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miércoles, 27 de febrero de 2013

LA VENTANA DEL HOSPITAL

La Ventana del Hospital




Poco a poco fue abriendo los ojos, pudiendo comprobar, que aunque no tenía idea de donde se encontraba, el sitio no era del todo desagradable. No sabía la razón, pero no se podía mover, aunque por otro lado, tampoco tenía muchas ganas de cambiar de postura, nada le molestaba; tan no le molestaba, que no se sentía nada.
Le llamó la atención la brillante, densa, espesa luz que le golpeaba y le obligaba a entrecerrar los ojos. Le molestaba en la cara y a un tiempo le producía alegría, optimismo, ese derroche de claridad luminosa y saltarina que le calentaba las mejillas. Se le antojó en ese momento que la temperatura de su cara era sofocante y decidió bajar la persiana de aquella ventana por la que se colaba sol y rumor del exterior en forma de voces y murmullo de tráfico. La orden salió de su cerebro, presta y confiada en busca de sus piernas, de sus brazos, de su cuerpo que sordos a sus voces de orden se negaron a moverse. Cuando él se hacia ya de pie cerca de la ventana, aún permanecía como una estatua de alabastro anclada a la cama. Una desagradable sensación de vértigo le partió de algún sitio que fue incapaz de determinar y rindió viaje en su cabeza donde le provocó una reacción de terror como la que provocaba Pan al tocar su siringa para atemorizar a los invasores del bosque. Intentó no perder los nervios. Se serenó a duras penas, bregando con la impaciencia. Se negó a admitir lo que su raciocinio ya le susurraba al oído del alma. Volvió a intentarlo. Nada. El quería, el mandaba, pero era como un general sin ejercito; conocía perfectamente cual era la estrategia, que táctica había que llevar a practica para llegar a conseguir su fin, pero no había tropa para ponerlo en practica..., o la tropa había fenecido en anterior combate. También podría suceder que el general hubiese quedado mudo y fuera incapaz de trasmitir ninguna orden; desazonador, desesperanzador, aterrador. Rápidamente tomó conciencia de lo que estaba pasando y porqué estaba pasando. Ahogó un quejido.
Efectivamente, aquella habitación tan despejada, tan blanca, tan devastadamente vacía, tan inhóspitamente acogedora, solo podía ser la habitación de un hospital y él era protagonista pasivo de ese cuadro. Tuvo que recapitular. ¿Por qué? ¿Cómo había llegado hasta esa situación? No recordaba nada más que vaguedades, fugaces trazos de luz en la oscuridad de una conciencia embotada. Hizo un esfuerzo, pero no rescataba de su memoria más que fotogramas amontonados sin orden a los que era incapaz de dar coherente interpretación. Quizá estuviese sometido a algún tipo de tratamiento que le mantenía inmóvil o estaba dormido y creía que había despertado. Decidió demorar ulteriores decisiones sobre su estado hasta que no pasase algo más de tiempo y llegase alguien que pudiera ayudarle a aclarar la situación. Volvió la cabeza y alcanzó a ver como un macarrón de plástico se perdía en su brazo, pero no le molestaba, no lo sentía. El susto volvió a hundir sus garras en él y lagrimas se le asomaron a los ojos a ver que estaba pasando.
Volviendo la cara a la ventana, como intentando escapar de aquella situación que por momentos se volvía mas violenta para él, reparó en la copa del árbol que ornaba el lienzo de cielo enmarcado por la ventana que se veía desde su cama. No habría sabido que clase, de que especie arbórea se trataba. Su madre, de estar allí, ¿por qué no estaba su madre allí?, le habría sacado de dudas, sabía de plantas más que nadie. Pero daba igual, aquellas hojas, de irreal verde intenso, brillante, de textura recia, tan abundantes eran, que ocultaban los troncos de las ramas que las sostenían, hacían que se disparase la fantasía de que las hojas levitaban y se mantenían juntas como una bandada de estorninos que detuviesen su vuelo para entretenerle a él. Un suave viento, brisa primaveral, las agitaba, terminando de componer la quimera de que cada hoja era un pajarillo. Escuchaba retazos de conversaciones de gente apresurada que pasaban debajo de la ventana y algunas frases enteras de quienes buscando refugio cabe la sombra del árbol, de su árbol, reposaban haciendo un alto en su camino. Frases de amor, frases de desengaño, frases de esperanza, miserables o de reproche.
Un gorrión, el golfo de los pájaros, fue a posarse en una supuesta rama, de las mas cercanas a su ventana. Parecía que miraba hacia dentro del cuarto. Se quedó allí quieto durante unos interminables segundos mirando a los ojos de Javier. Nunca habría imaginado que una ser tan menudo pudiera tener una mirada tan inteligente. Parecía que quería trasmitirle algo; esperanza, alegría, futuro, determinación.
El gorrión sin mas preámbulos dio un salto y se plantó en el alfeizar de la ventana comenzando a piar, alegre y optimista. A saltitos fue recorriendo todo el vierteaguas hasta quedar lo mas cerca de la cama que se podía.
Javier estaba hipnotizado por aquel comportamiento. Se le había olvidado que había intentado, por dos veces, moverse y no lo había conseguido, lo que estuvo a punto de sumirle en la histeria, y sin embargo ahora, contemplando el pajarillo se sentía alegre.
De repente, aquel ser libre y despreocupado, se irguió sobre sus patas, estiró su cuellecillo mirando a todos los lados y antes de que Javier pudiese imaginar que es lo que pudiera ir a pasar, el gorrión dio un salto y en un cortísimo vuelo fue a aterrizar en los pies de la cama fascinando aquel cuerpo muerto, desfallecido, que presidía una cabeza con todas las ganas de vivir intactas.
Javier estaba hipnotizado. Nadie se lo iba a creer, porque era increíble. El gorrión comenzó a dar saltitos por encima de la colcha bajo la que se encontraba el cuerpo muerto. A cada pocos saltos, se detenía, miraba, insolente, a todos los lados y continuaba en su trayecto que culminó en el mismo embozo, blanquísimo, de la cama, cerca, cerca de la cara del encamado. Pero si lo que estaba sucediendo le parecía extraordinario a Javier lo mas fuerte estaba por llegar. El muchacho comenzó a inquietarse temiendo, que igual que aquel descarado pajarillo se había plantado en su embozo podía en cualquier momento lanzarse a su cara a picotearle y ¡no tenía defensa!. Por más que intentaba mover una de las manos, un dedo siquiera, estaba incapacitado. A punto de perder los nervios del todo surgió lo impensable.
-          Tranquilízate Javi, que no te voy a comer, ¿no ves lo chico que soy? Solo he venido a ver como estabas. Me ha costado encontrarte, pero ya veo que estas descansando. ¡Ah!, ya veo que no me conoces. Soy tu gorrión de la guarda.
Javier no daba crédito a lo que estaba pasando. ¡Caramba!, los gorriones no hablan y menos guardan a nadie. ¡Ya estaba!, estaba dormido y estaba teniendo un mal sueño, de ahí ese sentirse inmóvil, paralítico, solo la palabra le producía escalofríos. El hecho de que ahora el pajarillo aquel perorase, tan suelto de pluma, corroboraba su sospecha.
-          ¿Qué es eso de gorrión de la guarda? ¿Tú no sabes que lo que suele guardar en estos lares es un ángel? Y además eso es una antigualla. No pienso hacerte caso, porque esto no es más que un mal sueño, así que desaparece ya porque no te creo.
El gorrión se quedó con el pico abierto. Entorno sus ojillos y meneó la cabeza de lado a lado, dejo caer sus alas desfallecidas a ambos lados del cuerpecito y suspiro aburridamente.
-          Ya veo, ya veo. Otro que no me cree. ¿Qué he de hacer para que me creas?
Se quedo pensativo y comenzó a saltar de izquierda a derecha de la cama. De repente se detuvo y de un corto vuelo se volvió a colocar frente a frente a Javier.
-          Vamos ver, listillo. ¿A que no sabes que es lo que haces aquí y porqué por mas que lo intentas no consigues mover ni un dedo chico?
-          Si lo sé. Esto es un sueño, mas bien una pesadilla. De un momento a otro mi madre me despertará para ir al Instituto y ahí habrá acabado todo.
-          ¿Tu tienes moto, verdad?, ah, ah, no me contestes todavía, déjame terminar. ¿Y tienes un casco precioso, a que sí? De los caros. Y también es verdad que no te lo pones porque, o bien es que se ríen de ti, o, “total voy dos calles mas allá”, o peor..., “a que no tienes narices de no ponértelo”. Tu amiguita Elena, ¿no es verdad que se lo dejas a ella cuando la llevas de paquete?, gesto que te honra por otra parte pero que te lleva precisamente donde ahora te encuentras.
De repente, como si un espíritu organizador se hubiese puesto a trabajar a destajo, los fotogramas descabalados que se le amontonaban en la memoria se colocaron prodigiosamente coherentes y le contaron en una décima de segundo la razón de su presencia en aquella habitación:
“Yo te llevo Elena, no es mas que un trecho corto pero amenaza lluvia, venga, con mi moto es cuestión de segundos pero, toma, ponte el casco. A mi no me hace falta, yo controlo, además ya te he dicho que no tardamos nada. ¿El trafico?, con la moto no hay atascos que valgan”.
A continuación todos los fotogramas estaban en negro hasta que se iluminaban unos que le hacían a el en aquella habitación.
-          ¿Ya vas recordando, verdad?. ¿Hasta donde llegas, antes o después del semáforo que se te abrió en verde para que pudieras pasar? ¿Recuerdas el “¡cuidado!” de Elena?
Javier empezó a tener miedo de verdad. Ahora que se lo recordaba el absurdo gorrión parlante, si, aquel “cuidado” fue un grito lleno de terror y angustia de Elena y luego aquella mancha roja que se le echó encima a gran velocidad. Luego negro, todo negro, nada.
-          No te apures hombre, a Elena no le ha pasado nada de nada. El casco le ha salvado la vida. Si tu lo hubieses llevado..., quizá ahora no estuviese yo aquí interesándome por ti, pero como soy tu gorrión de la guarda...
-          Bueno, hombre, o gorrión, ya vale, con la bromita. Si tanto sabes me podrás decir que es lo que me pasa a mi. ¿Por qué no me puedo mover?
-          Allí mismo un señor muy listo, vestido de azul, que llegó en una furgoneta pintarrajeada de luces y colores y haciendo mucho ruido y con malos modos, que todo hay que decirlo, se puso a decir que tu ya estabas listo, que si paralítico para siempre y eso con suerte y la pobre Elena que lo escuchó no veas el disgusto que se llevó. Todos se creen que te has roto el cuello. Pero no. Te lo digo yo. Se te ha asustado la medula para que te asustes tú a ver si la vez siguiente te pones el casco. Si, estas paralizado de cuello para abajo pero en cuanto el medicamento ese que te están metiendo por el brazo haga de las suyas podrás empezarte a mover, no va a ser fácil, pero en quince días como nuevo. Te lo digo yo que como gorrión de la guarda me encargué que el cuello no se llegase a romper. La moto, eso si, para el arrastre, no tiene solución, pero bueno cuando recuperes tus piernas te va a dar tanta alegría que no querrás ir ningún sitio si no es andando. Ahora me tengo que ir porque tus padres están a punto de llegar y no estaría bien que me viesen aquí. A un colega mío que se retrasó un poco le echaron una sabana por encima y le cogieron y si no llega a ser por uno de nuestros guardianes honorarios, un celador, allí le cantan el gorigori. Ahora descansa tranquilo y no te preocupes de nada más. Eres un buen chaval pero el casco, ¡ay el casco!, bueno ya está todo terminado.
Javier vio como el gorrión de un certero salto echaba a volar y salía por la ventana sin detenerse siquiera en la rama del árbol. De repente se dio cuenta que no le había preguntado el nombre.
-          ¡Eh, eh!, ¿como te llamas?, no me has dicho como te llamas.
-          Ya hijo, ya. Estoy aquí, mama está aquí.
La madre de Javier entraba en la habitación acompañada del padre y el médico encargado de su caso. Al escuchar a su hijo preguntar por su nombre se alarmó sobremanera y se abalanzó a consolarle mientras le revestía de besos empapados de lagrimas.
-          No se inquiete señora eso es normal, esta muy agitado, el traumatismo cerrado ha sido brutal. Hasta que no pasen unos días no sabremos las secuelas reales aunque no quiero darles esperanzas. De momento está tetrapléjico y esa situación será difícilmente solventable. Una fractura de cuello con la lesión medular que eso conlleva hoy por hoy...
-          Pero es que es muy joven, son quince años solo. Mi niño no puede quedarse paralitico, no puede. Hagan algo, la medicina está muy avanzada, díganme cuanto cuesta, lo que sea, donde hay que llevarle...
-          No señora, tranquilícese. Vamos a dejar descansar a su hijo, vamos a mi despacho, allí hablaremos.
-          ¡Mama!, espera. No te vayas. Papa, ven tengo que deciros algo.
Rápidamente el medico de acercó a controlar las constantes del enfermo y a tranquilizarle.
-          Descansa Javier, todo está controlado, no pasa nada.
-          Si que pasa. Pero no es lo que usted se cree. Déjeme que hable con mis padres, a solas por favor.
El medico respetó la decisión del paciente. Miró de forma conmiserativa a los destrozados padres y haciendo un gesto de impotencia salió de la habitación.
-          Solo quiero que mientras os digo lo que tengo que deciros no me interrumpáis ni me toméis por loco. Como yo lo he vivido así os lo voy a contar y como yo me le he creído así lo habéis de creer vosotros. Y aunque no me creáis respetar mi visión. Si no es cierta, al menos los próximos quince días podré vivir sujeto a una esperanza, la que luego no volveré a tener si estoy equivocado.
Javier contó punto por punto todo lo que le había dicho su gorrión, sin ahorrarse ni una coma y aunque por las expresiones de las caras de sus padres comprendía que le escuchaban por deferencia el quiso continuar hasta el final.
Cuando hubo terminado ni su padre ni su madre podían contener el torrente de amargura que se desbordaba por sus ojos. En ese momento, tan agitado como los papeles que traía el medico en la mano entraba bruscamente en la habitación visiblemente emocionado.
-          ¡Que no, que no! No señores, no era eso. No saben lo que me alegro. Estaba equivocado, estábamos equivocados todos. Se va a recuperar, no se cuantos días tardará en empezar a verse la mejoría pero se va a recuperar.
La madre de Javier, ya mas serena y aún con lagrimas en los ojos, le contestó.
-          Ya, ya lo sabemos, unos quince días, que a él se lo ha dicho su gorrión de la guarda.
-          ¿Cómo dice señora?, ¿que dice de un gorrión de qué? Llamaré al psicólogo del centro, ahora que parece que esto se encarrila no quisiera que esto se me fuese de las manos otra vez.
El padre de Javier secándose sus glaucos ojos de las postreras lágrimas, de alegría que endulzaron las últimas de amargor, terció en la conversación.
-          No hace falta ningún psicólogo, créame, son cosas del acervo propio de las relaciones materno filiales. No es más que una forma de hablar. Estamos muy agradecidos a todos ustedes por sus desvelos, ahora, déjenos solos para poder disfrutar de la buena noticia en familia.
El medico salió de la habitación confundido por la falta de respuesta ante la magna noticia que él creía honradamente que iba a dar. Tan de perplejidad se le quedó la cara al medico que una enfermera que pasaba por allí tuvo que preguntarle.
-          ¿Le ocurre algo doctor?
-          Pues no sabría que decirle si me han agradecido o me han reprochado que les dijese que su hijo no se iba a quedar tetrapléjico. La gente es cada vez más rara.
Al cabo de un buen rato los padres de Javier fueron reclamados a administración para papeleos y el padre fue a solventarlos mientras la madre se quedaba con el hijo. En eso un gorrión se posó en el alfeizar.
-          Mira, mama, ahí está mi gorrión de la guarda.
Cuando la madre volvió la cara el gorrión emprendió la marcha a la misma velocidad con la que había llegado hasta la ventana.
-          ¿Tu me creíste, verdad, mama?
-          Es nuestro oficio de madres, hijo, ¿no lo sabes?, creer a nuestros hijos hasta en los disparates mas enloquecidos, incluso en los disparates ciertos como el tuyo.

27.2.13

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