes, sangrantes y arrancarlo como una mala espina, que nunca sabremos como encajar en nuestra historia; pero es conveniente buscar esas puyas, aventarlas, denunciarlas, para perderles el miedo, para inactivarlas, para olvidarlas, aunque no se consiga, solo la lucha, ya libera y ennoblece. No fueron horas, ni un solo día, lo que permanecí invalido, eso es seguro, probablemente algo menos de una semana, pero sin determinar si tres, cuatro o siete días, no lo sé, solo sé que fue un infierno en que el tiempo pasaba, dormido, incapaz de pensar, de decidir, porque no recuerdo nada. Nadie, absolutamente nadie, subió a verme, solamente Beni, la buena de Beni me llevaba comida y me daba algo de calor humano preguntándome muy bajito, el porqué había tenido que hacer yo eso, sin violencia, sin reproche, con disculpa, función de madre vicariada. Yo no respondía, no iba a responder a lo que no sabía, e inundaba de lagrimas mis ojos no se si de arrepentimiento o de pena porque acababa de constatar que en aquella casa no era muy bien recibido, nadie me quería, solo la muchacha. Me tendría que marchar, pero ¿dónde?, ¿como me ganaría la vida? Era muy pequeño, joder, era muy pequeño y había recibido penitencia de hombre. Ahora ya se que el tiempo que permanecí dolorido y postrado no ha terminado aún. Una cosa así, finalmente, se acaba por comprender que no acaba nunca.
¿Dónde estabas, mama?, ¿porque no me defendiste?, dos o tres vergajazos, vale, ¿pero aquello? Quiero creer que tu, mientras tanto, llorabas en un rincón pensando en que al final solo encontrarías un cuerpo desmadejado y muerto, pero me resulta difícil, no, imposible, el creerlo cuando al quedarme ya solo, roto e inconsciente ni siquiera subiste a ver el resultado de tus voces de  plañidera de tragedia griega. Mas fácil me es imaginarte, histérica perdida, dando la vara, terca como una mula, machacando a tu marido diciéndole que lo que necesitaba era una buena lección, y lo fue, ¡vaya que si lo fue! Con que desde abajo hubieses dicho con ese tono firme y amenazante tuyo “basta ya”, me habría sentido confortado, aunque hubiese seguido el enloquecido aquel todo el día apaleándome, pero no, de tu boca no salió nada, por lo que supongo que a cada nuevo golpe tu apostillabas eso que tantas veces te he escuchado, “para que aprendas, te está muy bien empleado”. Y no puedo dejar de preguntarte, ¿dónde estabas?, ¿tan malo era yo, como para eso? ¡Eran nueve años, coño, madre, solo nueve! Comprendo que los tiempos eran otros pero reconoce que los sentimientos de una madre siguen siendo los mismos, ¿por qué esa crueldad? ¿Fui realmente yo tan cruel con mi hermana?, ¿me lo merecía?, sinceramente, mama, ¿me lo merecía? ¿Disfrutaste?, ¿es posible que la degeneración general te hiciese llegar a eso? A día de hoy sigo sin entenderlo, y lo que es peor, te morirás y no me lo podrás aclarar nunca, a lo peor porque no tiene aclaración posible.
Y tu papa, ¿mereces, merezco, llamarte así?, ¿que sentías?, ¿no te dolía cada golpe que asestabas?, ¿tan despreciable me considerabas? Debías saberte el brazo ejecutor de la justicia divina al menos y te sentías obligado a aplicarla en todo su rigor. ¿De verdad te creíste que de esa forma ibas a reconducir mi vida, por supuesto, a la avanzada edad de nueve años, ya echada a perder? ¿No tuviste ni un mínimo escrúpulo? ¿No te dio vergüenza abusar de esa mala manera? Podría haber llegado a entender, mas tarde, mas mayor, que en el acaloramiento del momento te hubiese cegado la ira de padre sorprendido, zaherido, al ver a su niña pequeña intentada violar, ¿violar?, hasta eso admito, que te creyeses que yo quería violarla, y hubieses querido matarme, pero ¡esa frialdad!, ese dejar pasar casi veinticuatro horas me suena hoy a degustación del frío plato de la venganza, porque ¿fue una venganza, no es cierto? Me habría gustado contemplar tú decidida bajada de escalera, triunfante, orgulloso del trabajo bien hecho, padre responsable impartiendo justicia en el seno de su perfecta familia, comunicándole a tu mujer que ya estaba todo arreglado; tu sabías como reconducir las situaciones. Deberían haberlo publicado en el “Arriba” como ejemplo de los valores nacional-sindicalistas. ¿Sabes papa?, a veces me he llegado a preguntar si todo lo que fue mi vida a partir de ese instante no hunde sus raíces en aquellos espantosos minutos, si todo lo que hice no tenía la sagrada intención de humillarte, de avergonzarte, de verte derrotado. Mi alma inocente de niño clamaba venganza primitiva desde la incomprensión de aquella hecatombe. La violencia, papa, me enseñaste muy didácticamente, que solo puede generar más violencia y me asustó y aún hoy me asusta. Te agradezco al menos el haber podido recoger esa enseñanza, que la violencia, aplicada, por quien la aplique ni tiene justificación, ni más finalidad que alimentar la ausencia de raciocinio. ¡Y tenías el mismo cociente intelectual de Mozart!, de que poco te sirvió. La sangría de mi alma, que aún no ha cesado, cuarenta años después, ha mantenido viva la memoria del dolor injusto no para permitirme tomar revancha, que no la quiero, ha sido para recordarme que se puede, que se debe seguir adelante aún en las circunstancias mas adversas creyendo incluso que se fracasa. Y fracasando y todo, el triunfo está en continuar a pesar del dolor y el desengaño. Eso es la hombría, papa, eso es la hombría, no empuñar un arma contra un indefenso inocente.
Y a pesar de los pesares yo seguí queriendo a mi madre, nunca la culpé por aquello, me culpe yo, que había sido el causante del desavío. A mi padre, no se, no se si volví a quererle en algún momento. Lo que si llegué, fue a perderle todo respeto, le temía, nada mas. Si puedo decir que cuando, ya enterrado, me enteré de su muerte, nadie me avisó por otra parte, ni sentí, ni padecí, lamenté su muerte, como la de cualquiera, como una convención, pero me dejó frío, me disgustó no sentir nada, eché en falta la ausencia del calor de padre que se ha ido, pero no conseguí derramar ni una lagrima. Tampoco me alegré.

11.1.13