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lunes, 12 de noviembre de 2012

NO ES MAS QUE AMARGURA

No es mas que amargura


Doy por perdido el juego
Ya no espero que te mueras
Me conformo si me muero
Y ya se hace larga la espera,
Porque el cuerpo se resiste,
La mano vacila inquieta
Para al final derramar,
Por los suelos,
Ilusiones y esperanzas
Junto a venenos piadosos
Que sin coraje no escancias.
Brebajes de mala hechura
Que no se pueden tomar
Resignándose a los restos
A escucharse los reproches
Que solo son de recordar
De cuando joven reía,
Y de maduro me holgaba
Con todo lo que encartaba
Mientras tú te desgastabas
En limpiezas y bobadas.
Ya no puede ser más triste,
La imaginación se desgasta
El cuerpo se desbarata
Y vives por las pastillas,
Aunque a fuer de bien nacido
Se tenga que agradecer
Que la vista es lo que queda
Y por la calle mirar
Lo que te hace olvidar
Esperando que algún día,
(No lejano)
En lugar de morir yo de mala gana
Lo hagas tú en la próxima semana.

12.11.12

domingo, 11 de noviembre de 2012

LA MUERTE MAS DIGNA

La muerte mas digna


El sol se desplomaba de lo alto con pereza indiferente, castigando sin culpa la tierra, que sin quejarse, se agrietaba a medida que la humedad se escapaba de entre sus dedos de barro. Gruesas perlas trasparentes y saladas de tersa superficie brillante reflejando mil  soles en su convexidad, rodaban por la frente evitando, a base de voluntad los surcos que el tiempo se había entretenido en tallar sin prisas en la piel del desesperado Set, estrellándose en los cilios de la cejas por entre cuyos tallos se dividían en multitud de regatos que iban confluyendo al termino del bosque piloso para volver a reencontrarse en gruesas gotas que eran conducidas hasta la raíz de la nariz y resbalaban por su caballete hasta que llegando a la punta, antes de despeñarse, se aferraban con fuerza negándose a caer hasta acostumbrarse al vértigo que les producía el inminente salto al vacío al termino del cual el reseco suelo esperaba ansioso  recibir esa sola gota liquida.
Sin atreverse a mirar fijamente el disco reluciente, del que le defendía su tosco sombrero de fibras, entretejidas por las toscas manos de las mujeres, de reojo, le reprochaba su contumacia en calentar, en hacer arder, en inflamar la superficie de la doliente tierra y a todos sus habitantes. La brillante luz conseguía que en lontananza la extensión infinita de la tierra se asemejase a un inmenso espejo de bruñida plata que resplandecía simulando que el aire danzaba sobre su planura figurando bailarines trasparentes de algodón.
La tierra ígnea le quemaba las plantas de los pies traspasando las durezas callosas que tantas veces le defendían de la crudeza del campo y le obligaba a caminar sin pausa para poder levantar los pies del suelo y aliviar la quemazón alternativamente. No podía quedarse quieto ni reposar unos instantes, no había mas sombra que la que proporcionaba su cuerpo y no era para cobijarse en ella. Los labios resecos y cuarteados ya no se suavizaban con la saliva que demasiado espesa decoraba las comisuras que querían aparecer como si fuese el pico de un gorrión reciente.
Miraba y remiraba a lo lejos intentando atisbar con ansiedad una imagen que sugiriese verticalidad, algo en pie que no deseaba ver pero que buscaba sin reposo. Nada, todo era horizontalidad, solo él era vertical y de seguir el sol castigando de esa mala manera ni el rompería con la monotonía de la meseta. Pero la voluntad era mas poderosa que el desanimo y la ausencia de fuerzas, y era el motor que le empujaba una pierna detrás de la otra con la única consigna de seguir, seguir y seguir, hasta que el postrer aliento coincidiese con el último paso.
A medida que pasaban las horas el sol se iba ablandando en su iracundia para con la tierra dirigiéndose con paso lento y firme hacia el horizonte, a regañadientes, roneando de poder y alardeando de misericordia, pero marchándose sin remisión. La temperatura de la tierra se fue moderando y el gelatinoso horizonte fue haciéndose cada vez más nítido y violeta. La sombra, que pertinaz primero, le precedía, ahora le perseguía demorándose más y más, alargándose y difuminándose. Donde antes sentía calor insoportable encontraba ahora escalofríos que le aterían. El sol se fue acostando definitivamente detrás de la raya lejana desparramando rojos y bermellones por el cielo hasta que los trocó en azules ultramar metálico para teñirlos por último de negro definitivo y opaco. Y el frío se enseñoreó del aire y la carne de Set tiritó protestando por el castigo.
Por mucho que miraba a lo lejos ya no distinguía nada. Ya no había ni horizontalidad ni verticalidad, simplemente no había más que la conciencia de que él seguía existiendo. Le pareció que comenzaba a caminar sobre espuma y sintió vértigo. Ni un ruido, ni una luz, ni el vuelo de un mosquito, nada. Creyó al fin no existir de tanta quietud. “¿Así será la muerte?”, pensó. “¿Estará ya así mi padre?”, se preguntaba.
Sin resguardo ni cobijo recordó lo que tantas veces le habían repetido, “los hombros contra el viento, si no, te cogerá los resuellos y se acabó”. Se acostó donde no veía, como le habían dicho, se acurrucó y tiritando quedó dormido porque el agotamiento pudo más que el frío. En un último pensamiento sopesó la posibilidad de morir allí aquella noche, pero no le importó. La extenuación de todo el día, bajo el sol de hierro le exigía cerrar los ojos y dejar que la naturaleza impusiese su ley, si había de morir quizá tuviese que ser así como se reencontrase con su padre.
No le dio crédito y debería no haber hecho caso nunca a su mujer, que sabía que no le tenía ley. Cuando le vio salir con la soga agarrada con toda la furia que le permitía su decrepitud hizo caso a su mujer y espero impaciente el momento de verle regresar abatido y resignado. Pero su mujer se había equivocado, como en casi todas las cosas que se referían a los asuntos de los hombres en los que la honra y la dignidad están comprometidas; “Nunca debí prestarle oídos, ¿ella que sabe de orgullos de hombre herido?, las mujeres son practicas, los hombres carne de honor o no son”, se repetía una y otra vez mientras el cansancio y el sueño luchaban, venciendo, contra la tiritona del frío de la estepa.
Aullidos muy lejanos, entumecimiento de la carne y una sensación de nausea mas fría que el amanecer instalada en la boca del estomago hizo abrir los ojos a Set. Estaba helado. Se levantó y comenzó a dar patadas al suelo como si quisiese despertar a todos los espíritus de la tierra que le ayudasen a buscar a su padre. Miró a levante y ya el temible sol lanzaba el heraldo de su llegada mediante brochazos de azul oscuro en lo que mas tarde se pintaría de línea de horizonte. Se echó a caminar con el pellizco del hambre en el estomago y la turbación de divisar algo enhiesto sobre la tierra. Tierra dura y sin concesiones, intransigente, no quería por encima de ella más que el cielo y pugnaba desde hacía siglos con el hombre porque se levantaba cada día hollándola sin su permiso. Desierto de piedra y pena al que sacaba algo de leche a base de mantener cuatro cabras de los pocos matojos que medraban en tanto baldío.
Cielo y tierra y dos jornadas de camino. Nunca se había alejado tanto de la choza y nada en el horizonte más que los fantasmas que le acosaban sin piedad haciéndole ver ahorcados donde no había más que aire elevándose en columnas ligeras inducidas por el calor del sol. Espejismos. Miró a lo alto y tanteó el odre. Un escalofrío le paseó la espalda con descaro. No necesitaba medidas, al tanteo sabía que o regresaba ya o no quedaría agua para la vuelta. Indeciso vaciló. La desesperación, la angustia y el amor a su padre le aguzaron la vista. A lo lejos, muy, muy lejos se divisaba un bulto, “no, son imaginaciones mías”, le intentaba convencer el instinto de conservación que le halaba a su casa intentando evitar que su terquedad le convirtiese en una huesa más de tantas que se había encontrado, blanqueada al sol. Pero la llamada de la sangre, la obstinación o la inercia le hicieron continuar con la vista puesta en aquel montón de algo inmóvil, informe, desdeñable y feo pero que cómo la antorcha atraía todos los insectos le atraía a él hipnotizándole. ¿Terminaría quemándose él también, como los bichos?
El sol volvía, irrenunciable en sus prerrogativas, a calcinar los huesos. Ni una nube, ni una sombra, insolación impía como el corazón de un tirano que no le enternece la lágrima ni el alarido del condenado. Pero el fardo seguía en el mismo sitio agrandándose a cada paso. Primero era oscuro, luego grisáceo y ahora pardo con ciertas formas que en la cabeza de Set se organizaban para convencerle que su padre se encontraba en forma de paquete inerte y roto en medio de la nada.
Cuando la cercanía a lo que irremediablemente no podía ser mas que una persona tirada en el suelo, acurrucada como un perro miedoso le convenció que su padre había sido encontrado, la emoción regeneró sus piernas que olvidando el agotamiento de los días precedentes, casi sin comer y ahorrando cada gota de agua, se lanzó a la carrera como si ya los segundos fuesen preciosos para conservar la poca vida que se le antojaba le quedaría al padre. Finalmente llegado al lado del bulto comprobó que una persona que se parecía tan extraordinariamente a su padre si no fuese por el aspecto de cadáver todavía respiraba trabajosamente pero amenazaba con dejarlo de hacer de un momento a otro. Al lado del tronco seco y derribado de lo que tuvo que ser un gran árbol se encontraba agazapado. A un lado, pero sujeta con fuerza, una cuerda yacía ajena a la tragedia del anciano y la angustia del hijo que le buscaba.
Se tiró materialmente a su lado y con la ternura del amante lo hizo reposar en su regazo acunándole y meciéndole mientras derramaba lágrimas de dolor maldiciendo a los dioses y estremeciéndose de miedo por hacerlo. Le cubría de besos que se estampaban en la reseca piel y los cuarteados labios ensangrentados. Con toda la delicadeza de la que era capaz con sus manazas, le derramó unas gotas de agua sobre la boca entreabierta lo que tuvo la virtud de hacer que el viejo entreabriese los ojos.
Estuvo durante largo tiempo taladrando con su seca mirada la húmeda mirada del hijo dándole cuenta de su drama. Lamentaba no haber encontrado el árbol vivo; sabía que no había ningún árbol donde echarse la soga al cuello por los alrededores pero confiaba que existiese uno que vio cuando de pequeño se extravió y su abuelo le encontró explicándole que aquel gran árbol era el único que quedaba después de que la locura de los hombres acabase con todos y dejase paso al reino de la sed y el calor. Fue en su busca para poder poner fin a sus días con dignidad y no pudo. Ahora ya ni eso, ni árbol que acogiese la dignidad del hombre que decide su final. El hijo lo entendió y amó a su padre hasta el punto más trágico. Tanteó el odre y sopeso las posibilidades de volver con su padre donde sus hijos pudieran algún día rendirle el servicio que él, con el mayor dolor, con toda la ternura y la responsabilidad del hijo amante iba a rendir a su padre.
Abrazó al viejo con todas sus fuerzas y le pidió perdón. El viejo abrió sus ojos otra vez pero está ocasión saltaban de alegría. Con un gesto indicó a su hijo que se acercase y al hacerlo le dio el beso más cálido que jamás hijo alguno pudiera recibir perdonándole de esta forma, liberándole del tabú y agradeciéndole el gesto.
Con dolor, amor, decisión y ternura rodeó con sus fuertes manos el enjuto cuello del anciano que con un parpadeo suave dio a entender que estaba preparado. Fue un movimiento rápido y vigoroso. Set apretó el cuello de su padre hasta que este emitió un ruido sordo y desfalleció. Con el cuidado con que se trata a la esposa recién poseída dejó reposar el cuerpo glorioso del padre en el sitio donde su abuelo años atrás le encontró. Al lado del último árbol, el que se fue a buscar para que le ayudase a terminar sus días. El le velaría con su esqueleto de madera seca.
Ya no volvería la vista atrás. Ahora él era el jefe del clan. Haberse dejado llevar de sentimientos de debilidad y haber cargado con él habría supuesto la muerte para los dos, algo que el grupo no habría podido soportar. Estaba orgulloso, su padre había muerto de su mano, no a dentelladas de cualquier alimaña. Había recibido la muerte de quien recibió la vida de él, de su hijo. Su padre estaría, donde estuviese, orgulloso de él.

11.11.12

REMORDIMIENTO

Remordimiento


¡Qué duro es saber!, ¿porqué quisiste la verdad?, cuanto mejor no es mantenerse en la ignorancia que anestesia los sentidos y ahorra dolores y penas. Y no me refiero al afán de saber inocente por acumular conocimientos, es a otro tipo de interés por saber cosas de las que hablo, son esas que interesan por morbosidad, por riesgo, que a sabiendas de que pueden hacer daño, intrigan hasta el punto de consentir en restregarse en sus espinas agudas, como lo es la realidad, para escandalizarse después  por las heridas que infringen. ¡Y que clase de atracción produce ese saber!, se persigue, se busca a tientas si es preciso, hasta encontrarle, abrazarse a el y no soltarle ni cuando se hunde en el mar de las dudas, se une tu propio destino al suyo y se cierra los ojos a cualquier otro modo de explicación que no sea la que ahoga en pena. Da la impresión de que se busca el vértigo de la congoja y la aflicción más que la serenidad del placer sosegado y tranquilo, ese del niño al que solo interesa sorprenderse de cada paso que da.
Todavía resuena en mis oídos la pregunta aguda como un punzón, cortante como un machete, hiriente como el desdén. “¡Dime la verdad, aunque duela, dímela!”.
¿Qué te impulsaba, Cristina, a desgarrarte la garganta, preguntando, con miedo, temblándote la barbilla si, pero con determinación? No guardabas ya memoria de nuestros días despejados, cálidos, de cielo azul, de brisa bonancible porque de pronto nos encontramos en medio de un temporal de poniente, ese que encrespa las olas y  provoca el pánico por la violencia desatada, la misma con que amenaza un mar de leva que se traga falúas y hombres sin inmutarse, distante. Un techo de nubes negras, como los presagios que despertaban tu pregunta, se cernía sobre mi cabeza jurándome descargar el diluvio mesopotámico para ahogarme en explicaciones que cuanto mas farragosas, más increíbles, más agonizantes. Llorabas, mi buena Cristina, desconsoladamente, con los ojos como dos tajadas de asadura de tanto penar, pero terca, no cejabas en tu pregunta al tiempo que, acabándosete el poco tiempo que te concedía la impaciencia, levantabas los manos bien cerradas estrangulando el aire que te envolvía y amenazando con sancionar mi silencio con unas buenas puñadas golpeando con debilidad  mi pecho. “No te calles, ¡habla ya! Quiero la verdad”.
El gesto demudado, las lágrimas goteándote de la nariz roja como una rosa de sangre de tanto llanto y el corazón encogido, gimiendo, te detuviste a escasos centímetros de mi palidez, de mi cobardía y mi vergüenza esperando mi respuesta. Te iba a hacer daño, bastante daño, y sin embargo asumías el agravio y las seguras resultas de lo que, con toda probabilidad, sabías que tendrías que escuchar. ¿No habría sido más sencillo, más practico, más útil, mirar hacia otro lado?, ¿porque ese masoquismo terco e inútil?, ¿que sacabas en limpio haciéndome sudar, destilar dolorosamente la verdad?
Y a la postre, ¿era la verdad lo que me exigías? ¿No estarías suplicándome que te mintiera? Era, encaramiento desesperado con lo inevitable a buen seguro,  que solo escondía la secreta ambición de que fuese una equivocación en tu sospecha y que todo acabase en un desgraciado malentendido. ¿Merecía la pena decir la verdad o no?, el tiempo se acababa y no estabas dispuesta a esperar mucho tiempo más, aquella tensa situación no podía prolongarse por los siglos. Probablemente Cristina, como dije antes, lo que no querías era saber, por eso exigías la verdad con tanta rabia, con tanta urgencia, para que te la negase. Nunca habías deseado tanto equivocarte.
¡Aunque doliese!, me dijiste. ¿Más dolor? ¿Más aún? Lo se, tu no tienes la culpa, nadie la tiene, pero ¿y yo, la tengo yo? Lo intenté pero, ni tenía vocación de mártir entonces ni la tengo ahora. Nunca entendí esa estética del sufrimiento con la que parece que todo se soluciona y te franquea no se qué puerta a que remota y algodonosa gloria, mediante la purga redentora por el dolor. Me pusiste en bandeja la salida, ¿recuerdas?, y yo me lo creí a pies juntillas, cuando en realidad, ahora lo comprendo, me suplicabas que permaneciese incólume, ¿cómo podía yo saberlo?. Y ahora me pides la verdad. Cuál, ¿la mía, la que tu necesitas, la que te puedo decir o la que sé que acabará contigo antes de que lo haga el perro rabioso que te desgarra las entrañas? Si, no soy mártir, por eso no soporto verte sufrir..., y sin embargo comprendo que lo he hecho; no quieras ahora que confirme tus temores y no solo eso sino que los acreciente, pues quizá la realidad que puedas escuchar supere tus más  increíbles imaginaciones.
Cristina, mi vida, aguanté todo lo que pude hasta que deshecho en angustia, se me diluía en el magma de la desesperación mi pena por ti. De haber sabido tu verdadera intención, entendido tu súplica paradójica, me habría castrado con mis propias manos. No fue fácil, de verdad, no lo fue y ahora tú me pides la verdad. Recuérdalo, tú me empujaste, y no quiero ser cruel. Sería quizá conmiseración por mi quejido mudo, tu instinto de protección o tu exagerada valoración de mis más carnales necesidades, pero, cerraste los ojos, pusiste cara de heroína romántica decidida a morir en el intento y me diste carta blanca. Resistí, Cristina, resistí, más de lo que creí que pudiera, para finalmente sucumbir, con dolor, debes creerme, empujado por tu salvoconducto, con remordimiento y pesar, y no se como contarte esto ahora, porque se que te va a escocer. Comprendo que cuando, como el que se toma una medicina amarga, me abriste la barrera, lo hacías creyendo, ¿sabiendo?, confiando que nunca utilizaría la credencial que me  brindabas, pero..., nunca sopesaste en toda su magnitud mi debilidad. Confiaste en exceso en mi fortaleza y ahora me pides, exiges una explicación a mi debilidad.
Aún recuerdo aquel infausto día, ¿cómo podría olvidarlo? ¿Se olvida el primer beso, la primera cita, esa primera vez tan frustrante y al tiempo tan...mágica? Empalidecí y te miré a la cara, estabas hierática, ausente, aquello no te concernía, aquel agorero se refería a otra persona, solo que nosotros estábamos allí y lo escuchamos, éramos dos entrometidos queriendo enterarse de lo que no les competía, de la desgracia ajena, como diablos cojuelos burlones levantando techos al anochecer. Había resonado entre aquellas cuatro paredes la palabra maldita, la palabra talismán que rebotando en las sucias esquinas buscaba ávida nuestros corazones para abrumarlos con su magia, hasta que impactando en nuestros oídos adquirió el poder de aislarnos de la realidad, para que creyésemos que eso jamás te podría ocurrir a ti, ni a mi, y ni tu ni yo quisimos enterarnos de la trascendencia de la entrevista, ni de lo que allí se dijo. La culpa de tu dolor creo que fue mía, tu habrías pasado de puntillas sobre el asunto, ignorándolo, siendo inocente y feliz hasta el final en esa ignorancia que ahora quieres abandonar, ¿para qué, para que vuelva a hacerte sufrir? En aquella ocasión, lo que te arrebató la felicidad y te entregó a la desagradable y cruda realidad fueron mis lagrimas derramadas, por debilidad, delante de ti, confirmandote bien a mi pesar, que la persona de la que se habló en aquel desangelado despacho no era otra que tu.
Te lo tengo dicho, el saber provoca dolor, es mas lenitiva la ignorancia, pero no, una vez arrastrada a la prosaica realidad, quisiste llegar hasta el final y pudiste, pudimos, yo contigo, degustar el final a cada día, que siempre parecía el último, la agonía de no saber si nos iluminaría otra aurora más y el triunfo de poder contemplarla otra vez cada día. Después del primer choque y recompuestos los dos, de los abollones del siniestro te entregaste como nunca..., aunque siempre teníamos que acabar con la amenaza del destino anunciado una vez devueltos a la amarga realidad desde la más dulce de las inmortalidades. Hasta que, me cuesta recordarlo, mi amor, me duele rememorar tu ojos implorantes de mi indulgencia, como si yo fuese a reprocharte algo. Se que sufrías por mi, no por ti, ya lo se, cuando tendrías que haber utilizado todas tus energías en ocuparte solo de ti, pero no, siempre me quisiste como una loca, y a veces pensaba si aquel insulso técnico, con menos humanidad que un nazi, no habría trabucado los nombres y en realidad se estuviese refiriendo a mi en lugar de a ti, los dos fumábamos,  tal era la despreocupación que exhibías acerca de ti misma. Me confundías, será que nunca entendí a las mujeres, nunca fui capaz de anticipar del todo tus reacciones, por eso llegó un momento que me enervaste, creía que intentabas confundirme, llegué a pensar, paranoico yo, que te habías puesto de acuerdo con el arúspice de blanco para que me asustase y aburrido te dejase, abrumado por la responsabilidad y la crispación de la abstinencia obligada.
Te voy a empezar a confesar algo de esa verdad que me reclamas Cristina, comenzaré el lento desgranar de toda la crudeza que anhelas. ¿Te acuerdas de aquella última vez? Entre sollozos y sufrimientos, con el corazón encogido, te rendiste, me obligaste a abandonar, no pudiste más y me quedé sin poder culminar la ascensión al Monte Perdido del gozo de tu carne. Tenía que haberme dado cuenta, y no me la di, la vida anunciaba su retirada agostando tu voluntad secándote aquella fuente inagotable de placer, pero no me arredré, necesitaba desahogarme y utilicé aquella crema, contrariado, la calentura estranguló la piedad, asesinó el amor que pudiera habitar en mi..., no me di cuenta. Cuando renunciaste, dolorida, agotada, me aguanté la indignación de mi narcisismo, aunque lo comprendí. Estabas ya muy débil y no debimos empezar..., pero lo hicimos. Tu amor era infinito, como mi materialismo que no estaba dispuesto a renunciar a la excitación. Lo se, mi amor, soy egoísta y ahora pensándolo me escandalizo de ello, pero te dejé en la cama sumida en la desesperación por haber tenido que rechazar mi deseo, y me fui al baño a masturbarme. No sabes cuantas veces he deseado que pudiera borrarse, como la memoria de los muertos, aquel incidente, pero..., mi cuerpo necio y soberbio reclamaba su parte en la bacanal de la vida y yo no pude, no supe, no quise negársela, luego, ya sabes, frío vacío, viscosidad que se agarra más al alma que a las manos para no dejar de recordarte que eres un ingrato que solo te deseas a ti. Por más que te lavas..., ¡ay Cristina!, yo sufro y me quedo peor aún, si, peor. Mientras tú te vas borrando, difuminando del mundo sensible, emborronándose tu imagen en mi memoria yo organizo mi futuro y con ilusión a mi pesar, que ya me dolía tenerla, pero se me imponía entreverada con el dolor de tu ocaso. Ya se, ya se, que ningún derecho tenía a una perspectiva de futuro, que mi futuro contigo al lado eras tu, pero..., ¿qué podía hacer?, lo tuyo era inevitable y además, ¡tu me lo dijiste!, no tienes derecho a exigirme la verdad, además, ¿para que lo preguntas, no sabes ya la verdad?, deja de mirarme con esos ojos, deja de acusarme inmóvil.
Estaba muy solo amor, me encontraba aterido, desnudo de todo sosiego, solo revestido de la aflicción de tu partida, no sabía como enfrentar la tragedia que nos zarandeaba y necesitaba apoyarme en alguien y ella me ayudó y me hizo sentir bien. No te dejé de amar, nunca me olvidé de tu amor y para colmo cuando aquélla noche que creíste, y yo lo temí también, que el transito iniciaba su cuenta atrás me pediste, me exigiste que rehiciese mi vida, que fuese feliz, que no me quedase solo nunca. ¿Tan traidor fui por hacerte caso?, quizá no debí llevarte donde pudieran rescatarte de las manos de la parca y si, fui culpable, de rescatarte para la vida, unos días más. ¿Debí dejarte morir?
Aquellos ojos fueron los primeros que me ofrecieron apoyo de verdad. Los demás, hasta los mas cercanos, tu gente, la mía, ofrecían toda la ayuda mirando hacia otro lado para que no fuese a creérmela del todo y no les incordiase en su acomodada y frívola vida. Ella sin conocerme, sin conocernos, se apiadó de los dos pero supo desde siempre que el que se queda es el que lo sufre. Nunca encontraste a nadie que te tratase con esa solicitud y cariño, me lo dijiste sorprendida, y ese mismo cariño me lo ofreció a mi..., y yo no pude dejar de ser hombre por mucho trago que tu estuvieses pasando. Me estaba derrumbando al tiempo que tú te consumías. Todo estaba oscuro, mi vida se convertía paulatinamente en un eterno ocaso, cada vez  más a tientas, tu te ibas y yo me quedaba solo, no sabía como podría encararlo y apareció Nuria. Me ayudó. Te ayudó, reconócelo, te ayudó, y a mi..., y te traicionamos, esa es la sensación que me quedó cuando, desorbitada, con las fuerzas al limite, me exigiste la verdad, ¡pero tu me habías franqueado!, y me lo creí. Tengo que repetírtelo hasta la saciedad, porque me volveré loco si no lo soluciono.
¡¡ ¿Por qué no me morí yo en lugar de tu?!!Te has muerto y me has dejado solo y te has quedado tan tranquila, pero antes de irte me has exigido la verdad y yo no puedo dártela, porque tan verdad es que te he querido y te sigo queriendo como que amo a Nuria que en momentos duros me sirvió de báculo para que no me derrumbase y te trató con toda la ternura que no sabré como agradecer aunque viva mil años. ¿Qué es verdad entonces, que no esperé a tu último suspiro para retomar la vida, que antes de rezarte el responso había ya rezado un Aleluya? Pues si, de eso soy culpable, soy culpable de no poder vivir sin amar ni ser amado, culpable de la cobardía de tener horror a quedarme solo, culpable de no haberme inmolado contigo al morir, pero de no amarte, de no respetarte, de no tenerte siempre en mi memoria, de eso amor mío soy inocente.
-          No te tortures más Fernando, no te culpes de nada, recuerda que ella bendijo nuestra relación antes de morir, ahora ella descansa, es razón que lo hagas tu también, tenemos derecho a ser felices. Tú tienes ya la obligación de ser feliz después de todos estos meses de padecimiento, para cumplir con sus deseos. Horas antes de morir pedía a voces la verdad, quería saber la razón de tanto dolor y no pude dársela, luego llegaste tú y te la pidió también y solo supiste llorar. Es duro ver a la persona más amada como se consume de pena y de locura por no aceptar lo absurdo. Ya dejó de sufrir. Yo te ayudaré a ti a volver a vivir otra vez, como era su voluntad, como me pidió antes de expirar.

11.11.12

jueves, 8 de noviembre de 2012

RABIA Y DESESPERACION

Rabia y Desesperación



El pollino es terco, padre, pero más lo soy yo, ya me conoce usted, con mi empeño en que avance por entre estas piedras requemadas, ascendiendo mal que bien, hasta que lleguemos a aquel apartado  sitio, ¿se acuerda?, me lo enseñó usted, escondido, al abrigo de todos esos cotillos, ¿les llamaba así?, cuya única meta en la vida es fisgonear en la de los demás. Aún tardaremos en llegar y lamento que no quiera usted hablar, podría seguir enseñándome cosas, aunque bien enseñado estoy, no se crea, que ya tengo los veinte y en cuanto sirva y termine de poner el techo a la choza  estoy con la Maruja de collera. Madre me dijo que ustedes os rejuntasteis cuando ella iba para los quince, la niña bonita, debía ser preciosa madre, ¿eh padre? Y lo hicisteis con bastante menos de lo que tenemos la Maruja y yo ahora, pero es que los tiempos cambian. Madre siempre decía que ella se contentaba con dos jaramagos en la puerta y el chocho abierto y a continuación se mondaba de risa, como una niña inocente que comete una travesura, ¡no se le puede haber olvidado a usted!, esa risa fácil y contagiosa que ha heredado la Soledad y que a mi siempre me aflojaba los nervios, y usted cortaba de raíz a guantazos. Usted no se reía nunca en casa y no me consentía a mi que lo hiciese, ¿porqué?, nunca me lo aclaró usted, padre, porque buenas risotadas echaba usted en la taberna con sus amigos, ¿y en casa, no? Estuvieron ustedes en la capital de viaje de novios. De eso no hemos hablado nunca, ¿por qué en las largas tardes de invernada no me explicó nunca como fue?, ¡que tiempo había!, todo lo echábamos en trenzar palma y hacer toniza para amarrar luego las haces de leña, las lechugas  y las cosas del campo y la huerta, y todo en silencio; me hubiese gustado hablar con usted..., pero bueno, no importa, ahora tenemos tiempo. Madre algo me contó de su viaje. Me dijo que usted era muy fuerte y rijoso y que no salieron en tres días de la habitación de la pensión, agotadita debía usted de tenerla, y satisfecha por descontado. Así quiero ser yo padre, como usted, que no me agote la Maruja a mí, que soy muy hombre, por mucha  brasa que le eche a la candela, y sea yo el que la deje derrengadita y con esa sonrisa de ángel bueno mientras duerme.
Si, padre, si, lo hemos probado, ya se, ya se que no está bien, pero los tiempos no son los de ustedes, y además pusimos nuestras precauciones, que no vea el dolor de huevos que se me quedó después, al retirarme y verterme sobre el rastrojo, pero lo di por bien empleado, solo por ver esa cara de satisfacción en la Maruja.
Padre, vamos a tener que dejar la derechura y coger por la quebrada,  tardaremos más, pero, ¿no ve usted?, en lontananza, que sabe que siempre tuve buena vista, veo a la pareja a caballo y no me gustaría que se pusiesen a preguntar por lo que a mi no me gustaría tener que responder. Nunca se me podrá olvidar aquella vez, siendo yo un zagal, ¿se acuerda, verdad?, que traía usted orgulloso aquellos dos conejos, frotándose las manos pensando en que aquella noche y al día siguiente estaba asegurado el condumio, y no había dado tiempo ni a destriparlos cuando ya estaba derribando la puerta de la choza la pareja y se lo llevó a usted y a los conejos y de madrugada ya, le devolvió a usted con medio litro de sangre menos y unas cuantas trompadas de más, pero con los conejos se quedaron ellos, ¡cabronazos!. Desde entonces, no les tengo yo mucha ley que digamos. Usted después me explico eso de que ellos están para que a los señoritos no le falte de nada y que ellos son tan desgraciados como nosotros y que cuando hacen esas cosas solo piensan en el pan de sus hijos aunque les sangre el alma, pero yo creo padre que algunos gozan cuando apalean, más que ayuntando con una hembra; que aquella noche no se me podrá olvidar el brillo de los ojos de aquel rubiasco grandullón, ¡si hombre!, “ricino” le llamaban, por que en cuanto se le veía se cagaba uno por las patas abajo. Bueno, que más da ahora, el caso es que mejor no ponerse en su camino que son capaces estos de separarnos cada uno por nuestro lado y usted sabe que eso es lo último que yo iba a consentir; usted  padre, viene conmigo hasta el final.
¡Cago en dios!, rucio, por la leche que mame que te parto la vara de avellano en las ancas como no te muevas, y mira que le tengo ley a la vara, que perdida llevo la cuenta de las veces que me midió las costillas en mano de mi padre, ¿se acuerda usted?. Pero como este asno no le eche cojones y baje hasta el fondo de la quebrada para abrigarnos de la pareja, le mato a palos, que solo faltaba que ahora se nos cortase el camino empeñado. Si ya lo decía usted padre, que este cabrón acabaría por darnos un disgusto y ya, ya me guardo de sus coces que el muy hideputa está a la que salta, como aquella vez que le mandó a usted al jergón dos meses con la pata rota, que yo creía ya que me quedaba sin padre, pero entonces le salió caro, conmigo no se juega, le dejé deslomado a palos, y me la tiene jurada. Sabe más de lo que le han enseñado. Nunca se me olvidará que siempre le traía de vuelta a casa, y no se equivocaba, por mucho tablón que se hubiese cogido usted, que madre sufría lo indecible esperando a ver con que careto volvía. Yo era chico y aún duele la hostia que me pegó porque quise meter baza y defender a madre, ¡¿también se le ha olvidado eso?! Me reventó el oído y la nariz. Madre, que estaba amamantando a la Soledad, aunque ya iba para los tres años, me echaba gotas de leche en el oído directamente de la teta y me calmaba una enormidad.
Madre es muy buena, no debe usted pegarle de esa manera, aunque me zurrase a mi en aquella ocasión, por meterme en corral ajeno, me hago cargo de lo hombre que es usted. Padre, pero ella es mi madre y mi deber es defenderla. ¿Por qué bebía, porqué sigue bebiendo usted tanto? Sabía perfectamente que cuando se emborrachaba acababa siempre machacando a madre, como si ella fuese culpable de sus penas o de sus enconos, porque no era eso lo malo sino que luego encima se empeñaba en echarle un polvo, ¡si no podía!, como el mollate le lastraba el rijo y no empalmaba, le pegaba una y otra vez, como si de ella fuese la culpa. A mi me encorajinaba, ¿sabe usted?, aunque pensaba que cuando lo hacía, buenas razones tenían que existir y así y todo, algo muy dentro, que me quemaba, me decía que lo que usted hacia no estaba bien, aunque para todo el pueblo que eso era lo que tenía que ser porque siempre había sido así. Y todavía hoy me hierve la sangre cuando escucho los golpes, aunque..., luego hablaremos, me da no se qué decírselo.
¡Me voy a cagar en todos los  muertos del rey faraón!, otra vez los picos, la madre que los parió a todos ellos, que parece que te huelen. No se vaya usted a mover padre, detrás de aquel acebuche nos vamos a esconder, si este tozudo quiere moverse, que como tenga el mal antojo de comenzar a rebuznar le retuerzo el pescuezo.
Aquí nos vamos a quedar hasta que se alejen y luego iremos a pasar la noche a la guarida del bandolero, que me malicio yo que no llegamos ya con las luces del día y de noche sabe usted padre que a mi no me gusta trochar, yo no conozco estos pagos tan bien como usted y capaz soy de hacer que nos perdamos.
No vaya usted ni a respirar padre, que ya pasan de largo, que ahora que se lo he dicho paro en mientes de lo escandaloso que se le ponía el resuello cada vez que se llevaba al establo a la Soledad..., y lo que lloraba la niña. Nunca me atreví a espiarle padre, porque si la vara era dura, la hebilla del cinto era peor, pero no quise nunca ni imaginar cual era la razón de aquel imploro temeroso de mi hermana y la llantina en el regazo de madre cuando usted se iba a dormir según la traía de la troja. Cuando le preguntaba a madre con los ojos abiertos de alarma e intriga y ella agachaba la vista y resignada le justificaba, “es tu padre”, a mi me quemaba la cara de la indignación y quería salir corriendo, porque lo que me pedía el cuerpo era machacarle la cabeza con la azada mientras dormía, pero nunca lo hice, porque como bien decía madre, es usted mi padre, y eso merece un respeto.
Ya podemos marchar, padre, la pareja se pierde con ese trote cansino que parece que todo le da lo mismo, aunque usted y yo sabemos que eso es solo la mala baba que les anima y les impide andar sueltos de cuerpo.  No queda ni media hora de luz y calculo que en algo más estaremos en la cueva de Escarbatunas; pasaremos la noche bien aunque no se si podremos encender candela..., pero una noche se pasa de cualquier manera, eso decía madre siempre, y ya mañana podrá usted descansar como merece.
Muévete Cocero, ¡aaarre, coño! A este le mato yo padre. Si es que lo único que entiende son los palos. ¿Lo ve usted?, a palos, no hay otra y con cuidado que aun recuerdo su cara de usted cuando Don Liborio le curó el mordisco que el muy cabrón le dio recién comprado; por poco no le arranca el muslo del bocado, pero a él le quedó el recuerdo también, cuando acabadito de curar se fue usted padre para el establo y madre no paraba de decir muy alarmada que le iba a matar y así habría sido de no aparecer “ricino”, recuérdelo, que le encañonó con el naranjero.
Siempre fue usted muy bruto, ya comprendo que por muy hombre, pero es que a veces no parecía usted ser humano y cuando se emborrachaba, peor aún, que ya se antojaba difícil, ya. Manía le tengo yo al alpiste, que con solo olerlo me entran arcadas. Eso si se lo tengo que agradecer, ¡no todo va a ser malo!, no se si cuando entre en quintas me aficionaré al mollate; acuérdese del Eufrasio que en medio de la peor melopea cayó a la acequia y ahí dejo de fumar por los siglos, y antes de ir al cuartel ni lo había probado, pero para mi que caeré antes en otros vicios de hombre que en el del alcohol. ¡Ea!, allá se ve ya la boca de la cueva, ya estamos aquí, ya hemos llegado. ¡So, borrico!, ¡soooo, cabronazo, que vas a tirar a padre, ¡cagondios!, que te atizo Cocero. Yo no se padre, que clase de bestia le compraste al señor alcalde, o quizá el bestia era usted que no se dio cuenta que el alcalde le estaba timando. No se encocore que era solo una broma, ya se que no ha nacido hombre que tenga los cojones de timarle, ¡pero es que hay que ver el negocio redondo que cerró usted!
Aquí estaremos bien, hasta que pase la rociada de la noche, pero es mejor que se quede montado sobre Cocero, el suelo éste es lóbrego y húmedo y su reuma se iba a resentir. No quisiera que se pusiese malo, más de lo que está. Yo la pasaré en vela, que soy nuevo y aguanto lo que se eche y así vigilaré, no sea que a la pareja de a caballo le de por guiar sus pasos hasta aquí. ¿Esta cómodo ahí?, si se cansa lo dice y le pongo de otra manera y si no quiere dormir charlamos de nuestras cosas, que nunca tenemos tiempo para estos menesteres y ya sabe, no hay migas sin digas, y yo no quiero alejarme de usted por falta de hablar entre nosotros.
Desde el cachetazo que me reventó el oído y me cureteó la madre con su leche no quise volver a meter baza y no sabe usted bien como me sangraban los nudillos de morderlos de rabia e impotencia escuchando sus torpes insultos y los gemidos de pena y dolor de la madre, que ya más mayor, hasta llegué a entender que madre hiciese la vista gorda con sus manejos con la Soledad, me imagino que para que se desahogase con la chica y la dejase a ella en paz, aunque a mi me daba asco la cochinada que consentía madre; asco de usted por hacérselo a la dulce Soledad, ¡que era pequeña joder!, muy pequeña; de la madre también me daba, por dejarlo pasar, quizá, quiero pensar en el mejor de los casos, que para ahorrarse golpes y lo que es peor de todo, asco de mi. Si padre, porque se lo tengo que confesar, al escuchar, el año pasado, sin ir mas lejos, sus resoplidos y gimoteos asquerosos y los quejidos de ya no se si de dolor o de placer, que cercanos caminan por la senda de la vida y hasta creo que no se puede conseguir uno sin llevarse la parte correspondiente del otro como con el jamón del bueno, que al fin no se que da mas gusto si la carne o el tocino. Pues eso, padre, que al escuchar aquellos ayes de la niña, y los bufidos y gruñidos de usted, no podía evitar sentir la punzada más guarra pero más gustosa que había podido sentir nunca. Ni con la Maruja cuando llevamos dos semanas sin hacerlo he sentido más placer, más mareo. Era yo el que deseaba estar allí, donde usted, padre, y la angustia me mataba de pena y de repugnancia y de vergüenza. No quería aquella tirantez, pero cuanto más me desesperaba y más intentaba que desapareciese, mejor gusto encontraba. Me tapaba los oídos para no escuchar, pero el quejido lo llevaba ya grabado a fuego en la memoria y luego todo el día, a toda hora me martilleaba y me reclamaba, me empujaba a ir a la casa a coger a la Soledad, mi niña, y poseerla con fuerza, destrozarla a lo bruto, como un animal. Y no he sabido nunca si no lo hacía por temor a su represalia o por que me quedaba un resto de dignidad y hombría. ¿Me está escuchando? ¡Padre!. Se ha quedado dormido, no le interesa. Ya llegará, ya, el momento en que no le quede más remedio que atender a mis palabras, porque me tiene que escuchar antes o después. Mañana veremos.
Padre, arriba, despierte, ya alborea. Espere un momento aquí, voy a ojear por si ronda la pareja, aunque lo dudo. A estas horas estarán en el Ventorro de Las Tetas, trasegando de gañote aguardiente de Ojén, del caro, que esta gente paga con el color del capote y luego no conocen ni a la madre que los parió; son muy sanguinos. Pero hay que calentarse; de madrugada el frío cala los huesos y esta gente lo pasa al sereno de verdad, sin cuentos. En el momento que lleguemos se queda usted allí al fuego que encenderé, y yo iré a buscar algo de vino y queso para comer. Y hablaremos
Lo que yo le decía, no hay moros en las costa, seguro que están al aguardiente. ¡Arre, Cocero!
Ha dormido usted bien, padre, ni se le escuchaba respirar, yo en cambio no he podido pegar ojo, la maldita cueva esta chorreando de humedad y he estado tiritando como un gorrión en manos de un niño. Me recordaba aquella vez cuando yo tenía diez años, ¿o eran nueve?, que de tanto tiritar de miedo me oriné encima esperando que llegase usted del campo a pegarme porque había hechos pellas del colegio. Aquel día, padre, no estaba usted borracho y sin embargo pegaba fuerte y duro mi carne tierna como si fuesen los lomos del Cocero. No me dolió tanto el tener que estar cuatro días sin poder moverme del jergón, ni los verdugones que me duraron quince días y que yo ocultaba de todos como podía. Me dolió más el que usted se olvidase de que yo existía, le habría dado igual que muriese. ¿Y madre?, vendría a verme, que no lo pongo en duda, pero yo no lo recuerdo. Bueno, que más da ya, se acabó de recordar, no me tire más de la lengua que me salgo de las casillas y no quiero, me recuerdo a usted mismo cuando enfurece.
Ya va calentando el sol padre y después de que se cuelgue de lo más alto del cielo habremos llegado. Antes de llegar quiero decirle algo que no se si podré decirle estando cara a cara. Yo le quiero a usted, a pesar de todo padre, aunque más de una vez le habría sacado las entrañas, como cada vez que usted le sentaba la mano a madre y ya siendo más mayor me clavaba las uñas en las palmas de las manos de apretar los puños para no coger la escopeta y descerrajarle los dos cañones en toda la cabeza y desparramarle los sesos por la casa, porque ya no es lo mismo, ya soy un hombre y el que pegue usted a madre me escuece como si me echase vinagre en los ojos, y a pesar de todo me aguanto porque a un padre hay que guardarle un respeto; es lo que decía siempre madre: “es tu padre, hijo”, y eso lo tenía que justificar todo, hasta los palizones que ella se llevaba. Pero madre tiene razón, es usted mi padre y le quiero.
El mal golpe que le di ayer, créamelo de verdad, padre, no fue con mala intención, pero cuando vi a madre en medio de la cocina con esa cara de espanto, con los ojos tan abiertos, en medio del charco de sangre, que por más que la zarandeaba no consentía en levantarse a ponerme de comer, se me nubló la vista. Era culpa suya, de usted, el que yo me fuese a quedar en ayunas, que no es uno un monje precisamente para penitencias, con lo hambriento que venía del campo. Era culpa suya. Comprendo que el mal golpe que le hizo sangrar tanto y la dejo a madre tan quieta, que no fue ni para ponerme de comer, no fue con intención, como también fue sin intención el azadonazo que yo le asesté a usted en el morrillo cuando no me veía. Frente a frente, como me pasa ahora, no habría podido soportar la saeta de su mirada clavada en la mía, pero yo quería castigarle, que sintiese usted de alguna manera el rugido indignado de mis tripas maltratadas y se me pasó la mano, me parece. Sangró algo pero no tanto como madre, pero se quedó enseguida frío, pero claro, como aquella casa es tan fría no me extrañaba nada. Ahora en cuanto lleguemos a la choza y encienda un buen fuego verá como se calienta y se repone, que está más que pálido, con un color que me estremece. Mientras yo vaya en busca de algo de comer usted se calienta, luego podremos volver a casa a ver si madre ya ha querido levantarse del suelo, lavarse y preparar de comer. Pero me tiene que prometer que no va a volver a tocarla, porque no voy a tener más remedio que hacer una barbaridad con usted. Vale que sea usted mi padre, que eso merece un respeto, pero la que me parió me duele mucho y verla tan quieta, allí en el suelo, como si yo no existiese, sin importarle si yo había trabajado todo el día, eso no voy a soportarlo.
Ya hemos llegado, padre. Vamos, ayúdeme usted algo a bajar del Cocero, que pesa como un muerto. Comprendo que esté usted molesto conmigo por el golpazo del morrillo, pero no sea rencoroso y écheme una mano aunque sea al cuello. Ya veo que no. No me importa, yo estoy fuerte, padre, yo le llevo, pero no deje caer la cabeza así que se va a lastimar, que parece usted un conejo desnucado.
Le enciendo el fuego y en un salto estoy aquí. Espero no cruzarme con la pareja. Si viene por aquí mientras estoy yo fuera no diga nada, que esperen a que yo venga. La escopeta me la llevo por si se me cruza un conejito o una liebre en el camino. No se acerque mucho al fuego, se vaya usted a quemar.

Padre, padre, me vienen siguiendo. Me he escapado en un descuido pero me siguen de cerca. Dicen que yo le he matado a usted. ¿De donde se lo han podido sacar? ¡Yo matarle a usted!, con lo que le quiero, además llevo hablando sin parar con usted desde ayer, menos el tiempo que durmió anoche. Me querían detener. Dicen que madre esta muerta también y de la Soledad dicen que les diga donde está, ¡y yo que sé!
Padre, usted muerto, ja, ja, ja. Padre salga usted afuera y dígales cuando vengan que no está muerto, que se convenzan, ¡padre, venga!, muévase, aunque no les hable, que le vean, no sea más flojo, ¡salga ya! ¡Padre, padre! Ya estoy harto de esto, nadie me hace caso, ninguno de los que quiero me echa cuenta, solo me la echan los que me malquieren para zaherirme. Está usted conmigo como madre; como si no existiese. ¡No me quieren!, ¿verdad? Es eso, no me quieren, nunca me quisieron, ya lo se, siempre lo supe. Estorbaba cuando nací y estorbaba después, si no a cuenta de que las palizas y los continuos pescozones con razón o sin ella. Y yo pensando que es que era malo cuando la razón verdadera era que no me querían, no me soportaban. ¿Por qué no me ahogaron como a los gatitos de la Pelusa cuando paría?, se habrían ahorrado disgustos. Pero no se preocupen ya se acabó todo. Dígale a madre, cuando se quiera levantar del suelo, que aunque ella no me quisiera, yo si que la quería, aunque seguramente no sabía como demostrárselo. Y a la Soledad le diga que es mi niña, que es la única personita que me ha enternecido de verdad aunque algo muy malo dentro me incitase a abusar de ella. A la Maruja, que se busque otro, ella es buena y lo encontrará ligero, no le costará trabajo olvidarse de mi. ¿Y a usted que le voy a decir, padre?, que a lo mejor no medí las fuerzas al darle en toda la cruz, soy un zagalón fuerte, como usted lo sería a mi edad, pero no lo hice con mala leche.
Este cañón doble es ancho y me va a entrar con dificultad en la boca pero así habrá de ser, me descoyuntaré las quijadas si es preciso, pero no quiero que me desfigure la cara el tiro, por si mi niña Soledad tiene que identificarme, no quiero que se asuste, porque ya veo que ustedes dos no quieren saber  nada de mi en vida y menos querrán saber en la muerte, así que tendrá que encargarse ella.

El ruido sordo de un disparo del doce reverberó por el valle hasta llegar a oídos de una pareja a caballo que volvió grupas en dirección a donde parecía que venía el tiro.

8.11.,12

AMORES PROHIBIDOS

Amores prohibidos


Cuando llegue el fin del mundo
Que nos encuentre abrazados
Sin que a la muerte le importe
Si el abrazo es el soñado
O el sueño es el de amar.

Cuando al fin el mundo llegue
A terminar con su afán
Nada importe a los demás
Si el amor con que nos damos
Es un amor oficial
O un amor que dé el escándalo
De no ser el permitido
Por unos que han producido
En el mundo su final.

¡Qué más da a quien se ama!
Que amándose de verdad
Los hijos que de ello vengan
Serán hijos de libertad.
Libertad, la única verdad
Que nos libra de egoísmos
Infiernos embravecidos
Como galernas en mar
Que nos engullen en penas
Por no haber sabido amar.

8.11.12

miércoles, 7 de noviembre de 2012

¿SOLO AMOR?

¿Solo Amor?


¿Olvido?
Cual
De quien.
Noches, sola
Alcohol
Cartas
Temor de ti.
Celos,
Perennes
Miradas
Duras,
Dardos
Veneno de ojos.
¿Qué pasión?
La tuya
Yo…,
Orificio
Angosto,
Doloroso,
Rabioso,
Sangrante
A veces.
Lágrimas
De espaldas.
¡Pasión!
Ausentes besos
Sin ternura.
¡Sorpresa!
Tu mujer ES
No está
¿Olvidar?
Nunca,
Esa mujer
No la conozco
Busco
Un hombre
No a ti
Un hombre.

7.11.12

DESENGAÑO

Desengaño


Ya estaba otra vez allí. Que alegría y que sudores. Era el 90-60-90 perfecto, cercanos los cuarenta, uf, que barbaridad. ¿Y el trajecito de marras?, se lo ponía adrede para provocar, eso era seguro. Que manera de ajustarse esa tela, ¡que escote!, ese canalillo insinuante perdiéndose en las profundidades de toda fantasía. ¡Hasta el infinito y mas allá!. Pasado el primer sobresalto se imponía la profesionalidad. Estaba dispuesto a sacarle toda la zapatería si fuese necesario.
Sentada, se dispone a probarse todo, y yo a probarle todo..., ejem, bueno todo lo que se pueda poner en los pies, vamos, zapatos, sandalias, babuchas, lo que haya. Los lametones a esos dedos desnudos los dejaremos para mejor momento.
Y ahora, lo peor, de hinojos, postrado, tocando, acariciando, sintiendo sus pies en mis manos. ¿Sudados?, mejor, le pondré unos pinkis, se los ajustare con mimo, alargaré el momento, lo saboreare mientras me embargo con ese perfume que se me clava en el sentido y me hace temblar los dedos trémulos de sensualidad. Se me escapa la mirada, no lo voy a resistir, no quiero, pero lo voy a hacer. ¡Esta mujer es la diosa de la crueldad!, no podía haberse puesto la falda por debajo de las rodillas, ¡no! Tenía que llevarla exactamente hasta justo encima de las rodillas. Que esa es otra, ¿rodillas?, Dios ¡que rodillas!, convexidad perfecta, tersura de piel tensa y suave, quien se resistiría a caerse, accidentalmente, por supuesto, al levantarse para ir por mas zapatos. Era a propósito, seguro, estaba estudiada esa minúscula, suficiente, precisa apertura de piernas para que la vista se perdiese hacia otros mundos. No lo aguanto más y levanto durante medio segundo la vista. No puede ser, no, no, no es real, me he equivocado. ¡¡Auxilio!!, Aggg. No las lleva, no las lleva, sudo, tiemblo, ¡NO LLEVA BRAGAS! Y ahora ¿quien se levanta?,  esto no hay quien lo disimule, esta entrepierna mía en un escándalo, un compendio de pornografía.
Lo juro, no lo hice a propósito, me caí de verdad, estaba nervioso y corrido de vergüenza por mi evidencia anatómica. Fue un instante, solo un contacto con esa rodilla izquierda y el mundo adquirió colores de caleidoscopio. En ese minúsculo momento recogí toda la información de aquella piel que se habría necesitado siglos de otra manera en recopilar, calor, tersura, firmeza; imposible sustraerse a todo aquel universo de sensualidad. Llegué levitando al almacén y dude entre volar al váter o darle gusto al cuerpo directamente allí mismo, vaciándome junto a la estantería, aunque lo mismo a mi jefe le sentaba mal, que era el hombre seriote y muy picajoso, y no era cuestión. Me prometí que en cuanto llegase a casa estuviese haciendo lo que estuviese haciendo la parienta, le iba a echar un polvo cósmico, ¡vaya que si se lo echaba!
Que ilusión, ¿cuánto tiempo haría que no hacían su mujer y él una locura de estas?; desde que nació el pequeñajo. Pero hoy, iba a ser diferente y se lo tendría que agradecer a la diosa de los zapatos. Recompuesto, dignificado en el quehacer de hortera zapateril regreso con una pila de cajas de zapatos de tacón de aguja. Pero, ¿si estaba probándose zapatitos de mañaneo, porque ahora los de tacón de aguja? ¡Ea! Los mas altos de todos y ahora se pondrá de pie y yo de rodillas, ¿a qué altura me quedo? ¡Ya estoy perdiendo los papeles otra vez! ¡Digo!, de pie y ahí estoy yo, me separa del paraíso oscuro una tenue tela de magnifica  caída y ajuste, huelo su triangulo de las Bermudas y estoy a punto de perderme. Decido, pase lo que pase, ponerme en pie, no soporto esa cercanía, sabiendo lo que no debería saber y si se me nota pues mejor. ¿Porque suceden las cosas?, seguro que hay alguien empeñado en fastidiarnos aprovechándose de lo que nosotros etiquetamos de casualidades. Justo en el momento que me levanto ella se da la vuelta y se agacha a coger el tabaco del bolso. Esta tía, además de estar como un queso debe ser tonta, es que no sabe que no se puede fumar en los lugares públicos, ¿por qué tuvo que hacer ese gesto, y en ese preciso momento? Un choque de trenes, un terremoto, el Armagedón o algo parecido fue el choque de mi yo mas intimo y enardecido contra su ella mas redondo y firme. Fue todo rápido como el rayo y lento como el dolor de jaqueca que nunca se acaba. Esperé incólume la bofetada y el revuelo posterior, me lo tenía merecido por estúpido, ¿quién me mandaba a mi tener imaginación? El pelo suelto bailó en el aire al volver la cabeza y estrellar su ojos en los míos. Ahora, ahora me la pega. Espera tensa y esbozo de excusas mecánicas. Oh ¡Dios! no podía ser, ¿qué era esa media sonrisa?, y ¿ese mohín con los labios?, los párpados acariciando el aire que yo respiraba con las pestañas largas, suaves, sedosas, aterciopeladas, cálidas. He debido perder el juicio o me he desmayado, la hostia vendrá ahora.
¿Qué problema, ni que problema? Mi jefe es carajote, ¿qué problema iba a haber?, que no quería mas zapato ni mas horma que la que yo pudiera proporcionarle. Con un volveré mañana y  una mano tendida en plan saludo inocente que no era cuestión de empezar allí mismo, se me despide y oh sorpresa esa mano fina, blanca, cuidada, pequeña, albergaba el mejor de los secretos. Quedó en la mía, grande tosca y sudosa un pequeño trozo de cartulina, nívea, inmaculada, guardando el tesoro de los Mayas, número de teléfono y una dirección, sin nombre. Trague saliva mientras la veía alejarse hasta la puerta, suficiente, segura, sobrada.
Toda la mañana pensando ¿cuándo?,  ¿qué excusa?,  ¿cómo sería? Inundó mi mente como un virus destructor, como una alienígena lejana con malas intenciones: la imagen de mi mujer. Era buena y estaba buena, coño, yo no podía hacerle eso y menos con cinco años de vida en común nada mas, ¡si estaban casi en la luna de miel! ¡No soy cabrón!, joder,  esa cochinada  no se la puedo hacer yo a mi pequeña. El arrepentimiento de lo imaginado golpea duro. Hago mil pedazos la tarjeta y la tiro a la calle; los coches que pasan, levantan una nube de papelitos que se pierde en el tráfago del transito, y vuelvo a ser yo, amante marido y padre de familia. ¡Que polvo vamos a echar! Hoy ni comida ni leches, hoy vamos a estar holgando hasta que me tenga que volver a abrir la puñetera tienda y como estemos bien, ni abro, ¡al jefe que le den y a la zapatería..., ni te digo! Es que estoy enamorado como un borrico, se me fue la olla, y no era para menos, que la tía estaba de bandera, pero ya he recuperado la cordura o a lo peor la he perdido definitivamente.
No van a pasar las horas hasta que llegue a casa, se me hará interminable. Pero no hay plazo que no se cumpla ni letra que no venza.
Quiero sorprenderla. La llave, en la cerradura, despacito, que no me oiga. Entro, cocina vacía, recogida; es que es una joya, como ella nadie. Huele a gloria, ¡mira que guisa bien la joia!, salita vacía, perfecta, en penumbra y la varita de incienso a punto, que sabe que me gusta el sahumerio, pero, ¿donde coño está? Camino con pasos lentos, mullidos y quedos hasta el dormitorio. ¡Ahí está! De espaldas, me acerco y le hago sentir mi presencia inmensa, intensa, explosiva y dura. Ella se va volver loca de pasión, me voy a desmayar de excitación y ella de lujuria.
-          ¿Qué haces, imbécil? No ves que estoy dando el pecho al niño, que estás muy salido. Es en lo único que sabes pensar, en lugar de ayudarme, que estoy yo sola para todo, tu con decir que estás muy cansado es suficiente. Pues tú no eres el único que trabaja, te enteras. ¿Y la niña?, ¡ay dios mío! ¡Se te ha olvidado recogerla de la guardería! se te ha olvidado, ¿es que no sabes que tienes que recogerla?, ¡inútil!, que no vales ni para hacer puñetas, ¡mi niña!, tiene que estar hecha una magdalena, ¡venga, vete a buscarla ya y déjame en paz!. Si ya me lo decía mi madre, que no eras hombre para mí.
Camino de la guardería no encontraba epítetos que aplicarme. Y la tarjeta perdida, tirada a la calle en un ataque de honradez. ¡Gilipollas!, la próxima vez no iba a comportarse tan legal, a ver la cara que ponía su mujer cuando la pusiese los puntos. ¡Estúpido!, no habría mas tarjetas, ese tranvía era único en la línea de su vida y ya había pasado.
La niña estaba sentada en el bordillo jugando con las piedrecitas del suelo. Se le humedecieron los ojos al verla. El, por mucho que se empeñase, ya no estaba para aventurillas. Su mujer, como siempre, tenía razón, no era más que un salido que siempre estaba pensando en lo mismo. Efectivamente estaba hecho ya todo un adulto.

7.11.12