- LA COJERA REDENTORA
La vida en el campo no era, a
mi entender, todo lo sugestiva que imaginarse pudiera. A los ojos de los que se
acercaban por nuestra colina les debía parecer que este tipo de bucólica vida,
según su óptica, era lo mas ecológico y deseable del mundo, pero nada que ver
con la realidad. Nuestra existencia transcurría entre sobresaltos por el
pedrisco y la nieve o por el azote del infierno del verano de la montaña que
agostaba las pocas hortalizas que mi madre, con tanto desvelo, cultivaba en el
remedo de huerto que era menester abonar constantemente con el estiércol de la
cabras del patrón, que mi padre apacentaba cada mañana por aquellos insufribles
campos, cuando el tiempo no impedía sacarlas del aprisco toscamente construido
con lascas y piedras recogidas entre todos de aquí y acullá. Otras veces había
que bregar con los caprichos del amo o sus lobeznos, mil veces peor que el
pedrisco.
La tierra esquilmada por la tala
abusiva e irresponsable de árboles centenarios, para enriquecimiento del dueño,
había acabado con la tierra sobre la que se asentaban y a cada estación de
lluvias, la capa de terreno más fértil nos abandonaba colina abajo dejándonos
una cama de piedras sobre la que era cada vez más difícil criar nada. Y todo
ello sin contar con los mencionados retoños del garras cabrón que nos exprimían
hasta la última gota de sangre de nuestras venas. Uno sobre todo.
De tiempo en tiempo aparecía con
un reluciente y enfangado coche de todo terreno el hijo del patrón, el más
chupón de todos ellos, llevando una piara de amigotes y amiguitas y siempre con
esa sonrisa estúpida y babosa colgada de su cara y el rictus desdeñoso tatuado
en sus labios, haciendo que nos sintiésemos como seres de categoría inferior o
gusanos vomitivos cuyo destino es solo el de ser pisoteados. Pero esta actitud,
con molestarme hasta el dolor, en lo más profundo de mi corazón, no era lo que
mas me irritaba. Ver a mi madre en esa
condición servil, que no entendía, y hacía que me rebelase en mi corazón contra
ella me abrasaba el alma. Esa actitud que se le notaba en el rictus de amarga
complacencia que adoptaba cuando el ganso primogénito del amo le exigía,
supuestamente de forma amigable, que pusiese de comer para sus amigos, comida
que nos quitaba a mis hermanos y a mi de la boca para dársela a aquellos
parásitos despreciables que solo venían a vernos - como si fuésemos los animales de su
zoológico particular y exclusivo - sobrevivir a duras penas, maravillándose de
que pudiesen existir aún en el mundo seres como nosotros. Había que retorcer el
pescuezo a la desmedrada gallina o al pobre conejo que con tanto esmero y
dedicación yo cuidaba que no muriesen, para poder darle algo de alimento a mi
hermana la tullida, que si el invierno venía por derecho no podría saltárselo
sin esas primicias.
Me hervían las entrañas ver a
esos chacales, que usurpaban hasta el aire que respirábamos y ocupaban la
choza, que teníamos que abandonar, lloviese o ventease, para dejarlos a ellos a
sus anchas, gastando nuestra leña que con tanto esfuerzo mi padre y yo
recogíamos cuando no podíamos hacer otra cosa de más provecho, cosa que casi
nunca sucedía, robando para ello horas al descanso al que todo hombre debería
tener derecho.
Me iba al corral a llorar de
impotencia y se me imaginaba que cada lagrima que caía al pedregoso suelo
cubierto de estiércol de los bichos, se convertía en una daga de hielo, que
hincaba con furia y sin remordimiento en el corazón de aquellos alevines de
tirano que se marchaban ya, dejándolo todo manga por hombro, para que mi madre
se hartase de trabajar aún más, que poco, según parece, se les antojaba que
hacía.
Cuando volvía a entrar en la
choza y me quedaba, inerme, roto de dolor y rabia, en la puerta, contemplando
la cara descompuesta de madre, plantada delante del hogar, agotada por el
castigo, amaestrada como una fiera desdentada por el capricho de los retoños
del patrón, la sangre se me subía a la cabeza, golpeándome como la azuela los
terrones duros y lo que podía hacer era nada más que dar media vuelta y con la quijadas prietas hasta el crujir de
las muelas, tirar para la majada, donde furioso como un Orlando, cogía la
primera oveja que encontraba para violarla salvajemente imaginando que era la
hembra del patrón, escuchando como la pobre bestia balaba asustada de la violencia
con la que se acometía su trasera.
Una vez acabado, vaciado,
derramado, exhausto, caía desesperado del castigo inútil e injusto aplicado al
pobre animal que ninguna culpa tenía de que yo no tuviese redaños para tomarme
la justicia por derecho y hacer saber al patrón y a toda su parentela que es lo
que se sentía cuando se era tratado como una posesión sin alma, como una boñiga
de vaca que casi ni vale para calentarse cuando se seca y se le mete fuego hasta
arder.
Pienso que eran los quince años
los que me hacían pensar de estas hechuras y rebelarme, creyendo que era libre,
como si lo fuese de verdad. Creía, estúpido de mí, que era igual de libre que
el patrón y su casta, porqué creía, en mi ignorancia, que la libertad es algo
gratis, con lo que se nace..., y no. Los años y los palos me han hecho variar
el sesgo de la mirada y ahora ya he aprendido que no se es igual de libre si se
nace en la casa grande, entre sabanas de hilo de Flandes y encajes de guipur,
que si se nace en una choza, ahumado por el hogar que calienta el agua con que le
lavan a tu madre mientras a ti te guarecen entre trozos de manta de caballo
desechados de la cuadra del amo.
Han pasado los años, si, y soy
viejo ahora, las cosas han cambiado y aunque ya amaestrado, a palos, he
aprendido a pensar de diferente manera, sigo viendo la cara de madre, plantada
delante del hogar bajo, con las trébedes a sus pies y la olla vacía encima,
queriéndola llenar para nosotros con algo mas que lágrimas y clamor de
justicia, y esa cara es cada vez más nítida en mi cabeza y me duele.
Cada día que pasa le descubro una
nueva arruga, una distinta intención a aquel gesto mirándome a los ojos cuando
volvía ahogado en lágrimas y rabia del corral y me plantaba en el umbral de la
choza, apartando la tela de saco que hacía las veces de puerta. Me suplicaban aquellos
ojos castigados que no me dejase llevar de mi corazón de adolescente y al
tiempo me pedían auxilio para no tener que apurar un día más aquel amargo cáliz
de desafuero e indecencia.
Me saca de estos ensueños,
sentado cabe la parra que mi padre plantó en la entrada de la choza cuando yo
vine a este mundo, propiedad del patrón, la punzada en la pierna mala. Barrunto
tiempo y el mordisco desgarrado en el muslo se regenera en mi carne cómo cuando
el hijo del amo, el mismo que castigaba a mi madre con sus caprichos, le
pareció imperdonable perder aquella liebre aún a riesgo de alcanzarme a mi
abriéndome un boquete estremecedor y perdiendo la liebre, de lo que se dolió
con sus amigos; a mi solo supo chillarme de forma agria por haberle impedido
matar al animal. Un “te está bien empleado, por no saber ser un buen perro”, y
el corifeo de amigotes a base de risotadas, aún me revuelven el estomago sin
remedio. El patrón hizo venir a su médico, que me curó de aquella manera, al
tiempo que miraba al amo poniendo gesto de no dar dos reales por mi pierna.
Pero uno era joven y fuerte, con ganas de vivir para poder resarcirse de tanta
injusticia y retuve mi pierna pegada a mi cuerpo a costa de una cojera que
necesitó ya para siempre de una cachava sin la que no era capaz de dar más de
dos pasos. No hay mal que por bien no
venga. Aprendí, que torpe nunca fui, a lanzar el garrote con tal tino que no
había conejo, por muy despierto que fuese, que pudiese eludir la contundencia
de mi báculo lanzado con certera puntería. Me lo decía después mi madre, “…hijo,
Dios aprieta pero no ahoga, que debería ser a veces mas misericordioso que el
amo y terminar el acogotamiento empezado y que dejásemos de sufrir”, pero se
felicitaba de mi habilidad, que no me quedó más remedio que aprender, que a
partir de ese momento nos permitió no pasar tantas noches en vela por falta de
condumio.
Al recordar ahora, sintiendo en
mí rostro la brisa suave del otoño tardío y el olor dulzón de la vendimia en el
aire, la amplia sonrisa desdentada de mi madre, al verme aparecer en
lontananza, dando cojetadas, inconfundible mi semblante en todo el pago, con
los dos o tres conejos colgados del zurrón, no puedo evitar el encogimiento de
corazón y la lágrima fácil que todos los viejos terminamos por tener.
No puedo tampoco evitar que se me
pinte una sonrisa ancha y satisfactoria a continuación al recordar aquel día
que el mayoral quiso quitarme la caza y avisó a la guardia que me llevó delante
del amo y señor, cómo si estuviésemos en La Edad Medía, que a lo
mejor, y luego el broncazo al mayoral por detenerme. Me dio bula el amo. Su
hijo, “...el inútil ese que solo sabe hacer averías”, vociferó el padre cuando
se enteró de lo del tiro en la pierna, me había lisiado y ahora, con tal de que
no fuese con lazo, si me las apañaba con las manos y la garrota para apresar
conejos, “...pues ole sus cojones, mayoral, ¿se ha enterado bien?, o le parece
que un tiro en la pierna es poco castigo”. ¡Que bien definió a su hijo!, “el
inútil ese que solo sabe hacer averías”, y a partir de ese instante no volvió a
aparecer por la choza a ronear de señorito con sus amigotes. Cuando comprendí
que con mi cojera había comprado la tranquilidad de madre y de toda la familia,
me felicité y me pareció un precio irrisorio, pero no conseguí borrar aquella
cara de angustia y triste complacencia que se le ponía cuando el bobo aquel
aparecía con su rehala a violentar la pacifica convivencia de una familia de
pobres.
Poco a poco, arruga a arruga, el
semblante de madre fue serenándose cuando comprendió que ya nadie volvería a
sojuzgarla con caprichos estúpidos. Cuando murió mi padre de aquellas fiebres,
lloró, pero sin perder la serenidad que da saber que su hijo no la dejaría
jamás. Cuando el amo falleció meses después de la infortunada caída del
caballo, su hijo, el bobo inútil, se encontró en la testamentaría, con la
sorpresa de que heredaba la propiedad entera, menos las veinte hectáreas que
rodeaban nuestra choza con la servidumbre de paso y derecho al agua del río.
Madre estuvo llorando tres días seguidos, nunca llegué a saber si de pena por
que su marido no pudo llegar a verlo o de alegría al saber que ahora sí, estaba
totalmente a salvo de las arbitrariedades del nuevo y estúpido amo que a mayor
abundamiento, ya ni lo era. Ya no había amo, y ese trozo de tierra, inmenso
para nosotros, nos permitiría a mis hermanos y a mi salir convenientemente
adelante sin los agobios a los que estábamos acostumbrados. Cuando madre
finalmente murió, lo hizo sin hacer ruido, como había vivido, sentada en una
mecedora, la misma en la que me encuentro yo ahora, una fresca tarde de otoño
en este mismo lugar, a la puerta de lo que una vez fue una choza y ahora es ya
una casa de fabrica, con puertas, ventanas con fallebas y cristales, humilde,
pero sólida. Si, siempre tendré que agradecer a aquel alocado y estúpido
muchacho que me descerrajase un tiro en la pierna, total, cuando estoy sentado
ni me acuerdo de la cojera. Lo que fue de mi desde aquella triste tarde hasta
ahora, eso es ya otra historia.
25.11.13

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