Como cada tarde Sebastián
recorría el trecho que le separaba de casa de su hija para recoger a su nieto
Guillermo de cinco años y llevarlo al parque, mientras su hijo, el padre del
niño echaba horas y hasta que la madre saliese del trabajo que a eso de las
siete pasaba por el parque a recogerlo. Cuando los rigores climatológicos lo
impedía Sebastián se quedaba en casa de su hijo cuidando al niño, pero en
cuanto el tiempo daba tregua salía al aire libre y como el parque no estaba
lejos de la casa aprovechaba. Hacía ya un año que se había quedado viudo, de
repente como suelen suceder las cosas importantes en la vida de una persona.
Regresó del trabajo como cada día y se la encontró sentada en la mesa camilla
con la costura entre las manos y la cabeza dócilmente apoyada en la oreja del
sillón. “Una cabezadita”, pensó, pero la falta de movimientos del tórax hizo
que de pronto se le descompusiese la barriga. Se acercó y estaba fría, como el
beso de la muerte. Muerte súbita diagnosticaron y Sebastián anduvo llorando
quince días hasta que la realidad se impuso. “Papá, ya no sabemos que hacer con
el niño, y Nuria y yo tenemos que trabajar, por favor, échanos una mano y
quédate tú con Wily por la tarde, sabemos lo que representa para ti, pero…”
Sebastián hizo de tripas corazón
y con su pena a cuestas llevaba todas las tardes a Wily al parque a que jugase
mientras él meditaba sus lágrimas sin poder resistirse a derramarlas de vez en
cuando. Pero pasaban los meses y no hay dolor por muy acervo que sea que no se
mitigue, así que con el hondo pesar de su ausencia en el corazón fue rehaciendo
el día a día a base de rutina.
“Papá estás adelgazando mucho le
decía su hijo Guillermo, no estás comiendo como debes, te vas a venir a casa a
comer todos los días, por lo menos una comida al día como dios manda harás”,
Sebastián miraba con ojos vacíos a su hijo, se le saltaban las lágrimas y
callaba. Sumisamente cada día iba a casa de su hijo a comer. Comía las más de
las veces obligado, pero lo hacía, luego sacaba a Wily al parque hasta que
Nuria le recogía unas veces a las siete otras a las ocho dependiendo de la
faena y camino de regreso a casa, solo, temiendo meter la llave en la cerradura
para encontrarse la frialdad de la tumba, pero no le importaba porque sabía que
su Joaquina pasaba el mismo frío encerrada en su nicho pudriéndose mientras él
podía arroparse cada noche y llorar de pena profunda, cada noche y soñar cada
noche con su cara deshaciéndose en jirones que eran devorados por gusanos
repulsivos, haciendo que se despertase sobresaltado empapado en sudor frío que
añadía más dramatismo al que él de por sí ya estaba sufriendo.
La mañana, se había obligado a
salir a desayunar a la calle, porque si no, no lo habría hecho. Siempre un café
manchado, que nunca fue de sabores muy intensos y una hojeada al periódico del
bar para luego dar una vuelta hasta el parque donde llevaba a su nieto por la
tarde a dar de comer a las palomas para lo cual compraba una bolsita de migas
que una pobre mujer vendía en la puerta del parque.
Una tarde, ya calurosa de
primavera avanzada Wily, al que no quitaba ojo de encima nunca, vio que trabaja
conversación con una niña de coletas rubias de unos once años. Se acercó,
porque no era el tipo de amiguita que esperaba en un crío de cinco años. “Hola
guapa, como te llamas” y como el rayo una mujer se acercó a él. “Que desea
usted”, y había en el educado y encorsetado “Que desea usted” un mucho de
violencia que a Sebastián le sonó fuera de lugar. “He visto a mi nieto Wily
hablar con esta niña y me he acercado, porque las edades no parecían muy
parejas”. La mujer aparentó relajarse, “Perdone usted, pero es que en estos
días, hay que estar con mil ojos”, “Si señora tiene usted razón, que edad tiene
su niña”, “once añitos, es Marisa. Marisa saluda a este señor que es el abuelo
de este niño”, “Wily” , le acotó Sebastián , “que guapo es”. “También su hija
señora”
Estaban los niños agachados
jugando con unos guijarros de colores en la piscina de arena cuando la niña
volvió unos ojos gatunos, grandes y del color del sol de otoño que se le
clavaron a Sebastián en los suyos para recorrerle despacio el cuerpo e ir a
depositarlos a media altura; luego esbozó una sonrisa imperceptible y se pasó
la lengua rosada y carnosa por los labios tan rojos que parecían pintados, tal
era el contraste con la blancura de su piel. A Sebastián le recorrió un
escalofrío la espina dorsal. Fue una sensación como de ultratumba, pero aquella
mirada plantada firme en aquella parte de su anatomía le inquietó.
“Anda Wily vámonos ya, que tu
madre tiene que estar al llegar”; no podía seguir en aquel lugar sometido al
taladro de los ojos de la niña rubia celestial con su vestido de punto inglés y
sus calcetines de encaje.
El niño se resistió lo suficiente
como para que Sebastián imprimiese a la orden un tono mas desagradable e
imperioso, “He dicho que nos vamos, otro día jugarás”. Wily puso morros pero de
la mano siguió a su abuelo. Anduvieron dando vueltas por el parque esperando a
Nuria hasta que volvieron a toparse con la madre y Marisa. “Aún no ha venido su
madre, hoy se retrasa”, se disculpó Sebastián pero la niña sin mediar más
palabra se le acercó le cogió dulcemente de la mano y le dijo “Quieres ser mi
abuelito también”. Sebastián tembló de excitación nerviosa encorajinado con él
mismo porque no se explicaba que estaba pasando. En ese momento llegó corriendo
Nuria a buscar a Wily. “Fui a la piscina de arena y no os vi, me alarmé, la
verdad”, la madre cogió a su niño le plantó dos besos y se despidió. Sebastián
le dijo que le acompañaba y se despidió atropelladamente de la niña de las
coletas rubias y de su madre.
“Les conoces de algo”. La
pregunta hizo que el abuelo se ruborizase y se despachó con un farfullo
incomprensible para terminar diciendo que la mujer era una grosera que se había
pensado que él había intentado hacerle algo a su hija, “Estoy indignado Nuria,
pensar eso de mí, si llega a estar tu suegra delante se habría enterado esa
mujer”.
“Vas a subir a cenar” y Sebastián
se disculpó diciendo que tenía unos sellos que acababa de comprar que tenía que
catalogar y dar acomodo en los álbumes, mintiendo y preguntándose a si mismo
que porqué mentía, pero tenía necesidad de llegar a su casa y sentirse solo
para poder indignarse consigo mismo por el cataclismo que aquella única mirada
de una niña inocente había provocado en él. Se tildó de degenerado, de
asqueroso pederasta por no poderse sacar de la cabeza esas trenzas rubias y
esos ojos miel oscuro que le miraban donde más le dolía y donde más placer
experimentaba y además donde más asco se daba a si mismo.
Sebastián no cenó ese día. Por
primera vez en muchos años no estaba pensando en su mujer, porque su cabeza
solo la ocupaba una obsesión esa mirada clavada en su entrepierna y lo que es
peor, cada nueva vez que traía, sin voluntad, esa imagen a su cabeza con más
ímpetu despertaba esa parte de la anatomía.
Fue al armario de las medicinas y
cogió una de las pastillas que su mujer tomaba para dormir y se la tragó, para
poder conciliar un sueño que se le adivinaba imposible.
Intentó dormir, pero ni la pastilla
podía conseguir que conciliase el sueño, haciéndole dar mil y una vueltas hasta
que de repente era de día y la noche había pasado. Esa noche no hubo pesadilla,
ni su mujer congelada de frío en el nicho ni su carne podrida: nada.
Se levantó felicitándose de haber
tomado la decisión adecuada, tomarse la pastilla. De ese día en adelante haría
lo propio y sus problemas comenzarían a diluirse. La niña del pelo de oro dejo
de ser la obsesión y él se fue a su desayuno descansado.
Sebastián se sentaba en una mesa
del café donde habitualmente iba al lado de un ventanal para poder leer con más
claridad el periódico. Enfrascado en un artículo de crítica literaria vio de
reojo una figura a través del cristal. No quiso que le distrajese y no
reconoció la figura pero de forma tan insistente estaba parada allí al otro
lado del ventanal, que finalmente atendió a quien con tanta insistencia
reclamaba su atención con su pertinaz presencia.
El corazón le dio un vuelco, el
café que tenía en la mano se le resbaló y empapó el papel prensa y el buche de
café que estaba intentando tragar se le fue por mal camino. La niña de las
trenzas rubias como de valkiria, y de ojos color de ocaso estaba muy sería
mirándole. Cuando él se comportó de forma tan torpe ella dejó su gesto adusto y
enseñó una hilera de dientes ligeramente separados y de una blancura de creta
dibujando en su cara angelical una sonrisa cautivadora en la que unos hoyitos graciosos
le aparecían en cada mejilla. La niña desapareció de la cristalera justo cuando
Sebastián miraba al camarero de la barra para pedir una disculpa tácita por su
torpeza. Se levantó, miro por la cristalera a derecha e izquierda pero nada y
cuando fue a sentarse otra vez la tenía a su lado. Inmediatamente el camarero
se acercó: “¿La niña va a tomar algo?, un batidito, de que lo quieres, ¿de
vainilla?”. Sebastián intentó argüir que esa niña nada tenía que ver con él
pero las palabras se le atropellaban en la garganta y para colmo de males la
niña se le agarró de la mano acariciándosela suavemente lo que tuvo como
respuesta en él, algo que terminó por escandalizarle. Su sexo respondía a la
caricia de la mano de la niña de forma contundente. Se soltó de la mano de la
niña como si de un hierro al rojo se tratase y con cara angustiada le dijo al
camarero, que le conocía de años, que esa niña nada tenía que ver con él. Como
respuesta la niña se abrazó a su pierna rozando peligrosamente partes sensibles
y mirando con faz de suplica a Sebastián. “Pues para no conocerla de nada es
bastante familiar Don Sebastián”. Sebastián cada vez estaba más nervioso, hasta
que por la puerta entró la madre de Marisa. “Hija no me des estos sustos, donde
te metes…, ah es usted, perdónela, es muy niña pequeña, por eso juega con niños
como su nieto”. Cuando la niña fue recogida de la mano por su madre dejó
resbalar la otra mano por la cruz de los pantalones de Sebastián provocándole
un calambre que le hizo dar un respingo. El hombre miró a la niña que le dedico
lo que Sebastián solo pudo interpretar como una sonrisa perversa. A medida que
la niña se alejaba volvía la cabeza y sin borrar esa sonrisa decía adiós con la
manita.
Pagó la cuenta y salió rumbo a su
casa, donde llegó y tuvo que cambiarse de ropa interior. Hacía más de un año de
lo de su mujer y en todo ese tiempo había tenido pulsión sexual alguna pero ese
único roce de la mano inocente por sus pantalones en una zona tan equivoca
había provocado una eyaculación acompañada de calambre mas que de placer y le
había empapado los calzoncillos.
Cuando llegó a casa de su hijo su
nuera le noto ausente. “Sebastián, te pasa algo, ahora parecía que ibas mejor”,
el hombre contestó con evasivas y se adjudico un poco de catarro y malestar
general para justificar su cambio de actitud. Pero no conseguía apartar de su
cabeza la sonrisa maleva de la niña de su cabeza y cuanto mas intentaba
apartársela mas sentía que su miembro le crecía dentro de su ropa interior y
eso le angustiaba, porque él no era un pederasta, era la niña la que le
provocaba, estaba seguro, o quizá todo fueran imaginaciones suyas, ya no sabía
que pensar.
Después de comer Nuria se fue al
trabajo y Sebastián una vez el niño hubo dormido su siesta y él leído a sus
clásicos, como era costumbre, salieron al parque. Iba temblando porque sabía
que iba a encontrarse con Marisa y le provocaba una sensación ambivalente, de
rechazo por una parte pero de deseo de verla, de dejarse absorber por esa
mirada inocentemente perversa y sin remediarlo imaginar como sería la niña sin
ropa, si tendría ya algo de pecho, si las areolas habrían empezado a aflorar y
los pezones comenzar a colorearse y sin remedio descendía a los infiernos en
los que encontrar una piel lampiña aún pero ya empezando a insinuar su destino
final con ese vientre plano adornado por un ombliguillo perfecto y el hueso del
pubis, siendo una niña delgada, como cordillera que separa el abdomen del valle
de la felicidad, con unos muslos blancos y torneados y sin poder dejar de
imaginar los veía como servían de cauce a los fluidos que resbalaban de los
labios de la niña que al frotarse unos contra otros al caminar le provocaban
una turgencia no correspondida con la edad que la niña tenía. Y sin querer su
erección era ya dolorosa pensando en aquellas lascivias. Intentó hacer volar la
imaginación a los mundos de Virgilio descendiendo de la mano de Dante hasta el
noveno circulo del infierno y no se veía en el segundo de los lascivos sino en
la sexta fosa del octavo circulo el de los hipócritas sumergidos en plomo
dorado para suplicio eterno, porque a la vista de todos el era un hombre
intachable, durante toda su vida y sin embargo estaba encenagado en el deseo de
una niña, ¡una niña! Si tuviera redaños se pegaría un tiro, pero miraba a Wily
que tenía locura con el abuelo y se le caían lagrimas amargas de dolor porque
de la misma manera que el tenía esos ojos rastreros para la niña que ya le
tenía encelado, quizá hubieran otros ojos que lo estuviesen de su nieto.
Iba mirando descaradamente a todo
el que se cruzaba a ver si miraba a su nieto y de que forma lo hacía, dispuesto
a perder la cara por defenderlo de un degenerado, como el mismo se consideraba.
Llegados al parque Sebastián fue
incapaz de sentarse, primero porque no tenía ojos para vigilar a Wily y segundo
porque no terminaba de ver a Marisa de lo que se felicitaba y al tiempo le
hacia sufrir; la ambivalencia persistente que de alguna manera le quitaba la
suficiente dosis de responsabilidad en lo que consideraba una aberración como
para no abrirse las venas. Algo muy en lo hondo le hacía sufrir por no poder
ver esos hilos de oro enmarcando una cara de querubín con mirada de lava
ardiente. Pensar en esa mirada, el roce sutil de la manita por su entrepierna y
la candidez equivoca con que le observaba detrás de la cristalera le
reprochaban su deseo de…, no quería ni permitirse seguir dejando que la
imaginación volase. Esa tarde la niña no apareció y Sebastián respiró tranquilo
y se contrarió, porque no viéndola poco a poco los recuerdos se irían
desvaneciendo hasta olvidarlos por completo y él podría volver a ser el de
siempre, pero ese fuego que le achicharraba por dentro cuando la tenía cerca y
le hacía sentirse joven, arrollador y potente otra vez, los echaría de menos.
Pero las cosas, pensó, están bien como están. Nuria llegó a recoger a su niño y
él se fue a su casa poniendo el achaque de los sellos como hacia siempre.
Pero cada noche la imagen de su
Joaquina fue sustituida por la de una niña de trenzas rubias que cada día que
pasaba sin verla más perdía los contornos de sus facciones y no era más que un
cuerpo de niña-mujer sin cara pero con ojos que miraban con intenciones aviesas
y hacían que Sebastián tuviese poluciones placenteras de las que se reprochaba
por la mañana. Hasta que llegó un día, en que pensó, que qué malo podía tener
el que tuviese unas píldoras de placer en su aterradora y estéril vida, cuando
ocurrían en el mundo de Morfeo sobre la que él no tenía ningún dominio. Hasta
que una noche de forma consciente, la imagen de Marisa sin rasgos muy definidos
y cuerpo que se parecía escandalosamente al de su Joaquina se le hizo
contundentemente presente en ese espacio de la noche en que aún no estás
dormido pero la voluntad se relaja y uno se abandona a la molicie del placer
del sueño que sobreviene. La erección fue explosiva y no fue capaz de desechar
de su imaginación una estampa de un sexo lampiño, como si su Joaquina se
hubiese depilado, pero con las ninfas puestas a buen recaudo entre dos
perfectas protuberancias convexas y asedadas paralelas insinuando entre ellas
una hendidura turbadora. A su Joaquina se le salían las ninfas por fuera, ese
sexo él sabía a quién debería pertenecer y sin embargo continuó con su masajeo
lento y moroso de su miembro que en pocos y suaves roces más entró en efusión
como un volcán rugiente permitiéndole que la cabeza le hiciese sentir mareo y recordar
ese mismo sentimiento como aquel, allá por su adolescencia, cuando una
compañera de Facultad le dejó acercarse en un “agarrao” y rozarse
descaradamente con ella. Inmediatamente terminada la soberana eyaculación se
echó fuera de la cama y se metió en la ducha, haciendo que el agua saliese fría
para congelar y a ser posible eliminar rápidamente esas imágenes que él era ya
incapaz ni siquiera de nombrar.
Los días y los meses fueron
pasando y aquella niña dejó de aparecer por el parque. Los sueños del abuelo
dejaron de ser tan insistentes hasta que llegó un momento en que desaparecieron
del todo sin que los aterradores de su Joaquina volvieran a hacer acto de
presencia. La vida del jubilado se estabilizó y la imagen de aquella niña de
trenzas rubias se deshizo como un azucarillo en agua caliente.
Sebastián siguió llevando al
parque al nieto cada día, salvo sábados y domingos en que salía con sus padres
que estaban libres.
Pasaron siete meses más y el
pasado fue eso, pasado y Sebastián olvidó como quería.
Su nieto ya más mayorcito cuando
iban por el parque campaba más por sus respetos con nuevos amigos, bicicleta
sin ruedecitas y necesidad de sentirse mayor. Wily iba y venía para tener
tranquilo al abuelo que se dedicaba a leer, su gran afición desde siempre.
Como todas las catástrofes tienen
sus prolegómenos, de pronto el sol que calentaba a Sebastián mientras estaba
zambullido en su historia, se apagó y los trinos de los pajarillos de alrededor
dejaron de escucharse. Sebastián levantó la cabeza y comprendió el porqué el
sol ya no le calentaba y los pajarillos a los que él echaba migas de pan habían
levantado el vuelo. Iluminada por la espalda por el sol durmiente de la tarde
le nimbaba de un velo dorado que le daba a la cabeza un aspecto angelical,
puro, de inocencia primigenia. “Hola, ¿te acuerdas de mí?”. La voz de Marisa
era menos aniñada aunque más melodiosa que meses atrás. En ese “Te acuerdas de
mí” había registros que solo era preciso saberlos leer para comprender que
llevaban un mensaje de perversidad, de deseo impropio. Al tiempo la niña se
llevó las manos al centro de su cuerpo, allí donde las piernas se unen en un
pozo de sensualidad y las intentó esconder dentro con el popelín fresquito que
le servía de vestido. Sebastián no pudo evitar observar el torneado de los
muslos y la marca casi insinuada del sexo de la niña entre sus manos.
El hombre intentó dominar la
situación. “Si, niña, claro que me acuerdo. ¿Y tu mamá? Le dijo Sebastián
mirando a derecha e izquierda intentando averiguar dónde se encontraba esa
mujer tan irresponsable que dejaba una niña tan pequeña sola hablar con un
extraño. “En casa, ya soy mayor, dentro de nada cumpliré trece años, me deja
venir sola” y sin mediar más explicación la niña se sentó en el banco al lado
de Sebastián, muy cerca de él, tanto que su muslo rozaba débilmente con el del
hombre. Sin poder controlarse y sin explicárselo, la erección fue no solo
explosiva e instantánea sino que se hizo evidentísima a pesar de los pliegues
del pantalón. Sebastián quería levantarse y marcharse, pero un calambre
deleitoso que le partía de la parte del ano y le ascendía por el fuste de su
miembro, pero por dentro del cuerpo le estallaba en una sensación tan
placentera que no era capaz de mover un musculo para cambiar de posición.
“¿Qué le ha pasado, señor, ese
bulto que le ha salido en el pantalón?” Y eso fue la gota que colmó el vaso. De
un brinco se puso en pie y sin volver la vista atrás saltó hacia adelante
llamando a voces a su nieto dejándose el libro que estaba leyendo sobre el
banco.
Tan fuera de lugar estaba su
forma de conducirse que el guarda del parque le preguntó si se le había perdido
un niño, cuando en ese momento divisó a su nieto Wily pedaleando por detrás de
unos setos de boj; “No gracias, está allí, ya sabe usted, los niños con las
bicis que se pierden de vista”. Llegó a la altura del niño y le obligó a
descabalgar y a sentarse con la excusa de que estaba ya sudoroso del ejercicio
y era preciso que descansase. La madre llegó al poco y el niño se fue con ella.
“Yo me voy a quedar un rato más” dijo Sebastián, porque en ese momento echó en
falta el libro y quiso dar tiempo a que la niña desapareciese para ir a
recogerlo. Y pensaba en la niña apoyándole de forma inocente (¿Cómo podría ser
de otra forma en una niña tan pequeña?) su mano en el pantalón y preguntándole
por la erección y no conseguía que esta decreciese, antes bien la tensión en el
glande crecía y ya notaba como empezaba a destilar fluidos propios de la
excitación, lo que contribuía aún más a enervarle. Fue entonces cuando se le
acercó alguien que desde lejos le hizo muchas fiestas y en quien reconoció a un
antiguo compañero de trabajo. Charlaron de sus cosas de jubilado rememorando
viejas glorias de cuando no eran tan estúpidos como ahora, como le decía el conocido,
pero tuvo la virtud de distraerle de su obsesión por la niña de las guedejas
rubias y serenarle lo suficiente para que al cabo del rato él se pudiera
despedir alegando que se había olvidado un libro en otro banco y debía ir a ver
si continuaba allí.
Efectivamente se dirigió con
cierta prevención al banco y de lejos y medio emboscado en unos jazmines
grandes pudo observar que la niña ya no estaba. Se acercó pero el libro
tampoco. Buscó al guarda del parque por si algún alma caritativa le hubiese
podido entregar su libro, pero no, nadie había entregado nada. Finalmente se
resignó a perder su libro y lo consideró una especie de penitencia por su
lascivia para con aquella niña. Ya tenía pensado no regresar mas a ese parque y
dirigirse con su nieto a otro un poco más alejado pero en el que a buen seguro
la niña de pelo de oro no se iba a encontrar.
Ya se iba para su casa cuando el
guarda vino buscándole. “Se me olvidó decirle que una señora preguntó por
usted, si sabía donde usted vivía, pues tenía algo que entregarle, yo le di su
dirección, a lo mejor hice mal, pero la mujer no parecía de mal aspecto y era
muy educada. ¿Usted sigue viviendo donde toda la vida no?”. Sebastián le
contestó que sí y se marchó para su casa meditando quien podría ser y que querría
de él una señora educada, aunque a buen seguro, no tardaría en enterarse.
El sábado siguiente, estaba
Sebastián después de su siesta escuchando las Vísperas de Monteverdi que le
elevaban hasta cotas de espiritualidad que le provocaban paz y sosiego cuando
sonó el timbre. Salió de su estado de medio éxtasis y fue a abrir la puerta sin
tomar la precaución de pensar quien pudiera ser.
El corazón se le detuvo al ver en
la puerta a Marisa de los rizos dorados y a su señora madre.
“Perdone usted, pero como se dejó
usted el libro el otro día en el parque…”
“Pasen, pasen”. Sebastián se
sintió obligado a hacerlas entrar dentro del marco de las estrictas normas de
buena educación.
“Anda dale un beso a este señor,
Marisa, que eres muy arisca” Sebastián tembló, agachó la cabeza y la niña le
rozó sus labios contra la comisura de los suyos haciéndole sentir que estaban
humedecidos y ligeramente entreabiertos. La respuesta de su cuerpo no se hizo
esperar y en esta ocasión el se encontraba en pijama pues se acaba de levantar
de la siesta, pero se dio la vuelta rápidamente haciendo la indicación de por
donde deberían entrar a su casa. Con disimulo indicó los asientos y él se sentó
en su sofá intentando disimular lo que pudo la erección, pero no quitaba ojo a
hurtadillas de la cara de la niña que sin perder su sonrisa falsamente
inocente, ahora ya estaba convencido, no quitaba ojo de su entrepierna. La madre
de la niña le entregó el libro a su hija, “Anda Marisilla, devuélvele el libro
a este señor, nos dijo donde vivía usted el guarda del parque que es muy
amable”.
La niña se acercó a Sebastián con
el libro en la mano y cuando éste fue a cogerlo, la niña le dijo que si quería
ver lo bien que leía ella ya. Sebastián no pudo negarse y la niña se fue a
sentar en el regazo del hombre que no pudo disimular ya la erección contra la
nalga de la pequeña perversa. “Sentada aquí estoy muy a gusto, mama”. La madre
sonrió satisfecha, “Es que ella no tiene abuelos, sabe usted y claro, no sabe
lo que es sentarse sobre las piernas de un abuelito”. La niña movía las nalgas
acomodándose de tal forma que el miembro de Sebastián quedase entre sus dos
carrillos. Comenzó a leer con bastante desenvoltura y en un momento la madre se
puso en pie alarmada. “Hay por dios”, Sebastián quiso ponerse de pie pero la
niña no estaba dispuesta a abandonar su posición de ventaja, “Que le pasa a
usted”; “Que tenía que recoger de misa a una tía-abuela que cuido y como no me
de prisa se va a perder, porque ella sale de la iglesia y se desorienta. A
usted le importaría quedarse con la niña un momentin mientras voy por mi tía” y
sin dejar espacio a un “no” la mujer tomó camino del pasillo hacia la puerta.
“No se apure yo sé el camino, usted siga con la niña escuchando lo bien que
lee”.
En cuanto sonó la cerradura de la
puerta la niña le echó los brazos al cuello al pobre hombre y le plantó un
sonoro beso en las mejillas. “¿Tu eres mi abuelito, verdad? Y se descabalgó de
sus piernas con lo que el alivio de Sebastián fue manifiesto. “Me estoy
haciendo pis, donde está el cuarto de baño”. El hombre le acompañó hasta la
puerta y la dejó allí; “No te vayas, que me da miedo, quédate ahí en la
puerta”, Sebastián entornó la puerta y se quedó esperando y al rato salió la
niña con sus bragas en la mano. “Me he hecho pis encima, me las he tenido que
quitar, pero eso da igual, mi mama me las lavará. Vamos a seguir leyendo. Cogió
al hombre de la mano y le llevó, y él mareado de lujuria, se dejo llevar hasta
su sillón y la niña en esta ocasión se acabalgó sobre una de sus rodillas levantándose
el vestido dejando al descubierto el sexo de niña, lampiño y cerrado como una
ostra, pero congestionado y turgente. Mi papa me montaba así y jugábamos a que
montaba a caballo levantando la pierna arriba y abajo, hazlo tú también, verás
que divertido. Sebastián comenzó a mover la pierna sintiendo su rodilla
impactar en el mullido del sexo de niña Marisa y no pudo evitar que su
erección se hiciese manifiesta. La niña se transfiguró en cuanto empezó el
vaivén sobre la rodilla; la cara se le alargó estiró la cabeza hacia atrás y
comenzó a gemir como si fuese una mujer adulta. Los gemidos de Marisa
estimularon al viejo que aceleró los movimientos de su rodilla y la niña de los
gemidos pasó a los gritos de desesperación y ahora además ya no hacia vaivén,
sino que se restregaba con fuerza contra la rodilla de Sebastián y en ese
momento sonó el timbre de la puerta. La niña se detuvo en su meneo y volvió la
cabeza hacia la dirección del pasillo con cara de asesinar a quien se le
pusiese por delante y luego continuó aún con redoblado esfuerzo.
“Es tu madre niña, levanta” le
urgió Sebastián a lo que la niña apretando las mandíbulas je masculló rugiendo
un “No” inapelable; dio dos embates más emitió un grito ahogado y se
desfalleció sobre el pecho de Sebastián como si estuviese dormida. Sebastián la
recogió en brazos y la dejó sobre el sillón y fue a abrir la puerta. Con el
susto, la erección había desaparecido.
Abrió la puerta con sobresalto y
la disculpa a la madre ya preparada: “La niña…” y se cortó al ver a dos hombres
malamente trajeados con su bolsa grande colgada al hombro y dando la paz.
“Váyanse al diablo, imbéciles” y dio un portazo que desencuadernó las bisagras
de la puerta. Sebastián estaba furioso, no sabía si porque le habían
interrumpido en su actividad lubrica deseada pero reprimida o porque no era la
madre que habría terminado con su tortura, que deseaba en ese momento como nada
en el mundo.
Regresó a la sala y la niña
dormía plácidamente en su sillón con la cabeza apoyada en uno de los brazos, las
piernas ligeramente separadas y las manos unidas como en una oración de pureza
religiosa en el centro del pecho. Se quedó delante del sillón observándola como
subía y baja el pecho con las respiraciones y reparó en como los incipientes
pezones se marcaban cuando tomaba aire pausadamente.
Fue una reacción automática. Con
sumo cuidado sujetó el vestido de la niña por el bajo y lo levantó dejando al
descubierto su sexo infantil. Ni un vello, una convexidad alargada perfecta y
una hendidura insinuada rectilínea que prácticamente le obligaron a resbalar
sus dedos, sin intención de más, por la hendidura. Primero acarició los muslos,
delicados como piel de melocotón de Calanda y los pliegues entre los que se
perdía su fruto de la pasión. Al recibir la caricia la niña sufrió un
estremecimiento sin aparentar despertarse y el dedo del abuelo adquirió vida
propia y se insinuó entre los montes de seda. Comprobó la humedad, la textura,
la lisura y se mareó. Se arrodilló delante del sillón y si pensarlo más paso la
lengua con delicadeza por entre sus labios y cuando se dio cuenta la niña gemía
y colocaba sus manitas dulces en la cabeza del abuelo instándole a penetrar con
la lengua hasta donde llegase.
Sebastián se asustó. Él no era un
pederasta. De un bote juvenil que a él mismo sorprendió se quedó de pie delante
de la niña que le miraba a los ojos desde su posición medio acostada y le
preguntaba “Es que no te gusta” con cara angelical de inocencia. “Házmelo otra
vez, me da una sensación que me gusta mucho, me gusta más que cuando me lo hago
yo con el dedo delante del espejo”. El corazón de Sebastián iba a demasiada
frecuencia, le dolía el pecho y no tenía la pastilla a mano, y los ojos no los
podía apartar de la entrepierna de la niña que cada vez se abría más hasta
quedarse en el sillón como una rana de laboratorio con las piernas
completamente abiertas reposando las rodillas sobre el asiento y por mor de la
posición su sexo de niña se abrió como un libro infantil de tan solo dos hojas
dejando ver dentro otras dos hojas rosa claro y de consistencia tierna. Marisa
comenzó a estimularse con sus dedos la zona con una procacidad impropia de esa
edad mientras entrecerraba los ojos sacramentalizando un placer que no dejaba
dudas de cuales eran las intenciones de la diabólica niña en relación al pobre
viejo presa de su libido largamente olvidada y que de repente como un volcán
estromboliano lanzaba sus productos mas ardientes a kilómetros de distancia de
su sentido de la honestidad. Ensalivaba profusamente decidido a la lanzarse a
consumir aquel sexo tierno y suave cuando el timbre de la puerta volvió a
sonar. La niña sin alarmarse, como si tal cosa, recompuso su habito, se calzó
las bragas supuestamente manchadas de orina y el trajecito fresco de popelín al
tiempo que decía de la forma más inocente: “Es mamá”.
Sebastián se dirigió a la puerta
deseando y no haciéndolo a la vez que fuese la madre de la niña y que la
tortura terminase. La erección a pesar de todo se resistía a abandonar su
deseo, pero pudo disimularlo lo mejor que pudo y abrió la puerta. La madre muy
alarmada por la tardanza se deshizo en disculpas; la niña salió al encuentro en
la puerta con la misma cara de ángel santo y se aupó para dar un beso en la
mejilla a Sebastián. “Ha sido muy bueno conmigo mamá” le dijo con cara de no
haber roto un plato en su vida; “si ella es muy buena” contestó orgullosa la
madre. “Muchas gracias por todo y perdone por el desavío, que seguramente usted
tendría sus obligaciones. Muchas gracias una vez más”, y salieron por la puerta
madre e hija. Antes de cerrar la puerta definitivamente la niña volvió la cara
y adoptando una cara pérfida sacó la lengua y se humedeció los labios al tiempo
que decía con entonación pueril “hasta otro día, abuelito”.
Sebastián cerró su puerta y se
dejó caer tras de ella agitado. La erección no había cesado aún y le satisfacía
la sensación, como de adolescente de la punzada urgente, el alivió rápido en
cualquier esquina, tras de cualquier tapia viniendo del colegio. Pero la
naturaleza pone las cosas en su sitio, la respiración fue cesando y el corazón
atemperándose, con lo que la erección no fue más que un recuerdo húmedo de
esmegma pegajoso ensuciando el calzoncillo. Respiró al fin más tranquilo y se
fue a su salita a sentarse en su sillón, pero la imagen de la ninfula
desvergonzada abierta de piernas enseñando su sexo no se le caía de la mente
hasta que cayó dormido fruto de la excitación que le consumía las fuerzas.
Cuando despertó era ya hora de
cenar y se tomó un caldo como si fuera cuaresma y un trozo de fruta y dolido
por lo que ya era historia antigua se fue a su cama añorando como cada noche a
su amada Joaquina y avergonzado porque de haber vivido ella, se lo habría
reprochado vivamente aunque lo más probable es que nunca hubiera llegado a
suceder.
Las semanas se sucedieron y como
suele pasar los recuerdos quedan desleídos en una memoria que ya no es lo que
era y en el parque no volvió a ver a la niña aunque en lo más hondo de su ser
más animal, más parafilico la deseaba, pero conseguía domeñarlo. Hasta que llego
el día en que se levantó y acostó sin recordar para nada el nombre de Marisa.
Habría pasado medio año más
cuando una tarde en que Sebastián placidamente releía la Iliada el campanilleo de la
puerta le sacó del ensimismamiento. Dejó el libro con delectación después de
señalar la página sobre la mesita auxiliar y fue a la puerta pensando en algún
mormón o testigo que querrían salvarle de su propio pasado.
El corazón se le detuvo, solo
supo boquear como un pez recién pescado y los vellos de la espalda se le
erizaron como a los del gato que presiente un peligro inminente. Allí estaba
Marisa, sería el comienzo del otoño, con una faldita tableada por encima de las
rodillas, una blusita tenue sin llegar a trasparentarse pero que dejaba bien
claro que lo que hacía seis meses, eran proyectos de mamas, ya lo eran con todo
el derecho. Llevaba unos calcetincitos blancos con unas bailarinas de color
azul marino que remataba la imagen perfecta de la adolescente estrenando su
nueva condición. El cabello lo llevaba recogido en una cola con una goma
adornada por un osito lo que le dejaba la cara exenta y le resaltaban aún más
los ojos inocentes de angelote rodeando una Purísima.
“¿Puedo pasar?”. Y en esa única
frase, simple, concisa, inocente se resumió todo un semestre de vida no vivida
conscientemente y le afloró su deseo desaforado que él había conseguido
reprimir a base de normas sociales de uso, de educación recibida desde siempre,
de recuerdos de su Joaquina que él creía que le salvaban cuando lo que hacía
entre todo era aumentar la presión de la caldera para que cuando llegase este
preciso momento estallase en una deflagración que no iba a dejar títere con
cabeza. Y pasó.
Sebastián intentó ser lo más
neutro posible y natural, en un último esfuerzo porque aquella situación se
resolviese sin bajas, pero la niña, ninfula malvada y lubrica, iba a lo que
iba; a merendarse a un pobre viejo deseoso de recordar y reeditar viejas
glorias pasadas y olvidadas y que con la niña se le presentaban como algo
perfectamente realizable. Los instintos depredadores ganaban terreno y cada vez
más se abandonaba al deseo de poseer a cualquier precio, con el raciocinio
nublado y el deseo como gran almirante de la flota de sus sentidos.
Intentó coger de forma torpe una
de las tiernas mamas de la niña, pero no contaba con que desde siempre la que
llevaba la voz cantante era ella que desde que le vio le colocó en la diana de
sus deseos más sálicos y ella era la que iba a dominar los tempos. Se zafó de
la presa que intentaba hacer Sebastián ya medio loco de pasión y adoptando su
papel de niña hizo un puchero y amenazó con irse a su casa a decirle a su mama
que él quería tocarle donde su madre expresamente le había advertido que nadie
debería tocar. Sebastián se turbó y se vio de pronto esposado y en el
cuartelillo expuesto al escarnio y con sus hijos y nieto avergonzados de su
comportamiento. Se vino abajo, escondiendo la cara entre las manos y comenzó a
sollozar pidiendo perdón a la arpía que le manejaba a su antojo. La niña le
consoló al tiempo que le llevaba la mano a sus pechos: “Anda tócalos un
poquito, están suaves, suaves y la bolita roja del centro cuando me la toco yo
me da una especie de calambre que me gusta mucho”. Sebastián se resistió al
principio, pero la niña cerró de un portazo la casa y le obligó a cogerle los
pechos desabrochándose la camisa. “No llevo bragas, ¿sabes?” le anunció con la
más inocente y dulce de las voces. “Porque no vamos a tu sillón y hacemos lo
del caballito pero los dos sin ropa”. Sebastián estaba mareado de lujuria pero
aún supo conservar algo de raciocinio y le preguntó que qué hacia sola allí.
Ella explicó que iba a clase de piano pero que su profesora estaba mala y le
había dado la tarde libre y como estaba cerca le pareció bien pasar a
saludarle. A continuación le cogió de la mano y le condujo como el que lleva a
un niño pequeño hasta su salita donde estaba el sillón. Al llegar ella con toda
la naturalidad se quitó su camisita y se desabrochó la falda tableada,
quedándose desnuda sin el menor pudor delante del pobre viejo al que se le
salía la saliva por la comisura de los labios. Estaba impávido, sin saber como
actuar y ruborizado de ver a la niña desnuda con la mayor naturalidad.
“¿Quieres que te desabroche el pantalón yo?”. La pregunta de apariencia inocente
encerraba todo un tratado de lujuria envasada en piel de melocotón.
Sebastián como un autómata se
desabrochó la correa y luego el botón del pantalón que cayó a sus pies dejando
a la vista unos calzoncillos que con su Joaquina viva jamás habría llevado, con
la marca de la última gota de orina empapando el algodón como a buen prostático
correspondería y que su mujer habría tenido siempre blanco como la creta,
brillante como el nácar de una perla. La niña se echó la mano a la boca
reprimiendo la risa por la mancha amarillenta en el calzoncillo al tiempo que
le reprochaba en tono menor que se mease siendo tan mayor ya. Pero no por eso
el abultamiento de su plena erección se desalojó. La niña sin pedir permiso
bajó el calzoncillo a Sebastián y tomándole por su virilidad se acarició con
ella sus propios genitales al tiempo que le decía que ya se veía con aquel
trozo de acero caliente dentro de su cuerpo. “¿Tu quieres hacer eso en mi
cuerpo, abuelito?, no te importa que te llame abuelito”, y antes de que el hombre
reaccionase la niña se había arrodillado delante de él y lamía con suavidad de
seda el frenillo del hombre terminando por ocupar su pequeña boca con la mayor
cantidad de anatomía del hombre como pudo. Y en ese momento sintió que el
orgasmo le sobrevenía sin podérselo reprimir. Sujetó de forma instintiva la
cabeza de la niña para que no se retirase y se vació dentro. Cuando acabó la
niña le recriminó que le sujetase la cabeza; “No pensaba retirarme eso que te
ha salido me ha gustado y al tragármelo he sentido un cosquilleo así como en el
estomago, un calambre que me ha llegado hasta las piernas”.
En ese momento Sebastián sintió
la garra de fuego que le atenazaba el pecho. El aire de la habitación empezó a
faltar y la cara a palidecer. La niña se asustó, “Que te pasa abuelito”.
Sebastián pudo dejarse caer sobre el sillón. La respiración agitada hasta que
se detuvo. La niña intentó zarandearle un poco para reanimarle hasta que
escuchó un ronquido como de ultratumba que la espantó. La cabeza de Sebastián
cayó a un lado y un hilillo de saliva rosa le resbaló por la comisura. La
habitación comenzó a oler a heces frescas. Marisa no hizo nada más que vestirse
con la celeridad justa y salir de la casa apresurando el paso. Antes de cerrar
la puerta tras de sí dijo en voz baja “¡Que felices podríamos haber sido los
dos jugando!”
17.2.13

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