Epístola del Aire
Dime
amor, es un decir, compréndelo, se que no me dirás nada ni querrás hacerlo
nunca. Debería haber dicho escucha..., aunque tampoco me escuchas ya. ¿Me
escuchaste alguna vez?, ya, ¡que más da!, de todas formas tampoco habría podido
decirte lo que te quiero decir, no me lo habrías consentido y cuando me
revestí, alguna vez, animado por Baco, del valor necesario para poner las cosas
en claro, me tomaste a guasa, te reíste impúdica de mis ocurrencias, en mi
cara, despreciativa, humillante, como solías, para no dar por recibido lo
confesado, te gustaba más ignorado, calladito.
Se
que es retórico, pero dime, ¿me quisiste alguna vez?, siquiera al principio,
cuando me enardecía tu olor, tu presencia y te sentías halagada por mis
arremetidas fieras y torpes al tiempo que rechazabas con tus sonoras y famosas
bofetadas; otros tiempos. Con sinceridad, creo que entonces tampoco me querías.
Bueno, si me querías, pero no me amabas. Me querías porque era codiciado por
otras mujeres y algún que otro hombre, eso nunca lo supiste, ¿qué te creías, que
yo no era insondable como tu? Siempre creíste que me conocías y ya ves. Hasta
yo estaba convencido de que era transparente, tal era tu poder de convicción,
pero con el tiempo aprendí a cerrar los ojos para poder alcanzar a ver más
dentro de mi y descubrir que tenía algo más de profundidad de la que tu querías
que tuviese, y de verdad, aún no he llegado al fondo de la sima de mi
desesperación.
No
he sido una persona, alguien tan ambicioso como tú, sino otra posesión más,
algo tuyo sobre lo que poder disponer a tu antojo. Nunca conté para ti más que
para adornarte. No, nunca me amaste. Yo si, al principio yo si te amé y diría
que hasta el final también, más que quererte, anhelarte, desearte, te amaba. No
necesitaba comer, ni respirar, ni dormir porque tú eras mi alimento, mi aire, y
mi sueño y todos mis sueños se resumían en tu idea, en tu imagen, en ti; qué
vulgar, ¿verdad? Renuncié a mi vida porque no la necesitaba, tú eras mi vida y
en tus brazos me abandoné. Ahora..., ¿qué hago? Hace tiempo que entendí tus
mensajes y me resigne a no ser correspondido. Aprendí a conformarme con tenerte
físicamente cerca, verte, olerte, estar pendiente de tus deseos, de las manos
de mi señora, como dice el salmo, mi diosa, mi dueña. Me conformaba con ser una
dependencia tuya.
Y
a pesar de todo, a pesar de los desaires, de los castigos, a pesar de tus
desprecios seguí a tu lado. Llegó un momento, ¿sabes?, que tuve la impresión de
ser transparente, llegué a creer que te olvidaste de que existía y no te
producía el menor desconsuelo mi ausencia; eso me hacía gemir de dolor, gemido
que tu interpretabas con tu habitual despego y displicencia, como el intento de
hacerme el débil para, de esa forma, despertar tu compasión. ¡Compasión!, ¿supiste
alguna vez el significado de esa palabra?, mi amor.
Miro
a mí alrededor y te veo en cada objeto, en cada detalle. Tu personalidad era
como el aire espeso y húmedo del verano de la costa al mediodía, lo llenaba
todo hasta asfixiarte, por eso cualquier cosa de las pocas que hay en esta
habitación se me antoja una parte de ti y me entristece y me compunge el
corazón saber que nunca más volveré a verte, pero me alegra también saber
que nunca jamás otro ser humano me
esclavizará. He recuperado mi libertad al desmedido precio de la soledad, de tu
ausencia, del abandono. Me resulta tan extraño aspirar un aire que previamente
no haya sido santificado con tu hálito.
Pero
seamos sinceros, creo que a tu manera, tú lo fuiste conmigo y me parece ahora
que yo no lo he sido, al menos todo lo sincero que hubiera deseado ser. Pero,
¡es tan difícil relatar la verdad!, es más cómoda y redonda la que se pergeña
día a día a base de mentiras menudas, más entendible, más aceptable y duradera.
Es una verdad maleable y acomodaticia a nuestro devenir y que procura no
desairar. Pero la verdad de verdad, ¿cómo formularla? Es cierto que siempre te
amé pero también lo es que te odiaba a cada minuto que pasabas a mi lado y me
hacías de menos y..., ¿como te acerco a mi sinceridad?, ¿diciendo que te odio a
fuerza de amarte o que te amo tanto porque soy capaz de odiarte si no me
correspondes? Te odiaba con ira desatada cada vez que mi cuerpo te deseaba
inducido por el amor que te tenía y tú me rechazabas escandalizada de mi
lujuria, y eso era tan a menudo que creo que me he pasado más vida odiándote
que amándote. Y ahora que ya no estás para odiarte, por no dejarte amar, no
puedo más que amarte por haberte perdido sin remisión. Pero en suma, te he
amado siempre, porque solo un instante de ese amor que me inflamaba el pecho
incluso cuando el cuerpo, procáz,
reclamaba su parte alícuota, es infinitamente más grande que esos
pequeños instantes, que en realidad yo llamaría de contrariedad, más que de odio.
Aunque te confesaría que de no haber sido por el amor que detenía mi mano, te
habría estrangulado en cada uno de esos momentos de desengaño, de fraude con
desdén. El amor siempre salva, tanto al verdugo como a la victima..., pero eso
tú no lo sabes, ni creo que lo puedas aprender nunca, ya no estás a mi lado, te
fuiste, me abandonaste. ¿No derramaste ni una lagrima?
Me
queda una duda. ¿Te fuiste por amor o por aburrimiento? Hubiese preferido que
un amor te halase como un imán antes de que el fastidio te hubiese escupido de
mi lado asqueada de mi compañía. Hice todo lo que estaba en mi mano por hacerte
la vida feliz y relajada pero siempre tuve la sospecha de que nada de lo que yo
hacía o decía, no solo no te satisfacía,
sino que te desagradaba hondamente. De
todas formas me sorprendió tu marcha, no supe leer los signos, incapaz de
interpretar tus gestos e incomodidades, me dejó perplejo tu defección. No, no
me lo esperaba, aunque ¿sabes qué?, hubo una ocasión en que poco faltó para ser
yo el que te abandonase, pero no solo a ti, a todos, porque sin ti, el resto
del mundo no tenía, ni tiene ahora que te he perdido definitivamente, demasiada
importancia. Tu seguramente ni te darías cuenta, para mi fue un cataclismo, la
hecatombe de mil, pero como nunca me hiciste excesivo caso..., te pasaría desapercibido.
Tome la decisión equivocada, quizá, si en aquella ocasión yo hubiese tenido
redaños..., a lo mejor se te habría movido el corazón y se te habría ocurrido
amarme por un instante, con eso me hubiera conformado, un solo abrir y cerrar
de ojos, pero ni eso tuve en toda la vida, ¡y mira que te lo mendigué! Ese
sería mi error con seguridad, no haber sido como tu, altivo y desdeñoso.
Aquella
noche tu olor, no era tu olor, tu aliento, no era tu aliento, el rictus de
satisfacción que descaradamente exhibías no estaba entre los que yo te conocía.
Eras…, cómo decirlo, me eras una extraña. Nunca me lo dijiste, nunca te lo
pregunté tampoco, siempre fui cobarde, tu lo sabes, pero no hizo falta, mi
estomago me lo confirmó, los perfumes de especias siempre me dieron nauseas y
ese olor impregnado en tus cabellos... Se me hundió el mundo, me estalló el
engaño en las entrañas, aquella fragancia me batió los sesos y me paró el
corazón. Nada te dije, enrojecí hasta la congestión bajo las sabanas, en la
penumbra de nuestra alcoba y me empapé en el sudor que me producía el vomito
ahogado en mi garganta para que no te enterases de mi descubrimiento. A la
mañana siguiente te mostraste más dura y sarcástica que de costumbre, por las
pesadillas, que me hacían gritar y sollozar en sueños y no te dejaban dormir.
Nunca un remordimiento, ni atisbo de culpa, tenías la habilidad de hacerme
sentir culpable, ¡a mí!, por tener que ser como eras. Creo que amándote hasta
el extremo de consentir mi humillación te perjudiqué, porque te confundí,
haciéndote creer que todo lo que hacías estaba justificado en mi complacencia.
En
aquel episodio debí tener la valentía de descerrajarme un tiro en la boca pero
me pareció que pudieras interpretarlo como un castigo que yo te imponía, el
arrastrar la responsabilidad de mi muerte hasta la consumación de tu
existencia, no, ese castigo no te podía infringir, aún a costa de seguir
viviendo en la perpetua angustia de saber que no solo no eras mía sino que
jamás podrías volver a serlo.
Aquella
mañana, ¡ay!, aún me ahoga la pena al recordarlo, me tiré materialmente a la
calle, todavía no se si para ahogarme en su tráfago o para escapar de mi
vergüenza. Iba ciego de ira, quería mi revancha por el daño recibido pero a
medida que el fuego del desquite me abrasaba las entrañas, un témpano gélido me
sobrecogía el corazón por todo el daño que me proponía hacerte. La vista se me
nublaba a cada paso que daba. Fue ella la que me descubrió a mí dando
trompicones mientras tu imagen se agigantaba en mi memoria haciéndome perder
las ganas de vengarme, perdonándote, haciendo uso del árnica del amor sobre la
herida del engaño. Fue ella la que me preguntó desde sus borrosos y turbios
ojos verdes que no pude evitar comparar con los tuyos, tan fríos y acerados,
pero tan cautivadores. Era solicita y quería ayudar…, por un módico precio; me
sentí morir de asco. Sí, era verdad, por mucho que me doliese, era propiedad
tuya, es más, deseaba serlo y sabía que lo sería hasta el fin, un fin que
deseaba a un tiempo que fuera eterno y que llegase de inmediato. La rechacé con
una mueca de nausea que sé que la ofendió, pero me dio igual, su ofensa era mi
juramento, que te formulé eterno, tu lo sabes, quizá por eso me eras de esa
manera.
Debí
saberlo desde el primer día. Aquel primer día, ¿te acuerdas?, me taladraste con
tus ojos y me hipnotizaste con tu desden, fui tu presa entregada y confié que
mi amor, ingenuo de mi, fuese el fuego que derritiese ese bastión de hielo que
era tu corazón. Tiempo más tarde llegué a pensar si habría corazón que
derretir, hoy, ya ves, queriéndote como te quiero sé que no hay corazón, solo una maquina
dedicada a hacerte cada vez mas grande, mas pérfida, mas inmisericorde. Pero no
me hagas caso, quizá sea este ojo que me ha enfermado el que no me deja
vivir el que hace que vierta esta bilis
que no te hace justicia. Te perdoné, creo que desde antes de conocerte, desde
antes de que existiésemos, porque te ame desde la eternidad.
Ya
no puedo seguir, me duele el ojo, tu no lo sabes, pero... Sabe que nunca fui
ajeno a tu desamor pero que a pesar de todo creo que siempre te quise hasta el
último extremo y que me he conformado siempre con haber permanecido a tu lado,
comprendo que nunca fui hombre para ti, me quedaba muy por debajo de tus
expectativas pero he sido feliz a pesar de todo, he sido feliz a la manera que
tu me has dejado que lo fuera. Me duele tanto el ojo...
-
¿Qué hace trazando garabatos en el aire?
-
Escribe, creemos que a su mujer, porque en las escasas
ocasiones que habla se duele de que su amor no estuviese a la altura de ella.
Le abandonó cuando empezó a dar síntomas de alucinaciones y a escuchar voces.
La pobre mujer temía que le hiciese daño y se fue.
-
¿Por qué no le dais papel y lápiz y que escriba de
verdad?
-
Se le dio pero se clavó el lápiz en un ojo intentando
matarse, al parecer. Desde entonces hace como que escribe sobre un imaginario
papel o escribe de verdad, en su cabeza, ¡vaya usted a saber!, y por el ojo
sufre tremendas neuralgias que le hacen padecer y le detienen en sus
interminables epístolas de aire. Al menos parece que alucinaciones ya no tiene.
Todos están de acuerdo que es irrecuperable.
-
¿Será verdad que se puede enloquecer de amor?
Ya
no te molesto más, el ojo me está matando y la gente me observa, dicen que
estoy loco porque no paro de escribirte carta tras carta. Preferiría decirte
todas estas cosas cara a cara, pero como se que no podría, sabes que soy un
cobarde, prefiero permanecer en este extraño sitio siendo ajeno a los que me
espían y te dejo así, libre, para que seas feliz que es lo que más me lo hace ser
a mi.
5.4.14

No hay comentarios:
Publicar un comentario